Bienvenidos al blog de Jorge Ladino Gaitán Bayona, escritor en formación y doctor en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Integrante del Grupo de Investigación en Literatura del Tolima y profesor de la Facultad de Educación de la Universidad del Tolima. Aquí la literatura, el cine y la música entrelazan sus misterios.
jueves, marzo 19, 2015
viernes, febrero 06, 2015
NELSON ROMERO GUZMÁN: PREMIO INTERNACIONAL CASA DE LAS AMÉRICAS 2015
Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
Profesor de la Universidad del Tolima,
Integrante del Grupo de Investigación en
Literatura del Tolima.
Nelson Romero Guzmán -profesor de la
Universidad del Tolima- fue anunciado como ganador del Premio Casa de
las Américas en su edición 56, cuyo fallo unánime se dio en La Habana, Cuba, el
jueves 29 de Enero de 2015. Su
poemario Bajo el brillo de la luna
se impuso sobre otros 231 participantes. Bajo
el brillo de la luna (libro aún inédito y que publicará Casa de las
Américas) urde su propuesta estética a partir de la obra pictórica del noruego
Edvard Munch, cuyos cuadros y delirios artísticos son recreados por el poeta
tolimense. El jurado internacional estuvo integrado por Ariel Silva Colomer
(Uruguay), Tony Raful (República Dominicana), Alex Fleites (Cuba), Manuel
Oreste Nieto (Panamá) y Piedad Bonnett (Colombia).
El Premio Casa de las Américas -creado en la década del sesenta- es uno de
los más importantes en el ámbito hispanoamericano. En 2015 participaron 650 libros -en novela, ensayo y poesía-
provenientes de 24 países, según informa Casa de las Américas. En la modalidad
de poesía ha tenido en el pasado ganadores tan relevantes como el salvadoreño
Roque Dalton, el chileno Enrique Lihn, el peruano Antonio Cisneros, el
argentino Mario Trejo, la nicaragüense Gioconda Belli, entre otros.
Previamente Nelson Romero Guzmán había obtenido: Premio Nacional de Poesía
Fernando Mejía Mejía (1992); Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia
(1999); y Premio Nacional de Literatura –modalidad poesía- del Instituto
Distrital de Cultura y Turismo de la Alcaldía de Bogotá (2007). Entre sus
libros de poesía publicados se encuentran: Días sonámbulos (1988), Rumbos
(1993), Surgidos de la luz
(2000), Grafías del insecto (2005), La quinta del sordo (2006), Obras de mampostería (2007), Apuntes para un cuaderno secreto (con la
mexicana Kenia Cano, 2011) y Música lenta
(2014). Su libro Surgidos de la luz
fue traducido al inglés por el poeta húngaro Andrés Berger Kiss bajo el título Sprung from the light.
En este autor tolimense sobresale
su capacidad de poetizar despojándose de la camisa de fuerza de los géneros
literarios. Varios de sus poemas cuentan historias y a veces hacen digresiones
sobre la creación estética. Como lo postula Gabriel Arturo Castro, “su creación
es de gran amplitud literaria en temas y formas, colmada de matices
innovadores. Allí enlaza, incorpora y conjuga dos círculos de interpretación:
la asimilación de la poesía a la narrativa y el carácter ensayístico de algunos
de sus poemas” (2013, p. 86). En sus versos la belleza va más allá del
artificio de la imagen puesto que refigura las angustias y satisfacciones del
arte. Las piedras y su abecedario
religioso se exploran en Obras de
mampostería. Las formas de escritura de hormigas, polillas, mariposas y
otros minúsculos animales se encuentran en Grafías
del insecto. Las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Théo se reinventan
en Surgidos de la luz. Goya medita
sobre sus brujas y sus cuadros siniestros en La quinta del Sordo. La escritura como cámara de torturas es
recreada en Música lenta.
El poeta asume con seriedad
el juego de la máscara. Deja que en él surja para cada libro una voz poderosa
que no es su yo biográfico. En la elección de los protagonistas de sus
poemarios hay una predilección por artistas incomprendidos por las sociedades
de su tiempo que, a pesar de todo, tenían un carácter visionario. No solamente
se encuentran aquí Vincent Van Gogh en el libro Surgidos de la luz, Goya en La
Quinta del Sordo y Edvard Munch en Bajo
el brillo de la luna, sino también poetas malditos incluidos en Música lenta, libro donde imagina poemas
que habrían escrito el Conde de
Lautréamont, Antonin Marie Joseph Artaud y Jean Genet.
Aparte de su labor poética,
Nelson Romero Guzmán tiene una destacada formación
académica y múltiples ensayos y artículos sobre literatura. Licenciado en
filosofía y letras. Magister en literatura con tesis laureada. De su labor como
crítico literario se encuentran sus libros El
espacio imaginario en la poesía de Carlos Obregón
(2012) y El porvenir incompleto, tres
novelas históricas colombianas (2012). En este último hace
una interesante revisión de las propuestas teóricas sobre la nueva novela
histórica; a la vez explora con profundidad las lecturas ideológicas y los
tejidos ficcionales de las novelas El
país de la canela (William Ospina), El árbol imaginado (Carlos Flaminio
Rivera) y
Buen viaje, General (Benhur Sánchez Suárez).
Bajo
el brillo de la luna será la puerta de entrada para que los
escritores y lectores en lengua castellana dimensionen la propuesta estética de
un autor colombiano que cierra con este libro una trilogía donde la pintura y
la poesía tienen vasos comunicantes (fenómeno denominado por la teoría
literaria como ecfrasis). En Surgidos
de la Luz, La Quinta del Sordo y Bajo el brillo de la luna la metáfora va más allá de la recreación de
pinturas del arte occidental. Contienen en sus versos el mundo, la historia y genios
del arte universal reinventados por la fecunda imaginación de Nelson Romero
Guzmán. Este autor enriquece una prolífica tendencia
iberoamericana que ha generado propuestas líricas entrando en relación
intertextual con las artes visuales, como bien lo han hecho el Nobel mexicano
Octavio Paz, el chileno Gonzalo Millán, el colombiano Juan Manuel Roca y los españoles Irene Sánchez Carrón, Olvido
García Valdés, Joaquín Lobato y Antonio Colinas, entre otros.
Referencias
Castro, G. A. (2013). Nelson
Romero Guzmán. Mientras el tiempo sea
nuestro, antología poética de Lilia Gutiérrez Riveros, Nelson Romero
Guzmán, Winston Morales Chavarro y Andrés Berger Kiss. Santa Marta, Colombia:
Ediciones Exilio, p.p. 85 -86.
Valery, P. (1990). Teoría poética y estética. Madrid:
Editorial Visor.
jueves, diciembre 04, 2014
lunes, diciembre 01, 2014
LA ESCRITURA COMO CÁMARA DE TORTURAS: MÚSICA LENTA, DE NELSON ROMERO GUZMÁN
Por Jorge Ladino Gaitán Bayona.
Profesor de Literatura de la Universidad del Tolima.
Hay
prólogos que rompen con el incienso mutuo de los escritores. Más allá de análisis
y lisonja, son el verdadero inicio de la ficción. Desde allí está funcionando
la imaginación, la parodia y la transgresión de la tradición literaria.
Recuérdese, por ejemplo, la primera parte de Don Quijote de la Mancha, donde Cervantes juega a ser el autor de
su propio prólogo, se ríe de quienes ponen al inicio de sus creaciones sonetos
de “duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos” (2012, p.
9). Se dirige a un “desocupado lector” (p. 7) para que juzgue su novela a su
antojo pues hasta él mismo se siente padrastro de don Quijote, no un padre
ciego ante los defectos de su criatura: “Acontece tener un padre un hijo feo y
sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para
que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas” (p. 7). A veces los poetas remplazan los prólogos por
poemas donde anuncian elementos de su escritura. Charles Baudelaire, en el
texto inicial de Las flores del mal, advierte
que su libro habla del tedio, el crimen y los vicios de la condición humana:
“Hipócrita lector, -mi semejante-, mi hermano” (1944, p. 8). El Conde de Lautréamont, en el canto primero
de Cantos de Maldoror, anuncia que su
libro está poblado de monstruosidades: “Hay quienes escriben para lograr los
aplausos humanos mediante nobles cualidades del corazón que la fantasía inventa
o que ellos pueden tener. Pero yo hago servir mi genio para representar las
delicias de la crueldad” (1970, p. 15).
En
esa línea de “representar las delicias de la crueldad” (p. 15) y de violentar
al lector, se ubica Música lenta
(2014), de Nelson Romero Guzmán, poeta colombiano nacido en 1962 en Ataco-Tolima.
Ganador del Premio Nacional de Poesía Fernando Mejía Mejía (1992), Premio
Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (1999) y Premio Nacional de
Literatura –modalidad poesía- del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de
la Alcaldía de Bogotá (2007). Autor de los libros de poemas Días sonámbulos (1988), Rumbos (1993), Surgidos de la luz (2000), Grafías
del insecto (2005), La quinta del
sordo (2006), Obras de mampostería
(2007) y Apuntes para un cuaderno secreto
(con la mexicana Kenia Cano, 2011). A nivel ensayístico ha publicado El porvenir incompleto, tres novelas
históricas colombianas (2012) y El
espacio imaginario en la poesía de Carlos Obregón (2012). Música negra, su última publicación, hace
parte de nueve libros de la Colección Letras de la Fundación Arte es Colombia (coordinada por Francia
Escobar de Zárate), donde figuran también los poetas Juan Manuel Roca, Horacio
Benavides, Rómulo Bustos Aguirre, Andrés Matías, Alfredo Vanín, María Clemencia
Sánchez, Jotamario Arbeláez y Jaime García Maffla.
En
la primera sección de Música lenta se
encuentra el “Prólogo a cargo de Sylvia Plath (1933-1963)”. La escritora
norteamericana es despertada de la muerte y obligada a hacer el prólogo. Por
eso dirige su furia contra el poeta: “Quien escribe como tú, arruina. Se le
debe prohibir la imprenta, escondérsele todo el papel. Mas no te enojes, no por
eso la poesía te niega, aunque tú la traiciones. Ella te cose con hilo la
cicatriz de los párpados […]
Nelson, te lo pido, no escribas más, nunca te leerán. Déjame descansar en paz”
(Romero Guzmán, 2014, p.p. 9-10). Silvia
Platt se duele de un poemario cuyas páginas no debieran abrirse: “Los lectores
serán expulsados de este libro” (p. 9). ¿No se supone que los libros son morada o, al
menos, hotel de paso, para quien lo escribe y lo lee? Esa es, justamente, la
belleza incómoda que propone Nelson Romero Guzmán en Música lenta: no hacer una oda convencional del arte y de las
posibilidades curativas de la catarsis y la sublimación, sino hablar de la
escritura como condena, de insomnios que desangran extrañas visiones, demonios
que agobian y nunca es posible el exorcismo. La literatura deja de ser una “forma de la
felicidad” para convertirse en castigo de quien intenta con palabras matar una
obsesión, tal como indica el poema en prosa “Animal de oscuros apetitos”:
Un animal se come mis escritos. Ha
engordado, pero no lo he podido matar. Escribo para darle muerte y mientras
tanto no dejaré de escribir […] Un día de estos le construiré
una trampa mortal: el poema con dos ruedas dentadas girando sobre un molino de
piedra, tan enorme que lo aplaste en mi cuarto sin ninguna misericordia. Una
vez se apruebe su muerte en los periódicos, por fin me habré vengado de todos
los libros que escribí como trincheras para salvarme de sus nocturnas caserías
(p. 12).
El
poema convertido en cámara de suplicios. El poeta propone un curioso juego
metaficcional (No Nelson Romero Guzmán, sino el Nelson que poetiza Música negra). Sus libros no surgieron
por una aspiración de inmortalidad a través de la belleza; nacieron a pesar de
él, son crímenes que quisiera vengar. ¿Dónde queda entonces el lector? Quizás -atendiendo
a las coordenadas propuestas por la ficción- el lector sea un sádico pues
disfruta el mal ajeno y se extasía, página tras página, mientras el poeta
confiesa sus heridas. El dolor del escritor es la felicidad del sádico lector.
Por eso este último disfruta cuando le resaltan que en las palabras hay
prisiones, infiernos y cadenas perpetuas que
imponen los malignos seres que brotan de las entrañas del poeta, así se
vislumbra en “La escritura del demonio”: “Sobre la mesa la página, los
tornillos a los dedos,/ los cables al corazón y al cerebro,/ después girar
hacia el oriente la máquina de tortura/ para que sobre lo blanco se derrame la
negrura,/ y todo para que el diablo viva feliz” (p. 26). Lo curioso, en todo
caso, es que cuando el poeta busca otra voz recurre a la de un poeta maldito,
una máscara angustiosa que arde en el rostro, tal como se percibe en estos
poemas: “Posiblemente este poema sacado del bolsillo de Jean Genet (¿en 1934?)
en un café de Katowice, antes de ir a la cárcel”; “Titulado Poema para no ser leído por los niños,
seguramente escrito en 1871, en Tarbes, por Isidore Lucien Ducasse, Conde de
Lautréamont, designado a sí mismo el hermano de la sanguijuela”.
El
poeta desea ajustar cuentas con quienes gozan la lectura sin presentir los
suplicios de los artistas. En su poema “Música negra” imagina un concierto
donde los instrumentos son armas letales
y sus sonidos se encargan de aniquilar a los asistentes mientras escuchan una
sinfonía: “Con esa música se mata,/ no sabes que asistes a un fusilamiento (…)
Por la puerta de la felicidad has entrado al infierno” (p. 35). Quizás este
último verso contiene la clave temática de la más reciente creación de Nelson
Romero Guzmán, su Música negra,
ese Frankenstein que sueña destruir a escritores y lectores.
Referencias
Cervantes, M. (2012). Don
Quijote de la Mancha. Madrid: Punto de Lectura, Prisa Ediciones.
Baudelaire, C. (1944). Las flores del mal. México: Editorial Leyenda.
Lautreamont, Conde de. (1970). Los cantos de Maldoror. Barcelona. Barral Editores.
Romero Guzmán, N. (2014). Música lenta. Bogotá: Fundación Arte es Colombia.
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Para citación:
Gaitán
Bayona, J.L. (30 de Noviembre de 2014). La escritura como cámara de torturas: Música lenta, de Nelson Romero Guzmán. Facetas, Cultura al día, de El Nuevo Día, el periódico de los
tolimenses, Ibagué, p. 6C.
sábado, noviembre 29, 2014
CENTENARIO DE CHARLOT: CHAPLIN Y LA LITERATURA
Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
Profesor de Literatura de la Universidad
del Tolima, Colombia
En 1929 la Gaceta Literaria de
España publica una serie de poemas de Rafael Alberti que se convertiría en el
libro Yo era un tonto y lo que he visto me haría dos tontos. Allí
el poeta rinde homenaje a cómicos como Buster Keaton, Harold Lloyd, Stand
Laurel, Oliver Hardy y Charlie Chaplin. Sobre este último tiene un
bello poema titulado “Cita triste de Charlot”:
Mi
corbata, mis guantes,
mis guantes, mi corbata.
mis guantes, mi corbata.
La
mariposa ignora la muerte de los sastres,
la derrota del mar por los escaparates.
Mi edad, señores, 900.000 años. ¡Oh!
la derrota del mar por los escaparates.
Mi edad, señores, 900.000 años. ¡Oh!
Era yo
un niño cuando los peces no nadaban,
cuando las ocas no decían misa
ni el caracol embestía al gato.
Juguemos al ratón y al gato, señorita.
cuando las ocas no decían misa
ni el caracol embestía al gato.
Juguemos al ratón y al gato, señorita.
Lo más
triste, caballero, un reloj:
las 11, las 12, la 1, las 2.
las 11, las 12, la 1, las 2.
A las
tres en punto morirá un transeúnte.
Tú, luna, no te asustes;
tú, luna, de los taxis retrasados,
luna de hollín de los bomberos.
Tú, luna, no te asustes;
tú, luna, de los taxis retrasados,
luna de hollín de los bomberos.
La
ciudad está ardiendo por el cielo,
un traje igual al mío se hastía por el campo.
Mi edad, de pronto, 25 años.
un traje igual al mío se hastía por el campo.
Mi edad, de pronto, 25 años.
Es que
nieva, que nieva,
y mi cuerpo se vuelve choza de madera.
Yo te invito al descanso, viento.
Muy tarde es ya para cenar estrellas.
y mi cuerpo se vuelve choza de madera.
Yo te invito al descanso, viento.
Muy tarde es ya para cenar estrellas.
Pero
podemos bailar, árbol perdido,
un vals para los lobos,
para el sueño una gallina sin las uñas del zorro.
un vals para los lobos,
para el sueño una gallina sin las uñas del zorro.
Se me
ha extraviado el bastón.
Es muy triste pensarlo solo por el mundo.
¡Mi bastón!
Es muy triste pensarlo solo por el mundo.
¡Mi bastón!
Mi
sombrero, mis puños,
mis guantes, mis zapatos.
mis guantes, mis zapatos.
El
hueso que más duelo, amor mío, no es el reloj:
las 11, las 12, la 1, las 2.
las 11, las 12, la 1, las 2.
Las 3
en punto.
En la farmacia se evapora un cadáver desnudo (Alberti, 1996, p.p. 46- 47).
En la farmacia se evapora un cadáver desnudo (Alberti, 1996, p.p. 46- 47).
Alberti asume como voz poética la del
Vagabundo o Carlitos. Insinúa su dolor por la existencia de una ciudad
obsesionada por el progreso, olvidada de toda posibilidad de trascendencia,
irrespetuosa ante lo sagrado: “La ciudad está ardiendo por el cielo” (p.
46). Lo bajo al ocupar el lugar de lo alto sugiere los nuevos dioses
adorados: edificios, máquinas, autos. La vida reducida a la condición de
supervivencia, individuos convertidos en ovejas que se desesperan por llegar
rápido al trabajo, como la escena inicial de Tiempos modernos (1936),
el largometraje donde Chaplin dirige sus dardos críticos contra el Fordismo y
el Taylorismo, métodos de organización positivista del trabajo para aumentar la
producción en serie de las mercancías y mejorar la eficacia de la mano de obra,
no tanto las condiciones económicas y emocionales de obreros a quienes exigen
el máximo rendimiento. Al igual que el cielo, la luna es desacralizada, es
apenas la de “los taxis retrasados” (p. 46) y la del “hollín de los bomberos”
(p. 46); ha dejado de ser la luna de los enamorados, los románticos y los
locos. De ahí que a través de la prosopopeya Charlot sienta su temor y la
consuele. La infinita bondad del personaje lo lleva a proteger la naturaleza: a
un árbol vagabundo como él lo incita a jugar; al viento lo invita a descansar
en su choza. Esa choza de madera es una metáfora del ser, la casa
íntima del hombre, a la que el arte procura salvaguardar, como plantea
Heidegger en “Hölderlin y la esencia de la poesía”.
Charlot, en el poema de Alberti, no es
indiferente a la muerte de los hombres sencillos: un sastre, un transeúnte, “un
cadáver desnudo” (p. 47). Es cercano al creador de Canto a
mí mismo en su percepción de que “los infinitos héroes
desconocidos / valen tanto como los héroes más grandes de la
historia” (Whitman, 1994, p. 82). Al igual que el poeta norteamericano, por su
cuerpo pasa el mundo, la convicción de que hay algo de gesta en las acciones
cotidianas de los humildes. El yo panteísta de Whitman decía: “Muero con el
moribundo / y nazco con el niño que recogen los pañales. / Yo no soy sólo esto
que se alarga / entre mi sombrero y mis zapatos. / Mira atentamente la
pluralidad del universo” (p. 76). Por su parte, Charlot va más allá de los
relojes, retrocede 900.00 años y es uno con la naturaleza: “…cuando
los peces no nadaban, / cuando las ocas no decían misa / ni el caracol embestía
al gato. / Juguemos al ratón y al gato, señorita” (Alberti, 1996, p. 47). Desde
la imaginación habita un tiempo ajeno a los cálculos y afanes. Gracias al juego
consuela su soledad, la tristeza de saber lejana una Edad de Oro, donde el
hombre era hombre y no un mero número en los engranajes de la modernidad y sus
falsas promesas. Es ahí, justamente, cuando el Charlot de Luces de la
ciudad (1931) y Tiempos modernos (1936) se asemeja a
don Quijote de la Mancha:He dicho 1605 – 1615, Cervantes, don Quijote, la armadura y el almete. Igual hubiera podido decir 1929 – 1939, Charlie Chaplin, Charlot, la chaqueta negra, el bombín y el bastón. Nunca dos obras han estado tan emparentadas. Las dos grandes etapas de la historia moderna están en ellas captadas del mismo modo. Y admiraríamos menos a Cervantes si no fuésemos hombres de la época de Charlie Chaplin (Vilar, 1964, p. 346).
Don Quijote y Charlot, dos protagonistas
de indumentaria curiosa cuyas acciones cómicas –derivadas de una profunda
humanidad- están cargadas de conciencia social, de insatisfacción por las
sociedades de su tiempo: Una España imperial endeudada cuya riqueza del Nuevo
Mundo llegaba rápido a banqueros extranjeros, la ruina generada por la
expulsión de los moriscos y los gastos desmedidos de los nobles, miseria
en las calles donde pululaban pícaros; Estados Unidos y la Gran Depresión, la
caída en los precios de las cosechas, el desempleo por las nubes, la crisis de
la Bolsa, la especulación de los bancos, entre otros factores cuyas
consecuencias fueron el aumento de hambrientos, suicidas y vagabundos.
Las obras de Miguel de Cervantes y Charlie
Chaplin se sustentan en el principio de la risa carnavalesca y eso permite “una
visión del hombre y de las relaciones humanas totalmente diferente, deliberadamente
no oficial, exterior a la iglesia y al estado” (Bajtín, 2002, p. 24). La risa
que generan es ambivalente: “niega y afirma, amortaja y resucita a la vez” (p.
37). De ahí la tristeza que provocan don Quijote y Charlot: en contravía del
mundo en suerte; pocos valoran su honestidad y esfuerzos por cuidar
mujeres desvalidas y huérfanos; van de un lado a otro y observan que las
personas son apariencias, estadísticas, cuidanderos de que la economía funcione
sin importar si son felices los sujetos. El humor tiene la contracara de la
tragedia. Quizás esa sea la razón por la cual el Nobel José Saramago piensa que
“la propia máscara chaplinesca, toda ella en blanco y negro, piel de yeso,
cejas, bigote, ojos como gotas de alquitrán, es una máscara que no desentonaría
nada al lado de las representaciones plásticas del actor trágico”
(2011, p.p. 66).
Chaplin, “sumo poeta de la miseria humana”
–como lo denominó en 1928 César Vallejo en una reseña de En pos del Oro-
logró con Charlot que la comedia cinematográfica no fuera sólo la risa por la
risa, sino que en ella gravitara una conciencia agónica del mundo. Válido es
recordar la advertencia al inicio de El Chico (1921): “una
película con una sonrisa, y tal vez una lágrima”. En pos del Oro (denominada
también La Quimera de Oro) es otro ejemplo de cómo el cine, sin
caer en panfletos o lamentos, puede leer tiempos y espacios específicos sin
descuidar los valores estéticos. En ese largometraje de 1925 está refigurada la
fiebre del Oro en Alaska, los hombres que son capaces de asesinar por tener el
precioso metal, las travesías y muertes de trabajadores que soportaban el duro
invierno. Al respecto, destaca el poeta peruano, “En pos del oro es
una sublime llamarada de inquietud política, una gran queja económica de la
vida, un alegato contra la injusticia social” (Vallejo, 2012). Sin embargo, en
medio del hambre y la decepción, siempre el juego, la risa e imágenes poéticas
como la escena de la danza de los panes, metáfora del hombre que se hace camino
en su lucha por el sustento.
Charlie Chaplin (1889–1977), el genio más
grande del séptimo arte -actor, guionista, director, productor, editor y
compositor musical- hizo que Charlot quedara en los imaginarios universales
como arquetipo: un vagabundo solidario y enamoradizo que ofrenda su dulzura y
humor a los desamparados que encuentra en su periplo. Este Quijote del siglo XX
se desliza de la pantalla a la literatura. Por eso su presencia en poemas y
ficciones. Basta recordar en la literatura latinoamericana: “Canto al hombre
del pueblo, Charlie Chaplin”, de Carlos Drummond de Andrade; “El hombre y el
ángel Chaplin”, de Vicente Huidobro; “Credo”, de Aquiles Nazoa; “Burla burlando
ya van seis delante” y “Más sobre la seriedad y otros velorios”, de Julio
Cortázar; entre otros. De la relación que Chaplin tenía con la literatura dan
cuenta sus poemas y su novela Footlight (escrita en 1948 y
publicada en 2014), novela en la cual se basó Candilejas (1952),
cinta sonora donde el actor británico interpreta a un viejo cómico llamado
Calvero.
Hace cien años nació Charlot, gracias al
cortometraje Kid Auto Race at Venice (1914, conocida en
castellano como Carreras de autos para niños). En “tiempos
líquidos” (Bauman, 2007, p. 14), donde todo es objeto de consumo y los afectos
“escapan de las manos como agua” (p. 19), un acto de rebeldía sería suspender
la inmediatez y conmocionarse con Chaplin y su cine mundo. Charlot no
necesitaba hablar para expresar ideales, críticas sociales y deseos de que el
hombre no fuera medido sólo por el capital que producen sus manos. El personaje
cinematográfico que mejor ha mostrado la alienación y pérdida de transcendencia
del hombre contemporáneo se expresaba con gestos y sonrisas, nunca con la
palabra y sus excesos. Chaplin sabía que “las sirenas tienen un arma más
terrible que el canto: el silencio” (Kafka, 2000, p. 321).
Referencias
Alberti, R. (1996). Yo era un tonto y lo que he visto me haría dos tontos. Madrid: Ediciones Cátedra.
Bajtín,
M. (2002). La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento.
El contexto de François Rabelais. Madrid: Alianza Editorial.
Bauman,
Z. (2007). Tiempos líquidos. Madrid: Tusquets Editores.
Kafka, F.
(2000). El silencio de las sirenas. Cuentos completos. Madrid:
Editorial Valdemar, p.p. 321-322.
Vilar, P.
(1964). El tiempo del “Quijote”. Crecimiento y desarrollo: economía e
historia. Barcelona: Editorial Ariel.
Saramago, J. (2011). El último cuaderno. Santiago
de Chile: Editorial Alfaguara.
Vallejo, C. (2012). En pos del oro, la
obra de mayor anchura estética de Chaplin (reseña publicada originalmente en
Paris, Enero de 1928). Copy Pasted Ilustrado. Recuperado de:
http://copypasteilustrado.com/2012/03/16/cesar-vallejo-chaplin-charles-pelicula-oro-charlot-literatura-cine/
Whitman, W. (1994). Canto a mí mismo.
Bogotá: El Áncora Editores.
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Para citación:
Gaitán Bayona, J. L. (2014). Centenario de
Charlot: Chaplin y la literatura. Candilejas, revista de cine del
Centro Cultural de la Universidad del Tolima, Semestre B de 2014, Volumen 2,
No. 4, p.p. 2-4.
jueves, noviembre 13, 2014
REBELDÍA Y NOSTALGIA EN ADIÓS A LAS MUCHEDUMBRES, DE JOSÉ ÁNGEL CUEVAS
Hubo un tiempo en que “las
cabezas parece que iban a salir disparadas de los hombros” (Cuevas, 1989, p.
18) y el ser humano se sentía en sintonía con lo ocurrido en el planeta, no
sólo porque el rock y el espíritu rebelde desataron un “movimiento de cuerpos y
almas entablado al ritmo del mundo” (p. 19), sino también porque existía un
sentido de solidaridad, memoria e
indignación frente a los abusos cometidos en diversas latitudes: “Estados
Unidos bombardeaba sin piedad/ Vietnam del Norte. / Rusia invadió
Checoslovaquia” (p. 18). Son los años
sesenta, caracterizados por el protagonismo de los jóvenes, la utopía a flor de
piel, el “make love, not war”, protestas y levantamientos contra la guerra, el
imperialismo y la sociedad de consumo. Esa década es evocada en Adiós a las muchedumbres, libro de
poemas del chileno José Ángel Cuevas, publicado en 1989, en el que se recogen
los poemarios Efectos personales y
dominios públicos (1979), Contravidas
(1983), Introducción a Santiago
(1982) y Canciones rock para chilenos (1987).
De los años sesenta conserva
el poeta la visión crítica de una generación que se rebeló contra “un orden
normalizador y falsificable” (Kristeva, 1999, p. 16). Todo lo anterior se
abordará mediante el análisis de los dos poemarios iniciales de Adiós Muchedumbres, debido a que, del
primero al segundo, opera una diferencia significativa tanto en la mirada a la
ciudad como en el tratamiento estético. En Efectos
personales y dominios públicos la ciudad es una enorme plaza pública para
que los ciudadanos se integren, protesten o celebren sus victorias; igualmente,
abundan imágenes poéticas que sugieren libertad, dinamismo y vuelo. En cambio, en
Contravidas, al tematizarse
sutilmente el quiebre histórico generado en 1973 con la dictadura militar de
Augusto Pinochet, priman imágenes de reposo y resignación; además, la ciudad ya
no es el espacio de la colectividad: se pierde el sentido de integración;
estallan las soledades y el miedo.
Tanto el título del libro como el epígrafe inicial
(“a la inmensa y abrumadora mayoría de la población”) sugieren que para el
poeta es fundamental la pertenencia a una comunidad vital donde el sujeto
individual se convierta en colectivo. Él
vive los triunfos y caídas de su colectividad. Ironiza en sus textos líricos a
quien traza sus pasos desde un proyecto individual y, en aras de su propio
bienestar, se torna pasivo, indiferente y proclive al olvido. Precisamente, la vocación de olvido es atacada
en el prólogo titulado “El costo de la vida”. Tal nombre no opera como categoría comercial, sino como una
profunda categoría ontológica, de quien reconoce que el “ser en el mundo”-usando la expresión de Heidegger- tiene un valor
en términos de afirmación de la vida,
solidaridad, sospecha frente a
las lógicas de la civilización y, ante todo, compromiso con la memoria: “Aquí parado sobre un País que no sabe Adónde Va / y habiendo recorrido
buena parte del Libro de la Vida/ declaro: / Que he hecho público algunos
folletos de versos libres / en un momento que no existía libertad alguna a mi
alrededor” (Cuevas, 1989,
p. 5).
El
prólogo es una declaración de principios: la palabra poética no tranza con la
indiferencia o el temor. Frente a un poder hegemónico interesado en que la
gente no sepa hacia dónde va su país, está el poeta situado ante la historia,
señalando coordenadas de tiempo y espacio en sus poemas, es decir, no entregado
a la evasión, la conformidad o el silencio impune. Es el poeta que, sin
descuidar los valores estéticos, se asume como intelectual y busca el progreso
de la libertad. Por lo mismo, no acepta ser testigo mudo de lo que fue Chile en
los setenta y los ochenta. Recrea sutilmente horrores y resignaciones para problematizar
la memoria colectiva. El poeta-intelectual es impulsado por una “vocación para
el arte de representar” (Said, 1996, p. 31). Esta última condición lleva a que en Contravidas José Ángel Cuevas no se
reduzca a la evocación del fervor dionisiaco de los sesenta, sino que también rememore
la fractura de la historia y el sentido de colectividad en Santiago tras la
toma sangrienta de la Casa de la Moneda el 11 de septiembre de 1973 y la
instauración de una dictadura militar que por dos décadas provocó muertes,
desapariciones, exilios y, peor aún, miedos que derivaron en indiferencia. Por
eso el poeta se asume como “Un tipo
de la época”, título justamente de uno
de los poemas. Ahora bien, el mismo hecho de situarse en el
tiempo lo hace consciente del peligro, pero a la vez orgulloso de saberse “vivo”,
no ajeno a la esperanza y la utopía, tal como se evidencia en el prólogo:
Aquí estoy, Vivo, (perdón) con
las manos en los bolsillos o mano sobre mano bajo los edificios que tiran papel
picado sobre mi sombrero, pero dispuesto a emprender el viaje en el primer tren
que pase al Norte con mi V de la
Victoria , a la otra parte de esta cueca larga mi alma.
Quizás venceremos” (p. 6).
Ese posicionamiento (“Aquí estoy, Vivo”) es, siguiendo a Julia Kristeva
en Sentidos y sinsentidos de la rebeldía (1999), el acto de resistencia de quien, frente al poder normalizador que
torna a los ciudadanos en simples números o individuos, se afirma en la
existencia y aspira a representarla o, mejor aún, recrearla, en ese gran viaje
que es la escritura literaria. Se trata
de “atizar la llama” de la “cultura-rebeldía” (p. 23). Es, evidentemente, la
necesidad de transformación y de victoria que anima el prólogo. No en vano el
final es una consigna (“quizás venceremos”). Además, esa rebeldía lleva al
poeta a integrase a la muchedumbre y quebrar el espacio de la “alta cultura” para
dejar que en sus poemas se exprese lo popular: “Mi arte por llamarlo de algún
modo aspira a relacionarse con la fuerza de las cuecas zapateadas y llenas de
calentura (…) un rock pesado y honesto a la vez” (Cuevas, 1989, p. 6).
Desde el inicio del libro
el poeta se insinúa ante el lector heredero de la rebelión cultural y política
de los años sesenta, los cuales dejaron una huella y un espíritu de insatisfacción
que animan los actos del artista. Frente
al tiempo contestatario de esa generación donde existían “fuertes elementos
utópicos en el campo de las ideologías” (Casullo, 1999, p. 10), el poeta siente
nostalgia, incluso pesar de ver a sus compañeros de juventud convertidos en lo
que de jóvenes reprocharon: individuos dóciles y absorbidos por el trabajo,
buenos maridos que cumplen en el hogar y no les importa lo que pasa fuera de
sus casas. A pesar de la tristeza por lo perdido (los amigos desaparecidos, los
años de libre contacto sexual, la irreverencia y trasgresión en las costumbres)
subsiste en el poeta el espíritu inconforme de dicha generación, llevándolo a
que en su obra la rebeldía anteponga la “dignidad de una belleza” (Kristeva,
1999, p. 21) frente al miedo impuesto por Pinochet: “helicópteros militares que
pasan sobre mi cabeza” (Cuevas, 1989, p. 6).
Cuando en Efectos personales y dominios públicos se
vuelca la mirada a lo que representó los años sesenta es clave notar cómo, para
celebrarse la cultura rebelde de esa década, priman imágenes referidas al vuelo: “Volábamos / radioportátil en bluejeans casaquilla de cuero” (p. 9); “esa gloriosa onda de amor /que te agita como
ángel furioso y fascinado” (p. 13); “volábamos sobre una mezcla de dixieblue /
que los negros cantaban con corazón” (p. 13); “los instrumentos / llenaban el
cielo de rugidos y de lágrimas” (p. 14). Nada más adecuado a la intención de abordar
las implicaciones de un decenio con ansias de libertad que a través de imágenes
aéreas, pues estas insinúan dinamismo,
proyección, utopía, ruptura con todo lo que implica conformidad y materialismo. Si la revolución de los sesenta
era un grito de inconformidad contra la sociedad capitalista por convertir al
ser humano en mercancía, nada más conveniente que la voz del poeta en su “voluntad
de volverse aéreo, de romper con una materia rica o de imponer a las riquezas
materiales sublimaciones, liberaciones, movilidades” (Bachelard, 2006, p. 309).
El poeta otorga la posibilidad del vuelo, una “invitación al viaje” (p. 12).
Esta misma es la que se ofrece desde el prólogo antes citado: un viaje que es visita
a la efervescencia de los años sesenta, un recorrido por los setenta y ochenta
para dar cuenta de la mansedumbre de tantos chilenos que, habiendo sido
multitud (colectivo que se unía para movilizarse, disfrutar y sufrir juntos),
se dejaron convertir en suma de soledades (cuatro millones y medio de santiagueños
que poco hablan entre sí por temor a la delación). Esto último es lo que figura
en el segundo poemario de Adiós
Muchedumbres, donde las imágenes remiten a la indiferencia o contemplación
pasiva de quienes -parados en una esquina o asomados desde la ventana- ven
cruzar el mundo.
En Efectos personales y dominios públicos
la voz poética (dirigida a un “tu”, “hermano jack” o lector) maneja un tono de complicidad
y compañerismo; se integra a la multitud
para gozar la ciudad como espacio abierto y dar cuenta de cómo se quiebra el
orden social durante los sesenta. Los personajes del poemario atacan los
establecimientos donde se regula la existencia y se entregan a vivir su
sexualidad sin restricciones. Téngase en cuenta al respecto que el líder de los
chicos rebeldes que figura en varios poemas fue expulsado “por robar del Liceo
el libro de clases” (p. 12) y que el “yo” enunciador del poema disfruta el placer
de los sentidos en un encuentro casual
con una colegiala de quien ni siquiera sabe su nombre: “El corazón se agiganta y late / inolvidable circo mágico de ciegos / porque
tengo tu pequeño pudoroso sexo entre mis dedos / y te agitas y derrites tu boca
desconocida” (p. 13).
El anhelo de felicidad
conlleva a que el ser humano replantee
su relación con el cuerpo, con los demás
y la historia. Se disfruta la vida sin reducirse al “goce idiota” (Zizek, 2000, p. 213)
del consumismo donde la “persona es
patrimonial”. Este anhelo motivó en la década del sesenta “la rebeldía cultural
en el campo de las costumbres, de las normas y de los modelos de vida”
(Casullo, 1999, p. 172). De ahí que el rock y sus cantantes emblemáticos sean
convocados y celebrados en los intersticios textuales porque con ellos se identificaban
los jóvenes que se oponían a la autoridad de sus mayores: “Viejos: / Yo he
formado parte de esos desaliñados y locos del rock / Y bailé / Bailé con el
pelo absolutamente libre / por el puro gusto de echar a andar / la máquina” (Cuevas,
1989, p. 16-17). Quienes fundieron su
grito rockero con el de miles de chilenos victoriosos en las calles cuando su
selección ocupó un tercer puesto en el mundial de futbol de 1962 -“¡VIVA CHILE,
PATRIA DE FUTBOLISTAS, MIERDA!” (p. 10)- se enorgullecen de ser tachados como “ovejas
descarriadas” (p. 9), pues transgredían la moral a través de una sexualidad desaforada,
robando “manzanas del huerto de primavera” (p. 10) y fumando yerba envuelta en
cuadernos de estudio: “recibimos una fuerte paliza / por perversos malos hijos
y / andar fumando / medio a medio de los hechos con el / bolsón y los cuadernos
destrozados” (p. 11).
La lírica de José Ángel Cuevas cambia el tono al
momento de reconstruir cómo muchos de los que soñaron una vida libre de
ataduras están alienados por el trabajo, los asuntos domésticos y las verdades
oficiales que repiten los medios de comunicación. El presente del poeta al momento de la
escritura es una herida provocada por la añoranza de una felicidad que difícilmente
habrá de repetirse, donde la ciudad ya no ofrece un espacio para la comunión del hombre con la muchedumbre:
“Los Beatles nunca más llegaron a juntarse (…) Mis amigos no están; murieron,
se extraviaron, engordaron/ y uno que otro que anda por ahí, / está muy
ocupado” (p. 20). El poeta, incluso, le cede la voz a uno de estos seres abismalmente
cotidianos para que indique su devenir, tal como se percibe en el siguiente
fragmento del poema “El día cae por su propio peso”:
…Harina compré, fideos, sal
y una lechuga ya reseca,
Algún avión viejo circulaba entre las nubes
ecos de martillos por el cielo Sur,
(empiezan a levantarse las primeras fondas
de las Fiestas Patrias).
Mañana llega Julio Iglesias.
Mientras mis hijos vuelven de la escuela.
El día rueda silencioso
llevándonos a todos por la vida, cae
por su
propio peso (p. 21).
Desde
el título del poema se prefigura la rutina insípida, casi insustancial. El hombre
absorbido por la simple supervivencia. Lo que sabe del exterior es lo inmediato
e indoloro. A diferencia de otros personajes celebrados por el poeta que en el
furor de los sesenta estaban en sintonía con el mundo y les dolía los atentados
contra la libertad en Vietnam o en Checoslovaquia, este individuo apenas se
percata de una noticia de farándula: la llegada de Julio Iglesias. Esa
cotidianidad está astutamente ubicada en el
plano del lenguaje, en tanto el poeta otorga la voz a uno de los mismos
“afectados” para que desde su expresión
–poco sorpresiva, nunca rebelde en la construcción de imágenes, limitada
a las descripciones- de cuenta de la linealidad de sus actos. Es el lenguaje
ajustado a la atmósfera del poema y a la situación existencial del individuo
hablante. Éste se deja llevar por el día con mansedumbre pareciendo no notar
que, como declaró en varias ocasiones John Lennon, “la vida es aquello que pasa mientras estás ocupado en otros planes”.
El tipo de personaje que
figura en “El día cae por su propio
peso” figura una y otra vez en Contravidas.
Título sugestivo que posibilita esta pregunta: ¿Personas y hechos que atacan la
vida o individuos en contravía de la vida? Las dos opciones resultan válidas en
el poemario. Con relación a la primera condición de la pregunta resultan
sugerentes estos versos del poema “Un tipo de la época”, pues insinúan que la
vida colectiva en Chile fue quebrantada por el golpe de estado de 1973:
Setentaiuno chispazos de alegría colectiva.
Setentaidós, un fantasma recorre el territorio,
gente se congrega en plazas públicas.
Setentaitrés la ciudad estalla, no me pertenezco a mí
mismo.
Se hace un pesado silencio.
Cuatro, cinco, seis, estoy absolutamente solo
y miro las nubes
siete, ocho, nueve, borro de mi todo sueño etc., etc.
Ochenta y más, converso con los árboles.
Debo consignar alejamiento de Vásquez, Espíndola,
González,
Pérez y darlos por muertos para mí definitivamente (p. 31).
La
dictadura militar de los años setenta y ochenta implicó un atentando al cauce
de la vida: muchos desaparecidos y otros hundidos en el silencio y el anonimato.
Santiago de Chile dejó de ser el lugar donde
las personas se unían en muchedumbre a celebrar
(fiestas, cantos o goles) y protestar (la huelga que estalló en 1972)
para convertirse en ciudad de forzados solitarios, de quienes apenas, como
señala un verso, podrán hablar con los árboles, ya que el miedo impuesto por
los militares en el poder impidió la libre comunicación con los otros: “Soy un
ánima /no me atrevo a alzar la voz si alguien fuma en el bus. / Tampoco hablo
con desconocidos” (p. 32). Al respecto,
es clave el pensamiento de Soledad Bianchi cuando afirma que “la poesía de José
Ángel Cuevas gira en torno a un núcleo básico que es su real obsesión: la
pérdida de la comunidad” (2003, p. 169). En la misma línea, Óscar Galindo destaca
que en Adiós a las muchedumbres existe
una “nostalgia de un pasado escindido” (2004, p. 233), vehiculada desde “un
discurso que se posiciona desde la marginalidad, desde la lejanía de los
poderes para establecerse como contra-discurso” (p. 242).
La mutación de ciudad de
muchedumbres a ciudad de ánimas incomunicadas duele al poeta: saber que con quienes
se había compartido una década ahora están exiliados, muertos o callados en sus
casas y trabajos, contradiciendo con sus actos lo que juraron no ser cuando
jóvenes. No en vano, como si se tratara
de la “Balada de los ahorcados” de Francois Villon, el “Poema 3” es la voz de alguien colgado:
“Algunos han caído. / Otros partieron por Europa / Se jugaron el todo por el
todo. / Pero yo aquí colgado /abrazado a esta rama veleidosa / que día a día /
está a punto de quebrarse” (Cuevas, 1989, p. 23). Este hecho fundamental -la
idea de que mientras unos actuaron, otros se quedaron horrorosamente quietos-, permite
abordar el segundo factor que podría dar respuesta al título del poemario: la
existencia de individuos en contravía de la vida. Esto último es finamente
cuestionado pues la voz poética se encarna en algunos de ellos para evidenciar
el estado de pasmosa inmovilidad de quienes se conforman con su rol de
asalariado, padre o esposo, aquel que se queda “parado en una esquina/esperando
que suceda algo” (p. 25).
En definitiva, el poeta
que añora la rebeldía de los años sesenta, la vida en comunidad y la ciudad
como espacio de comunicación, interacción y hermandad, deja que la nostalgia opere
en sus construcciones poéticas mediante formas estéticas que transitan de lo
metafórico a lo conversacional. Así, en Efectos
personales y dominios públicos se da la
evocación del espíritu del rock, del tercer puesto de Chile en el Mundial de
Fútbol de 1962, de los jóvenes en sintonía con lo que ocurría en su medio, pero
también en el mundo. Aunado todo esto al erotismo y la sexualidad transgresora
mediante un tono de camaradería (el “yo” enunciador habla a otro al que
considera hermano) e imágenes poéticas que sugieren la idea del vuelo; por lo
mismo aspiración de grandeza, utopía, voluntad de transcendencia y libertad. Ahora
bien, el viaje emprendido por el poeta cambia su mirada y tratamiento estético
en Contravidas cuando se refiere los
años posteriores a 1973, en tanto el
lenguaje poético es ajustado a una expresión más descriptiva en la cual no
existe la voz amigable que habla a un “tu” con familiaridad. Igualmente, desaparecen
las metáforas del vuelo para dar paso a imágenes que remiten a estados de
resignación de seres que en Santiago se sienten extraños, solitarios y
silenciados por el miedo. No obstante, tal como sugiere el poeta en su prólogo,
de aquellos años rebeldes (los míticos sesenta) hubo de conservar el espíritu
crítico, un enorme sentido de humanidad y la voz de protesta contra el orden
establecido. El prólogo (“El Costo de vida”), al igual que los dos poemarios
formulados en términos de rebeldía (poemas que se dejan circular en oposición a
la dictadura de Pinochet), son una
afirmación de que en la creación de la belleza el poeta puede tener la
condición de intelectual para abordar
críticamente su sociedad y su tiempo.
Referencias
Bachelard, G. (2006) El aire y los sueños. México: Fondo de
Cultura Económica.
Bataille, G. (2001). La felicidad, el erotismo y la literatura,
ensayos 1944-1961. Buenos
Aires:
Adriana Hidalgo Editora.
Bianchi, S. (2003). “Una meditación nacional sobre una silla de
paja”: desde Chile, José Ángel Cuevas:
una poesía en la época de la expansión global. Revista de Crítica literaria latinoamericana, año XXIX, No. 58,
Lima-Hanover, 2do semestre, p.p. 159-163.
Casullo, N. (1999). Rebelión cultural y política de los ’60. Itinerarios de la modernidad. Buenos Aires:
Editorial Universidad de Buenos Aires.
Cuevas, J. (1989). Adiós
muchedumbres. Santiago de Chile:
Editorial América del Sur.
Galindo, Ó. (2004). Utopía y distopía en el contexto
político de la poesía chilena de fines del siglo XX. Raul Zurita y José Ángel Cuevas. Memoria,
duelo y narración. Chile después de Pinochet: literatura, cine, sociedad.
Edición a cargo de Roland Spiller, Titus heydenreich, Walter Hoefler y Sergio
Vergara Alarcón. Frankfurt: Vervuert, p.p. 231-248.
Heidegger, M. (2005). Arte y poesía. México: Fondo de Cultura
Económica.
Kristeva, J. (1999). Sentido y sinsentido de la rebeldía.
Literatura y psicoanálisis. Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, p. p.
159-173.
Said, E (1996). Representaciones del intelectual. México: Editorial Paidós.
Zizek, S. (2000). Mirando al sesgo, una
introducción a Jacques Lacan a
través de la Cultura Popular. Buenos Aires:
Editorial Paidós.
Para
efectos de citación:
Gaitán Bayona, J. L. (2014).
Rebeldía y nostalgia en Adiós a las
muchedumbres, de José Ángel Cuevas. Revista
Ergoletrías. Volumen. 2, Universidad del Tolima, Semestre B de 2014, p.p.
13-18.
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