domingo, mayo 30, 2010

“BELLA”: OPERA PRIMA Y CINE ARTE



Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Grupo de Investigación en Literatura del Tolima de la UT,
jlgaitan@ut.edu.co)

“Bella” es una película escrita y dirigida por el mexicano Alejandro Gómez Monteverde. Obtuvo en el 2006 el Premio al mejor largometraje en el Festival Internacional de Cine de Toronto por elección del público, al que le seguirían múltiples reconocimientos en el 2007, entre los que vale la pena resaltar el Crystal Heart Award del Festival Heartland, el Premio Legacy del Instituto Smithsoniano y el Tony Bennett Media Excellence Award. Cautiva en este film su hondura humanística, el armónico entrecruzamiento de tiempos y espacios, la fuerza actoral de los protagonistas, una banda sonora afín a las atmósferas generadas (con temas latinos y otros en inglés) y una historia contundente y evocadora sobre los duelos originados por la solidaridad mutua de dos seres desesperanzados que entrecruzan sus caminos. Libre de sensiblerías, cursilerías y moralismos primarios, la cinta despliega una poeticidad que conmociona al espectador.
Quien contempla esta pieza cinematográfica no deja de sentirse al frente de una obra valiosa por su historia bien contada, el cuidado de cada detalle, la composición visual y el manejo de planos generales y primeros planos, entre otras cualidades. Podría hasta pensarse que se trata de una obra de madurez de un cineasta de trayectoria. No obstante, no deja de ser cautivante al indagarse por el recorrido del director-guionista el darse cuenta que se trata de su ópera prima (sin haber llegado a los treinta años y ya galardonado con premios internacionales al 2007). Además, es atrayente que la historia de redención no es sólo la que maneja en sus 93 minutos de duración, sino también la que abarca, en cierta forma, el destino profesional del actor protagonista (José Eduardo Verástegui Córdoba, nacido en Ciudad Mante, México, 1974).
El mexicano Alejandro Gómez Monteverde (1977), tras efectuar sus estudios de cine y rechazar diversas propuestas, había decidido no filmar una cinta cuya historia no fuera afín a su visión de mundo y sus aspiraciones estéticas. Resolvió entonces que la mejor forma de ver en pantalla un largometraje honesto tendría mayor garantía si él mismo se encargaba del guión. Escribió la historia de un joven de padre puertorriqueño y madre mexicana viviendo en la tierra del sueño americano donde irónicamente su sueño de triunfar en el balompié se ve truncado al atropellar accidentalmente a una niña. Años después, la suerte le otorga la posibilidad de ser el salvador de una vida ajena que estaba signada a la desaparición. Esa historia –que además cubre el contexto de norteamericanos que hacen parte de la exclusión económica y de latinos explotados laboralmente en Nueva York por tratarse, en ocasiones, de indocumentados- tiene tintes de melancolía (un yo culposo y sombrío tanto en el ex-jugador como en la camarera, los protagonistas). Sin embargo, sin romper la lógica interna, logra transitar al duelo cuando esa forma desinteresada del amor que es la amistad genera unos actos de entrega y fraternidad que resultan admirables: José (el jugador retirado), como intentando darle a la vida la niña que alguna vez hubiera matado, decide criar a la hija de la camarera que quería abortar hasta que ésta se reconcilie con su pasado y elija retornar a ella.
La difícil designación del protagonista no dejó de ser curiosa por parte de Gómez Monteverde. Optó por su compatriota José Eduardo Verástegui Córdoba, quien por esa época buscaba deshacerse de la imagen de sex simbol. Muchos lo juzgaban como apenas un constructo de la farándula, un “niño bonito” de la televisión, la música -primero del grupo Kairo y luego como solista- y del modelaje, en tanto desfilaba ropa Calvin Klein. Señala en una de sus entrevistas el director que José Eduardo “estaba cansado de usar sus talentos en una forma de vanidad, solo para él y nada para la sociedad. Entonces, lo conocí cuando terminó una película que se llamó ‘Papi Chulo” que, en cierta forma, fue donde sintió una depresión sobre qué era lo que acababa de hacer. La odió y sintió que ya se quería retirar, que se había vendido durante muchos años”. El director logró que quien fuera considerado como una simple cara seductora desplegara ante las cámaras una actuación tremendamente convincente, rica en gestualidades, en silencios sugerentes y proyecciones de estados del alma complejos. Es admirable la forma como encarnan los personajes tanto José Eduardo como la protagonista (Tammy Blanchard, el papel de Nina, la camarera) y los otros actores que intervienen: Manny Perez (Manny, dueño del restaurante), Ali Landry (Celia), Angélica Aragón (madre de José), Jaime Tirelli (padre), Lukas Behnken (Johannes) Ramón Rodríguez (Eduardo).
Indudablemente se trata de una película que merece ser vista porque técnica y estéticamente presenta matices, su complejidad va más allá de la anécdota antes contada y porque visualiza con agudeza situaciones límites de la muerte, la vida y los dramas de quienes ocupan la marginalidad estadounidense en la búsqueda de felicidades sustitutivas: el fútbol, la música, el generar la figura del padre con otros seres que urgen de la misma. Nada en ella parece superfluo. Sus seres ficcionales atrapan el gusto y la conciencia del espectador. Sus fibras poéticas invitan a repensar el sentido de la esperanza, de la amistad y la solidaridad en un presente convulso donde los seres, en ocasiones, como diría Gilles Lipovetsky en “La era del vacío”, parecieran reducirse a “utopías profilácticas”, a ser simples “espejos vacíos que reclaman terapia”.

lunes, marzo 29, 2010

“VIVIR AL LÍMITE”: EL CINE COMO JUSTIFICACIÓN DE LA GUERRA

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona

(Integrante del Grupo de Investigación de literatura del Tolima de la UT,

jlgaitan@ut.edu.co)

“The Hurt Locker”, la película distribuida en países de lengua castellana como “Vivir al límite”, obtuvo en los Premios Óscar 2010 las estatuillas por mejor película, director, guión original, montaje, mezcla de sonido y edición de sonido. Tratándose de dichos premios (situados frecuentemente más en la esfera de lo comercial que en lo propiamente estético) se espera al menos que así haya que alistar varios pañuelos, se ofrezcan ciertos giros, puntos de tensión y conflictos. Sin embargo, esta realización fílmica, más allá de su buena factura técnica y de un inicio que conmociona pues se aborda una muerte violenta en una circunstancia límite, carece de los elementos antes mencionados. Se reduce todo al efectismo de una situación repetitiva: un sargento en jefe (Matt Thompson) y una unidad militar norteamericana desactivando una y otra vez artefactos explosivos en Irak. Se juega con la sensibilidad primaria y el miedo del espectador porque qué más impresionante que ver a unos hombres arriesgar sus existencias evitando que exploten bombas, más si se juega con primeros y primerísimos planos, las cámaras lentas y una música acorde a la vida en juego.

Como en tantas producciones norteamericanas (piénsese por ejemplo en “Malditos bastardos” nominada en similares categorías en los Óscar de este año), un reducido grupo de militares estadounidenses llega a otra parte del mundo para –desde sus método particulares- “garantizar la paz y eliminar las formas de la barbarie”. Ellos -los “defensores de la patria”, los “buenos hijos del sueño norteamericano”- pueden titubear, recordar la mujer amada y soñar con tener un hijo, pero nada les impide cumplir su misión y actos de heroísmo. Así se generen diversas formas de trastorno psíquico (la película inicia mencionando que la guerra es una droga y es una letal adicción), los combatientes focalizados arriesgan su integridad y no la de otros: el sargento Thompson disfruta más su oficio en zonas rojas que estar en casa con su familia.

Los soldados de “Vivir al límite” -película de 120 minutos de duración dirigida por Kathryn Bigelow- con sus acciones loables parecieran borrar que en la realidad alguna vez existieron militares que torturaron presos, desaparecieron sospechosos o violaron mujeres. Son tan “humanitarios” que prefieren afectar su núcleo familiar arriesgándose al intentar salvar a un hombre de familia musulmana que fue obligado a portar una bomba encadenada a su cuerpo. Dadivosos pagando con más dólares de la cuenta a los niños pobres que les venden Dvds de cintas de Hollywood. Salvo las escenas de combatir a unos rivales en el desierto y de las frecuentes desactivaciones de explosivos, las cámaras nunca apuntan al otro. Excepto el niño que vende Dvds, los demás iraquíes ni siquiera tienen nombre y cada vez que se muestra el rostro de uno de ellos es porque posiblemente pueda -con una celular u otro artefacto- hacer volar un automóvil, un edificio o un individuo. Toda la cinta maneja la óptica simplista de la lucha del bien contra el mal, se sataniza al árabe y se tiende a justificar un acto de injerencia de una potencia extranjera en tierra ajena bajo la llamada “lucha contra el terrorismo”.

No se puede negar que en “Vivir al límite” es viable que se busque configurar una mirada desde el interior de la guerra, mostrándose dramas de personas que evitan que exploten artefactos que son indudablemente espantosos, inventos de los que la humanidad tendría que avergonzarse. Sin embargo, se niegan las diversas caras de la violencia y que a los seres del otro bando les deben doler también las muertes de sus familiares y compatriotas cuando desde el aire les ha llovido “bombas inteligentes”. ¿Acaso las bombas de tierra son detestables y la que vienen del cielo redentoras? Para esta producción fílmica no pareciera importar que cualquier guerra es espantosa y anula la civilización. Sólo le interesa poner en términos maquiavélicos la lucha de “ángeles gringos redentores” contra “demonios árabes que merecen exterminarse”. Es el tipo de película que funciona como propaganda y “aparato ideológico del estado” (en términos de Althusser) para sostener un orden y una versión de la historia oficial norteamericana.

Todo lo que sirva para hacer olvidar que las tan mentadas armas de destrucción masiva por las que se invadió Irak no existían y que fue la sed de petróleo lo que motivó la destrucción de una civilización milenaria es digno de premio por parte de la Academia que otorga los Premios Óscar, más si se afirma la idea de que las únicas víctimas son los soldados gringos y que todo lo que suene a árabe es sospechoso de terrorismo. Es, sin duda, la película que resultaba estratégica para ganar los principales galardones en sintonía con el Premio Nobel de Paz otorgado en el mismo año al presidente Barack Obama. Los efectos especiales en el cine de la mano de un reconocimiento controvertible al presidente norteamericano por parte de la academia sueca para resaltar como bueno, justo y necesario todo acto bélico norteamericano. En este caso, son premios que debiendo posicionar el arte, la vida y la dignidad humana elijen validar la guerra y sus horrores. Tras su condecoración, Obama amplió el presupuesto militar y el pie de fuerza en Afganistán e Irak, ¿qué sigue ahora cuando millones de espectadores gringos han llorado en pantalla el miedo de sus hombres por culpa de unos “fundamentalistas” iraquíes?



martes, febrero 09, 2010

UNA MUJER DIFÍCIL Y OTROS TEXTOS BREVES DE LIBARDO VARGAS CELEMÍN


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona

(Universidad del Tolima, Colombia

jlgaitan@ut.edu.co)



Alguna vez, el argentino Jorge Bocannera relevó que el microrrelato tiene la capacidad de condensar en su brevedad una mirada incisiva que desestructura el mundo y la ficción para estremecer al lector; certero por su lenguaje conciso y porque apunta a aspectos impresentables de la vida humana, la historia e incluso la literatura. Habría que tener en cuenta lo anterior al abordar el libro Una mujer difícil y otros textos breves (2009) del colombiano Libardo Vargas Celemín, en tanto los microrrelatos allí contenidos, desde el humor negro, la paradoja y otros valores estéticos, apuntan su aguijón a las relaciones de pareja, las complejidades del universo femenino y las seducciones de la globalización en medio del hambre y la miseria. Del mismo modo, varios aguijones literarios son arrojados contra las barbaries acontecidas en Colombia, las masacres, secuestros, hechos impunes, atmósferas de miedo y falsa solidaridad de tantos que convierten el dolor ajeno en apenas un asunto mediático.
Las cuestiones anteriores no son tratadas a la ligera o desde reduccionismos panfletarios. En ocasiones se insinúan desde recursos poéticos y en otras se confrontan desde la expresión cuidadosa, mordaz e irónica tendientes a que desde “la síntesis narrativa” se genere la explosión de sentidos que hace del microrrelato un goce artístico, intelectual y humanístico para el lector. No sólo en este libro de Libardo Vargas Celemín sino en otros anteriormente publicados por el autor a nivel cuentístico (Tururá, Las estaciones del olvido y Más allá del infierno) se detectan unas recurrencias temáticas y procedimientos en torno a la literatura como palimpsesto (la posibilidad de la creación desde el goce intertextual) y a la situación política y social de Colombia. Frente a este último fenómeno, cómo no evocar a Roland Barthes en El Grado cero de la escritura cuando señala que “la historia se presenta entonces frente al escritor como el advenimiento de una opción necesaria entre varias morales del lenguaje” (12); por lo cual, como es el caso de la narrativa de Libardo Vargas, se busca que desde la esfera ficcional se tome una posición histórica. De ahí que varios traumas de su país sean recreados en su último libro donde se establece en dos de sus partes, desde texturas literarias pequeñas, hondas miradas críticas a la violencia, la desmemoria y los horrores de su patria: la primera parte da cuenta de un contexto local y nacional donde suceden cosas extrañas en la cotidianidad y la tercera refiere una Colombia donde el crimen, la amenaza, la indolencia y el rencor desatan sus amarras. De gran factura literaria resultan al respecto los microrrelatos “Perdón por no olvidar”, “Para participar en el programa”, “La moda” y “El paseo”, porque en ellos la ironía es demoledora, no reduciéndose al tropo, sino siendo variante rica, múltiple y de triple carácter (axiológico, representativo y táctico), la cual, devaluando la realidad mostrada en el nivel literal de la narración, da cuenta de un país donde lo que debiera ser excepción a la regla por ir en contravía al respeto por la vida, la tolerancia y la dignidad, se “normaliza” por la resignación social y porque, así la crueldad invente nuevos trucos, ya nada asombra en una nación donde la muerte y las desgracias del prójimo son el pan diario.
En varias historias de Libardo Vargas Celemín el lector descubre la contracara de lo que de su país cuentan los medios de comunicación y la historiografía oficial. En cierta forma, en ellas opera la imagen del ángel benjamiano, ese que narra la historia a contrapelo, es decir descubriendo “documentos de barbarie” donde otros ven “documentos de cultura”. Al respecto, téngase en cuenta su texto breve “Recuerdos de Bojayá” (el que cierra la tercera parte del libro), en el que se indica actos de inauguración de obras y documentales que exhiben en el presente casas pintorescas en Bojayá (Choco, noroeste de Colombia) donde en el 2002 la muerte y la sevicia habían entrado en orgía desenfrenada (119 personas muertas cuando una pipeta bomba estalló en una iglesia en medio del combate entre guerrilla y paramilitares); las nuevas acciones de aparente civilización intentarían en vano “arrancar ese folio absurdo de la historia” pues “las huellas del dolor estaban ahí, en cada gesto, en cada palabra esculpida en la memoria, en cada herida supurante y en cada boca silenciada” (Vargas Celemín, 2009, 88).
La base enciclopédica del escritor le permite jugar con los intertextos, nutrirse de obras literarias para realizar sus breves palimpsestos, instalando en la última parte de Una mujer difícil y otros textos breves veinte microrrelatos en los que celebra, transgrede e imagina variables a obras del canon universal. Del mismo modo, deja que en sus páginas se deslicen algunos escritores con los personajes que los persiguen y obligan a la escritura. Por allí cruzan José Saramago, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Robert Louis Stevenson, François Rabelais, entre otros.
En definitiva, si “bajo la presión de la historia y de la tradición se establecen las posibles escrituras de un escritor dado” (Barthes, 2006, 24), se puede indicar que la literatura y las infamias del pasado y el presente colombiano son las fuerzas principales que han agitado el universo ficcional de Libardo Vargas Celemín desde su primer libro Tururá (1990) hasta el más reciente Una mujer difícil y otros textos breves. En este último, además, se exploran otros asuntos ya no sólo de Colombia sino de la aldea global, de la mujeres y sus visiones del amor, el tiempo y el cuerpo, del ser humano actual en sus trivialidades, proyecciones, evasiones, miedos y pérdidas de compromisos sociales pues mientras muchas cosas raras ocurren en los contextos cercanos o universales, bien sea en términos de desplazamientos, hambre o violencia o ya sea porque se da un prodigio de la naturaleza, hay muchos que evaden la cuestión porque se encuentran “viendo televisión, conectados a la red o simplemente hablando por celular” (Vargas Celemín, 2009, 29).

• Tomado de “Sieteculebras, Revista Andina de Cultura”. Cusco (Perú): Número 27, Diciembre-Marzo 2010, p. 68.

BIBLIOGRAFÍA
Barthes, Roland (2006) El grado cero de la escritura. México: Siglo XXI Editores.
Boccanera, Jorge (2004). “La grandeza del relato breve”. 27/11/2004 (citado el 12/10/2009). …..http://www.edicionesdelsur.com/articulo_149.htm
Siles, Guillermo (2007). El microrrelato hispanoamericano. Buenos Aires: Ediciones Corregidor.
Vargas Celemín, Libardo (2009) Una mujer difícil y otros textos breves. Bogotá: Universidad del Tolima, Editorial Universidad.Nacional.

miércoles, septiembre 16, 2009

“APOCALÍPSUR”, ENTRE LA ODA Y LA ELEGÍA NACIONAL


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Universidad del Tolima, Colombia
jlgaitan@ut.edu.co)



“Apocalípsur”, film ganador de varios galardones, entre ellos el Premio India Catalina a mejor película colombiana en el 2007 y mejor largometraje en el Cuarto Festival Internacional El Ojo Cojo en Madrid en el 2008, es una referencia obligatoria al hablar de la cinematografía nacional por la contundencia de su guión, giros narrativos, manejo acertado de índices, fuerza actoral y punto de vista crítico sobre Medellín a inicios de los noventa. Justamente al comienzo de la cinta se indica: “Entre los años de 1989 y 1992 fueron asesinadas en Medellín más de 25000 personas, la mayoría de ellas menores de edad. Algunos jóvenes llamaron a estos años el Apocalípsur”.
En comparación con “Rodrigo D, No futuro” (1990) o “La vendedora de Rosas” (1998) de Víctor Gaviria, donde la mirada se construye desde los márgenes sociales y las comunas, en “Apocalípsur” se maneja una visión crítica, pero ya desde estratos medios y altos con jóvenes también como protagonistas, quienes no son ajenos al desencanto, la música, drogas y desgarraduras existenciales que les genera la vida convulsa en unas coordenadas de tiempo y espacio específicas (Medellín, 1992). Lo curioso es que en esta obra fílmica, opera prima del antioqueño Javier Mejía Osorio (su director y guionista), a las cámaras en vez de evidenciar todo el tiempo la crudeza de las calles, les interesa principalmente captar, escuchar y ahondar en las consciencias y discursos de los personajes. De ahí que sea a través de sus diálogos que el espectador capte con mayor hondura la compleja situación social y política de una urbe que en dicha época no discriminaba en sus secuestros, bombas, venganzas entre traquetos, persecuciones a jueces y sus familias, entre tantos flagelos. Se trata de una cinta en la que cada intimidad explorada es a la vez un lente cáustico frente a su contexto y la infiltración del narcotráfico en las distintas esferas de la vida social antioqueña. La densidad del film se afirma sobre la capacidad representativa de los actores. Los primeros planos, los planos de detalles y la técnica del falso documental permiten aproximar sus rostros, gestos, palabras, actitudes y cuestionamientos al horizonte de expectativas del espectador.
Resulta atractivo que a la par de la apocalíptica visión sobre la ciudad y el país que se despliega, también se otorga, como una suerte de antídoto, una bella oda a la amistad pues la historia gira en torno al viaje de cuatro amigos (Malala, Caliche, La Comadreja y Pipe) que van en su camioneta a recoger al amigo que meses atrás despidieran (El Flaco), pues era necesario irse al exterior en tanto su madre, jueza de la república, adelantaba unas peligrosas investigaciones. Los juegos de flash back y flash forward presentan los recuerdos particulares, fiestas, complicidades, proyecciones, génesis de la unión en medio de rock, el deseo, el cautiverio y los accidentes, como también los nexos que se fortalecen cuando irónicamente el que huyó de su terruño violento para seguir viviendo llega del primer mundo en un féretro. Ante la tragedia nacional, la película de Javier Mejía Osorio no gira la espalda sino que la explora desde la intimidad, vivencias y mundo interior de los personajes, confrontándola estéticamente con sus celebraciones: entre la elegía y la oda por el amigo ausente y los amigos que quedan, posicionando la vida, la memoria, el amor y los afectos comunes por encima del horror y el miedo.
El profundo humanismo que subyace en este largometraje tiene su origen en circunstancias que rodearon a su creador. Javier Mejía (quien también es reconocido en el país por ser uno de sus destacados periodistas) ha señalado en varias entrevistas que la historia nació a raíz de la desaparición de su amigo Carlos Bernal, quién se fue a estudiar a Suiza en 1991 y nunca más se supo de su paradero: “Esa historia de amigos me motivó para escribir un guión, no sólo para contar su historia, sino como un homenaje con el que trato de exorcizar esos años tan terribles que vivió Colombia”. “Apocalípsur”, fue rodada en tres meses, la producción fue adelantada por Perro a Cuadros Producciones y la excelente actuación de los personajes fue posible porque previamente hubo seis meses de preparación. En el reparto intervienen Camilo Díaz, Andrés Echavarría, Ramón Marulanda, Pedro Pablo Ochoa y Marisela Gómez (mejor actriz en los Premios Nacionales de Cine, Colombia, 2008). El guión había ganado ya en 1995 un premio de Colcultura y varios años antes de obtener el galardón a mejor película en el Festival de Cartagena la cinta había sido exhibida en diversos festivales. Todos estos datos dan cuenta de un largometraje que se venía madurando en el tiempo (en el plano de la letra como también en el de la imagen y la representación) y aunque su argumento se contextualice en la década final del siglo XX cobra enorme vigencia porque muchas de las situaciones allí planteadas no son propiedad exclusiva del pasado. Del mismo modo, se hace valioso no únicamente en términos de una honda mirada sobre la memoria nacional, los conflictos y valores de los jóvenes, sino también como realización de gran factura técnica y artística a la que más allá de una historia bien lograda le sobreviven unas profundas resonancias que conmueven y conmocionan a los amantes del séptimo arte.

LA POESÍA COMO CONTRACARA DE LA VIOLENCIA COLOMBIANA EN LOS VELOS DE LA MEMORIA, DE JORGE ELIÉCER PARDO RODRÍGUEZ

  Jorge Ladino Gaitán Bayona (Grupo de Investigación en Literatura del Tolima, Universidad del Tolima)     Ponencia del 13 de noviembre de 2...