domingo, noviembre 23, 2008

MANICOMIO ROCK





Los siguientes son poemas de Jorge Ladino Gaitán Bayona y son tomados de su libro Manicomio Rock.



MANICOMIO ROCK




Afuera el grito sin guitarra y las calles en desvelo.

Los minutos se muerden la lengua,

chillan como vírgenes a merced de los gusanos.

La ciudad desviste sus naufragios.

No hay testigos,

todos guardan ojos y labios en la billetera.

Unos apuntan su orfandad al cielo,

otros al vino y sus promesas.

Acaso los bares redimen el espanto.

¿Quién podría temer aquí adentro?

Amo esta locura que me salva y condena,

amo estas paredes que me sueñan ileso.






TU VICIO


“No me podés dejar,

porque soy tan sólo un vicio”


(“Tu vicio”, Charly García)



Todos los locos invocan mi nombre al levantarse.

Puedes llamarme Dios o Charly.

Dame un poco de hierba o un sorbo de tu desvelo.

Ebrio palpo el delirio si la guitarra anida entre mis dedos.

Siento mis manos poblarse de ojos cuando la noche acecha.

¿Dices que soy flaco?

Yo sólo quiero ser flauta

y enamorar el piano que me condena.






BLUES DE CHARLY


Palpo tus ojos y la noche palidece.

Escucha mis manos,

las olas del asombro meciendo la noche y sus secretos.

Mi piano te teje de azul y misterio.

La música funda la tormenta.

Zarpemos entre sombras y murmullos.

La piel espera, cementerio de colmillos.

Deja mis labios morar tus cabellos,

déjame tu vientre como quien abandona su cordero.




BLUES DE JANIS




“Rings of cloud and arms aflame,
wings rise up to call your name”



(“Half moon”, Janis Joplin)



Llegas al fin

y el tiempo se vuelve lágrima entre la lluvia.

Rezo arrodillada.

Como alacranes tus palabras danzan en mi vientre.

Afilas tu cuchillo en mis labios.

Me arrojas a la mesa de torturas.

Complacida entro y salgo del infierno.

Quitas mi piel y soy la noche que desenmascara tu rostro:

¡Charly!

¡Bendito seas entre todos los verdugos!





CREDO DE HENDRIX





“And I come back to find the stars misplaced
and the smell of a world that has burned”

“Up from the skies”, Jimi Hendrix)




Creo en el infierno que soy,

negador del cielo y la bondad de la tierra.

Creo en la guitarra, mi única carne,

concebida por obra y gracia de la ausencia;

nació donde la lluvia teje el espanto,

padeció bajo el sol, señor de los Pilatos,

fue asilo de fantasmas,

turbia y desterrada,

descendió a los discos,

al tercer grito labró su condena;

está colgada a la izquierda del miedo

-padre todo rencoroso-

desde allí ha de venir a juzgar a la memoria y sus silencios.

Creo en la llaga del tiempo,

la enferma iglesia de mis huesos,

la comunión de los rockeros,

el rencor de los muertos,

el eco de mis pasos

y el suplicio eterno.

Amén.





LA SED DE LOS AUSENTES

(Bon Scott cuenta a Charly)




“I'm dirty, mean and mighty unclean.

I'm a wanted man, public enemy number one”

(“TNT”, de Bon Scott, Angus Young

y Michael Young. AC DC)


No fue en el mar

ni en un río con piedras en los bolsillos como Virginia.

Me hallaron boca arriba,

ahogado en vómito, hierba y whisky.

Debieron enterrarme en un burdel.

También la muerte ignora la sed de los ausentes.

Había que beberla,

con la guitarra de Angus quebrando los cristales.

jueves, mayo 29, 2008

TU POEMA PARA HOY

Soneto de Fidelidade (Vinicius de Moraes)


De tudo ao meu amor serei atento

Antes, e com tal zelo, e sempre, e tanto

Que mesmo em face do maior encanto

Dele se encante mais meu pensamento.

hjhjhjh

Quero vivê-lo em cada vão momento

E em seu louvor hei de espalhar meu canto

E rir meu riso e derramar meu pranto

Ao seu pesar ou seu contentamento

f

E assim, quando mais tarde me procure

Quem sabe a morte, angústia de quem vive

Quem sabe a solidão, fim de quem ama

f

Eu possa me dizer do amor (que tive):

Que não seja imortal, posto que é chama

Mas que seja infinito enquanto dure.

df

Soneto de la fidelidad (Versión de Laura Cotón)


En todo, le seré a mi amor atento

Antes, y con tal celo, y siempre, y tanto

Que incluso en frente del mayor encanto

De él se encante más mi pensamiento.


Quiero vivirlo en cada momento

Y en su loor he de esparcir mi canto

Y reir mi risa y derramar mi llanto

Ya para su pesar o su contento.


Y así, cuando más tarde me procure

Quizás la muerte, angustia del que vive

Quizás la soledad, fin de quien ama


Pueda decir del amor (que tuve):

Que no sea inmortal, puesto que es llama,

Mas que sea infinito mientras dure.

miércoles, febrero 20, 2008

UNA FECHA ESPECIAL

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona

Aunque la sobriedad del cuarto encendía sus miedos, logró distinguir tras el cristal las ávidas miradas de sus padres, hermanos y esposa. Las lágrimas se enredaron en su rostro. Atrás quedaban los días en que la soledad calentaba sus huesos, porque hoy, por única vez, como si se tratara de un aniversario, todos estaban reunidos para verlo sonreír en la silla eléctrica.




jueves, diciembre 14, 2006

KRAKEN FILARMÓNICO: SONIDO Y POESÍA CONFABULADOS EN LA BELLEZA

Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Profesor de literatura
de la Universidad del Tolima,
jlgaitan@ut.edu.co)
KKK

“Aún podemos ser libres dentro de una canción”, indica Enrique Búnbury (exvocalista de Héroes del Silencio) en su canción Sácame de aquí. ¿Cómo negar la redención que ofrece la música -y el arte en general- frente al tiempo que graba en la piel su cansancio? Escudado en la belleza el hombre se recuerda hombre y algo en su conciencia desnuda lo que los ojos vedan. Acaso así vislumbra esos rostros espantosos de la humanidad donde el olvido labra sus infamias mientras nosotros (absorbidos por el consumismo, la globalización y las contradicciones de un mundo donde la modernidad fue sólo modernización) mutamos de seres a “humanas máquinas, enfermas máquinas, infestas máquinas”, como expresa Kraken en su tema Amnesia. No obstante, es claro que a la hora exacta del sonido, sorbo a sorbo, canción tras canción, la música funda la memoria y afina los sentidos. De ahí que todas las artes aspiren a ella, como anuncia Nietzsche, y no sólo se trata aquí del reconocimiento en torno a que sin armonía las construcciones artísticas desvanecen, sino también a la sagrada intuición de que -en palabras de Aldous Huxley- “después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música”.

Y es precisamente esa aspiración de armonía, conmoción, verdad y vuelo poético la que anima a quien crea música no como forma de supervivencia (la emboscada del hambre que lleva a sacar ritmos atrapatontos que agitan los huesos sin decir nada para mendigar un Grammy). A diferencia del mercenario, entronizado por los medios de comunicación, el artista no tranza con la ética, no prostituye sus principios y sabe que la buena música aspira a sobrevivir al instante. Y suele ocurrir a veces que la recompensa que el tiempo ofrenda al creador sea que en sus bellas canciones ya no sólo intervengan sus instrumentos convencionales, sino también aquellos que pertenecen al mundo sublime de la música clásica. Esto es precisamente lo que ha ocurrido con Kraken, la banda colombiana con 22 años de huella y camino que viene a ofrecer a los amantes del arte una obra sin antecedentes en la historia musical de país y del rock duro progresivo en Latinoamérica. Se trata de Kraken filarmónico, un disco compacto en el cual la agrupación de Elkin Ramírez se funde con la orquesta filarmónica de Bogotá para erigir un universo musical donde la belleza no sólo brota de la calidad literaria de los temas seleccionados, sino también de la intensidad y depuración que alcanza el sonido. Al fin de cuentas allí se armonizan más de un centenar de talentos entre integrantes de la banda, orquesta y coros de la filarmónica que se sabían destinados a la memoria con un proyecto en estudio lejos de afán, el compromiso comercial y las sensibilidades primarias. La dirección de la Orquesta Filarmónica de Bogotá corrió a cargo del maestro Ricardo Jaramillo, quien hace los arreglos orquestales de Lenguaje de mi Piel. Los otros arreglistas son Juan Monsalve, Camilo Pérez, David Castro, Ricardo Hernández, Javier Fierro y Luis Ramírez. Esté último, un joven de 26 años con una formación musical y un futuro prometedor, es, a la vez, el bajista de la banda, en la cual, junto a Elkin Ramírez (autor de las líricas, vocalista y líder), están Andrés Leiva (guitarrista), Carlos Cortés (batería) y Rubén Gélvez (teclado).

El sueño de Elkin por más de cinco años fue grabado en Bogotá en el 2006 en Estudio Audiovisión y la Estufa. La masterización se adelantó en Londres, nada menos que en Abbey Road Studios, un lugar mítico porque allí los Beatles, Pink Floyd y tantas bandas de culto configuraron su gloria. Con un concierto el 6 de diciembre en el Palacio de los Deportes de la capital colombiana se lanzó este disco filarmónico, cuya distribución es exclusiva de la Universal Music para nuestro país, Venezuela, Ecuador y Perú.

En Kraken filarmónico se encuentran 13 composiciones que brindan una interesante perspectiva de lo que ha sido la misma historia de la banda. Allí aparecen América, Después del final, Lenguaje de mi piel, Sin miedo al dolor, Méxica, Vestido de cristal, Revolución, Frágil al viento, No me hables de amor, Hijos del sur, No te detengas y dos canciones inéditas que figurarán en el próximo disco de Kraken: Amnesia y Extraña predicción. Esta última es una oda al amor, en la que la voz de tenor de Elkin, una orquestación casi épica y unas imágenes poéticas que conmocionan la sensibilidad y el intelecto, nos recuerdan que el amor que confronta y alienta -el mismo que nutre el arte y la confianza en una Latinoamérica distinta en su realidad política- es la guarida perfecta contra la indiferencia y el camino idóneo hacia nuestra humanización “porque solo el amor nos convierte en amor (…) amor conocido, con alma de infante, guardián de la nubes, hogar de los siglos, amor faraón, proverbio en los labios”.

En Kraken Filarmónico la batería, la guitarra, el bajo y los teclados se confabulan con violines, violonchelos, percusión, trombones, violas, contrabajos, flautas, tuba, trompetas, arpa y piano para instaurar una atmósfera hechizante donde la voz de Elkin Ramírez (escoltada por un coro de sopranos, contraltos y tenores) conmueve, seduce y recrea los sentidos. De esta forma, se genera esa posesión maravillosa de la que hablara Robert Browning: “quien escucha la música siente que su soledad, de repente, se puebla”. Desde la primera canción del disco (América, un himno que afirma la riqueza simbólica y cultural del pasado precolombino), se ingresa a un espacio donde la belleza teje sus canciones para configurar un universo estético que no puede sea ajeno a quien abreva en la buena música, porque en ella, la intensidad poética embriaga y sublima el sonido para anidar en la piel líricas, ecos y memorias que reivindican la vida frente al vértigo de una historia y una “civilización” donde, extrañamente, el progreso sólo afina la barbarie.

miércoles, octubre 18, 2006

GRITOS DEL SILENCIO O LA PALABRA QUE INSTAURA EL DESENCANTO

Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
en Literatura del Tolima de la UT, jlgaitan@ut.edu.co)

k
Gritos de silencio es una novela corta, de apenas 87 páginas, escrita por Gustavo Jiménez Lozano. Fue publicada en Bogotá en 1977 por Gráficas Calidad. Este autor nació en Ibagué en 1943 y se suicidó en Bogotá en 1990. Otras de sus novelas son Tras las ramas de pinos seculares (1972) e Imprecaciones (1979). De este escritor dice Carlos Orlando Pardo en su libro Novelistas del Tolima, siglo XX que fue “ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional, donde se desempeñó como profesor, tuvo por bisabuelo al general Tulio Varón, fue sobrino del pintor Darío Jiménez y de la parentela del poeta Germán Pardo García. Obtuvo un postgrado en California y la angustia por la escritura y por la vida lo llevaron una mañana de 1990 a terminar con su vida”[1].

En Gritos de silencio un narrador protagonista (Claudio) desnuda ante el lector su conciencia para mostrar la inútil lucha del hombre contra la soledad. Esta última no es una simple alusión en el texto novelístico, sino una presencia viva gracias a un fino proceso de personificación que opera en la obra desde que irrumpe ella en el cuarto del escritor en forma de nube hasta transformarse en mujer. La soledad agobia con sus críticas, reproches y juegos: seduce y arrastra a la imposibilidad de la posesión (su bello cuerpo es imagen, no realidad que permita la liberación de pulsiones sexuales); transforma su figura para desequilibrar al protagonista y someterlo a alucinaciones apocalípticas. En vano será todo intento de huida. Aunque Claudio abandone el cuarto en el que permanecía enconchado frente al mundo, las calles, que al principio le revelan la posibilidad de disfrutar de los placeres de los hombres sencillos y de alcanzar el éxito social (así sea sobre la ruina de otros), terminan sumergiéndolo en el desamparo: el hastío de tropezar con tantos que día tras día repiten sus ufanas existencias; la asfixiante sensación de ser parte de una masa amorfa que se “zambulle en el fango” por mandatos de extraños poderes que engañan con los milenarios trucos de la fe. El protagonista, al volver a su cuarto, descubrirá que ni siquiera es capaz de ingerir el veneno ante el que monologa y sólo le queda dejar que la soledad anide definitivamente en sus huesos.

En esta novela existe una atmósfera densa y envolvente, construida por un narrador intradiegético, al que el lector siente cercano y confesional en su abandono y desilusión. La obra es casi teatral, no en la forma compositiva como se organiza el material verbal en la dramaturgia, sino en la intensidad de los diálogos, las digresiones que en ocasiones se vuelven soliloquios, la fuerza del personaje y el manejo preciso de espacios donde la palabra escenifica y dota de sentido cada objeto, acción y presencia. Buena parte de la historia transcurre en un estrecho apartamento en el que el intelectual entra en contradicción con una soledad que se sienta en una silla de cuero ubicada en un rincón. Las pláticas de ambos son profundamente filosóficas. Ella se revela vanidosa al indicar que sólo quienes la aceptan sin prejuicios pueden tornar fecunda su existencia, y aunque algunos la desdeñen, de cualquier forma, ella está presente, pues es artífice de obras imperecederas como también de crímenes. Él, por su parte, desde expresiones irónicas, intenta desentronizarla para convencerla de que siempre ha sido odiada. La diatriba resulta infructífera ante una fuerza insospechada que desequilibra a su víctima, presencia bufonescamente oscura, capaz de poner patas arriba la mente del protagonista, cuya locura visualiza el lector, gracias a la configuración de escenas donde el lenguaje poético se combina con el grotesco para construir una serie de imágenes dantescas en las que el miedo, el caos y el absurdo se tornan en símbolos y alegorías. La intensidad de las descripciones hace que la lectura sea una suerte de viaje por la conciencia del protagonista, como si se tratará de una excursión por el infierno para asistir a un encuentro particular con la futilidad de lo humano y la corrupción del cuerpo:

“Ojos asustados buscaban con afán los párpados que los limpiasen y espantasen el polvo infernal que se les hubiese adherido. Carnes hediondas y en jirones flotaban y se mecían desgonzadas esperando ser atrapadas por los tendones y los nervios que habían sido suyos. Huesos invadidos por hongos amarillos y bacterias semiacuosas se chocaban en indecente algarabía con otros huesos que buscaban acoplarse a los esqueletos ambulantes que iban y venían sin rumbo fijo como inválidos enloquecidos. Músculos deshilachados, cráneos roídos, lágrimas son ojos, sangre sin venas, gritos sin gargantas, rostros sin mandíbulas pasaban a todo correr como duendes, como esquizofrénicos perdidos buscando sus complementos, husmeando entre cadáveres impacientes también”[2]

Ahora bien, a diferencia del infierno que soñara Dante, estratificado en círculos donde los penantes conocen su condena y la causa exacta de sus culpas, el infierno que funda Gritos de silencio se sale de madre. Aquí la putrefacción y el hastío son de todos y de nadie. Esa enorme sensación de abandono que aniquila al hombre pareciera heredarse a cada parte del cuerpo que en vano, en medio de la desorientación y el espanto, intentará buscar a sus dueños (pedazos de piel y huesos huérfanos que se mueven por la nostalgia del ser). Cómo no pensar en Cioran en estos momentos cuando en su libro Desgarradura nos advierte: “Nosotros olvidamos al cuerpo pero el cuerpo no nos olvida a nosotros. ¡Maldita memoria de los órganos!”[3]. Es como si en la muerte la búsqueda inútil de lo humano fuera un castigo para quien, en vida, no logró su propia humanización, pues, como diría Whitman, fue apenas lo que mediaba entre su cabeza y sus piernas.

Ese sinsentido de la vida no sólo se hace presente en la escena enunciada, sino en tantas otras, donde, desde diferentes recursos estilísticos y diversas exploraciones ontológicas, se funda una visión profundamente existencialista, desencanta frente a la posibilidad de que el hombre alcance unos niveles de autonomía y de dominio de su pensamiento y acción para dotar de sentido su devenir. Esta se revela como “pasión inútil” desde una óptica sartreriana. Las aspiraciones y lógicas de la sociedad aniquilan las del intelectual, a quien ni el arte se le figura como bote salvavidas. A este escritor ni la posibilidad de crear (la redención de la palabra) y menos el goce de los sentidos (el erotismo) le otorgan dádivas. Esa insondable sensación de fracaso lleva a que el suicidio se mofe de quien –como si se tratara de un personaje shakesperiano- se descubre frágil, melancólico, agobiado por pensamientos que aniquilan las acciones concretas. Claudio (una especie de Hamlet insertado en un espacio y un siglo donde ya no serán las cortes ni las intrigas nacionales, sino en un estrecho apartamento y la extraña cotidianidad del hombre al que la sociedad pareciera regalarle apenas “el olvido del ser” como planteara Heidegger) descubre que nada importa y todo empeora cuando se intenta cambiar su realidad o precipitar la muerte, en tanto la vida castiga a sus marionetas. Así, cuando no es capaz de tomarse el veneno al que ha dedicado un bello soliloquio, sólo le quedará reconocer:

“Quedé postrado en el lecho aturdido por tanta lucha incierta, lucha sin sentido contra mí mismo, extenuado por tanto afán inútil, adormecido por los suspiros ahogados y por las lágrimas calientes que rodaban por mis mejillas y por los jugos espesos que se estancaban en mi garganta y por los chirridos punzantes que atravesaban mis oídos y por los músculos ya no más distendidos y por el sudor que ablandaba mis ropas y por el insondable vacío que me abandonaba. Quedé vencido por la presencia de la vida, por su avasalladora avalancha que se me vino encima y me atropelló y me dejó allí otra vez sin alientos, anegado en la misma existencia sombría, sometido de nuevo a los vaivenes de la incertidumbre”[4]

La tragedia del personaje, sus esfuerzos vanos de liberación y su derrota final conmueven al lector, con el que se crean unos códigos particulares de identificación, gracias a la virtud de un narrador al que, por encima de contar hechos, le preocupa dejar que se explore la angustia de un hombre, cuya piel y sensibilidad comienza a habitar a quien recorre las páginas de una novela donde se sufre el personaje y se generan posibilidades catárticas.

El fin del protagonista y el de la obra misma resultan dolorosos pues, a diferencia de la tragedia de Hamlet, ya no será la muerte la que selle sus labios y calme las hondas heridas de su espíritu. A este personaje anónimo, de naturaleza huidiza sobre el que cae el peso de siglos y siglos de sinsentidos, apenas le queda tributarse a la resignación, por lo que se arroja a los brazos de quien intentó huir: la soledad, ante la cual la posesión resulta inevitable: “sus labios, sus latidos, sus ilusiones hicieron parte de mi ser. Su carne fue mi carne y su soledad irremediable se convirtió también en la soledad mía” (87). Al cerrarse con estas últimas frases la novela, el lector sabe que Claudio (acaso un espejo en el que puede contemplarse) será apenas otra apariencia más de la soledad, aniquilado en su ser, ahora simple individuo al que le toca hundirse en el tiempo. Desde esta perspectiva la novela de Gustavo Jiménez resulta cioránica. Si se tenía la intuición de que aniquilarse es señal de fuerza, dejarse sobornar de nuevo por la vida es la más dolorosa señal de debilidad; el nuevo individuo que ha fracasado en su intento de suicidio verá duplicado sus miedos, en tanto “el sinsentido de la vida inspira más espanto que la muerte”[5], por lo cual, cada segundo vendrá con su cuenta de cobro: “los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo”[6].

En definitiva, en Gritos de silencio la novela adquiere un carácter sincrético en el que lo teatral, lo filosófico, lo lírico y lo narrativo generan ricos matices compositivos que permitirán explorar desde distintos ángulos el desamparo y hastío del hombre culto. Es necesario resaltar una vez más esa cercanía con el teatro por su tensión, el carácter sumamente visual de las escenas, la intensidad de los diálogos y cavilaciones, entre otros recursos. Aquí, más allá de la anécdota, importa visitar la psiquis y construir un personaje redondo, que se aproxima al lector en su drama existencial. Dicho drama (la lucha estéril del hombre contra la soledad y el fracaso) no está reflejado en forma simple, desde los vaivenes de la lástima y la desgarradura, sino desde complejos recursos estéticos donde lo poético se nutre incluso de las posibilidades de lo grotesco para tornar complejo, sugerente, psicológico y cautivante el texto narrativo. Se trata, en definitiva de una obra en la que se instaura el ser desde la palabra, en toda su complejidad, contradicciones y abismos, obra que resulta atractiva para la lectura porque la experiencia del lenguaje funda una belleza que trasciende lo meramente verbal para lograr lo que Milan Kundera planteará como exigencias a la novela moderna: “mantener el mundo de la vida permanentemente iluminado y la de protegernos contra el “olvido del ser”[7].

[1] PARDO, Carlos Orlando. Novelistas del Tolima siglo XX, comentarios críticos. Ibagué: Pijao editores, 2002, p. 223.
[2] JIMÉNEZ LOZANO, Gustavo. Gritos del silencio. Bogotá: Gráficas Calidad, 1977, p. 42.
[3] CIORAN, E.M. Desgarradura. Traducción de María Dolores Aguilera. Barcelona: Montesinos Editor, S:A: Segunda edición, 1984, p. 170.
[4] JIMENEZ LOZANO, Op.cit., p. 86.
[5] CIORAN, E.M. Adiós a la filosofía. Prólogo, traducción y selección de Fernando Savater. Madrid: Alianza Editorial, 1980, p.11
[6] Ibid., p. 15.
[7] KUNDERA, Milan. El arte de la novela. Traducción de Fernando Valenzuela y María Victoria Villaverde. Barcelona: Tusquets editores, 1986, p. 28.

sábado, octubre 07, 2006


“SEIS HOMBRES, UNA MUJER”:
LAS EXTRAÑAS FORMAS DEL FRACASO


Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
en Literatura del Tolima de la UT, jlgaitan@ut.edu.co)
ll

Milan Kundera señala que “la novela es el espíritu de la complejidad”. A ella, como gran forma de la prosa, le corresponde visitar los intrincados laberintos de la condición humana desde diversas estrategias y recursos literarios. Esa conmoción estética y humanística que invita a repensar el ser desde el reconocimiento de la ambigüedad, la aporía o el absurdo, se hace presente en la lectura de “Seis hombres, una mujer”, una obra en la que se indaga el fracaso del intelectual cuando la lógica del trabajo y del éxito social lo alejan de las personas y mundos alternos que el arte había labrado en la juventud. Esta novela de 170 páginas, en la que el lector ingresa a la conciencia del protagonista y donde la misma literatura se incorpora con sus voces y legados, fue publicada en 1992 por la Editorial Grijalbo. Fue escrita por Jorge Eliécer Pardo, nacido en El Líbano (Tolima) en 1950 y autor de varios libros de cuentos y de las novelas “El jardín de las Hartmann” e “Irene”.

“Seis hombres, una mujer” presenta -desde una narración no lineal en la que se juega con el tiempo- el hastío de Jerónimo Santos, quien casado con la heredera de un prestigioso político, con hijos y un trabajo ejemplar, asistirá día tras día a una cotidianidad en la que los clubes, las prostitutas finas, los compromisos electorales y las reuniones con ejecutivos ahondarán en él la urgencia del amor y de encontrar la mujer con la que compartió los juegos del erotismo, las utopías de la vida universitaria y la extraña redención del arte. En ella (Ruth Mazabel) parecieran habitar las bellas mujeres que soñó la literatura: la maga de Cortázar, la Carlota de Goethe y aquellas que la poesía celebró por ofrecer al hombre otra felicidad ajena a la lógica del capital. Deambulando entre las calles llega a un bar donde los hombres gastados por la rutina comparten sus fantasmas e historias. Allí, los cinco amigos de licor empezarán a sentir que hallar a Ruth Mazabel puede ser también el bote salvavidas de sus insípidas vidas. Algunos creen encontrarla -bajo distintos nombres y oficios- en mujeres que pueden brindarle algo de caos y emoción a sus días, uno habrá de reconocerla en su propia esposa y otro acepta la versión que le da un informante de que ha muerto. La desilusión arrastra al protagonista a alejarse del trabajo para buscarla en los cementerios. Habrá luego de escrutar entre los 200 libros de la biblioteca alguna frase subrayada por ella o una pista para ubicarla. Amotinado en su biblioteca, despreocupado por las cosas prácticas de su familia y su misma salud, leerá cada libro. En un final donde lo extraño, lo ambiguo y lo onírico convergen, el lector es convocado a imaginar si fue acaso la locura, el delirio de la esperanza, un sueño que intenta redimir la realidad, una dádiva de la muerte o acaso todos estos elementos juntos, los que posibilitarán que él protagonista vea venir a él no sólo sus padres, el hermano que se había unido a la guerrilla con la chaqueta de cuero negro baleada y sus compañeros de taberna, sino también Ruth para llevarlo de la mano “otra vez, al infinito abismo de lo imprevisible” (p.170).

La novela es contada por un narrador extradiegético que focaliza los pensamientos y sensaciones del protagonista y otras presencias que cruzan la ficción, desde un lenguaje sugerente, poblado de imágenes y recursos líricos. De ahí que el lector sienta cercanos a los personajes en tanto la palabra poética funda el ser en sus carencias, angustias y esperanzas. Incluso la poesía de autores como Neruda o Borges y las alusiones intertextuales que allí aparecen se armonizan en el todo narrativo para reflejar, como en una danza de espejos, los estados anímicos de esos hombres y mujeres instaurados en la novela.

Alguna vez expresó Cioran que “fracasar en la vida es acceder a la poesía”, refiriéndose a ese paraíso de la palabra al que acceden quienes renuncian al éxito de la vida calculada. Esta es la vía que toma el protagonista cuando al entrar a la universidad desdeña la estabilidad económica que representa el mundo del padre. En su nuevo espacio vital, en el que sobrevive haciendo cartas amorosas y resolviendo ejercicios de matemáticas, abraza las incertidumbres del arte. De la mano de Ruth -con quien el amor está repleto de lecturas y sorpresas- Jerónimo justifica su tiempo y su devenir ontológico. Sin embargo, la misma universidad al arrojarlo de nuevo al orden, la razón y la sociedad capitalista cuando le entrega su título de ingeniero, lo retorna al designio político trazado por el progenitor. El intelectual, convertido ahora en doctor –lo que motivará la huida de su compañera de “ocio creativo”- a medida que se entroniza socialmente gracias a un matrimonio por conveniencia y a su relación con la alta esfera política, se sabe degradado por una rutina y una creciente urgencia amorosa que lo incitarán a escudriñar un pasado del que apenas le quedan ecos y nostalgias: Ruth y el convencimiento de que perpetuarse en el tiempo no es dejar los hijos que culparán a un padre descuidado que se obnubila en su frustración, sino comprometerse con la libertad y la belleza a través de la creación literaria.

Esta novela, en definitiva, no sólo revela una cuidadosa escritura, una destreza narrativa de quien sabe manipular el tiempo y los recursos de la intertextualidad y la poesía. Además del placer de contar y de construir un mundo de ficción creíble, se evidencia una visión moderna del arte, en la medida en que, sin descuidar los valores estéticos, se ahonda en los conflictos fundamentales de la existencia (en este caso el deterioro y el hastío del hombre culto que sacrifica el arte y el amor por las promesas del dinero y el poder). La complejidad psicológica de los personajes, la belleza del lenguaje, la tensión y pulsión estética que nutren esta obra, invitan a la relectura y a considerar que la literatura, más allá de los sacrificios, heridas y renuncias que exige el ritual de la palabra, es, ante todo, tal como lo expresara el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón “la única prueba concreta de la existencia del hombre”.

LA POESÍA COMO CONTRACARA DE LA VIOLENCIA COLOMBIANA EN LOS VELOS DE LA MEMORIA, DE JORGE ELIÉCER PARDO RODRÍGUEZ

  Jorge Ladino Gaitán Bayona (Grupo de Investigación en Literatura del Tolima, Universidad del Tolima)     Ponencia del 13 de noviembre de 2...