sábado, octubre 07, 2006


“SEIS HOMBRES, UNA MUJER”:
LAS EXTRAÑAS FORMAS DEL FRACASO


Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
en Literatura del Tolima de la UT, jlgaitan@ut.edu.co)
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Milan Kundera señala que “la novela es el espíritu de la complejidad”. A ella, como gran forma de la prosa, le corresponde visitar los intrincados laberintos de la condición humana desde diversas estrategias y recursos literarios. Esa conmoción estética y humanística que invita a repensar el ser desde el reconocimiento de la ambigüedad, la aporía o el absurdo, se hace presente en la lectura de “Seis hombres, una mujer”, una obra en la que se indaga el fracaso del intelectual cuando la lógica del trabajo y del éxito social lo alejan de las personas y mundos alternos que el arte había labrado en la juventud. Esta novela de 170 páginas, en la que el lector ingresa a la conciencia del protagonista y donde la misma literatura se incorpora con sus voces y legados, fue publicada en 1992 por la Editorial Grijalbo. Fue escrita por Jorge Eliécer Pardo, nacido en El Líbano (Tolima) en 1950 y autor de varios libros de cuentos y de las novelas “El jardín de las Hartmann” e “Irene”.

“Seis hombres, una mujer” presenta -desde una narración no lineal en la que se juega con el tiempo- el hastío de Jerónimo Santos, quien casado con la heredera de un prestigioso político, con hijos y un trabajo ejemplar, asistirá día tras día a una cotidianidad en la que los clubes, las prostitutas finas, los compromisos electorales y las reuniones con ejecutivos ahondarán en él la urgencia del amor y de encontrar la mujer con la que compartió los juegos del erotismo, las utopías de la vida universitaria y la extraña redención del arte. En ella (Ruth Mazabel) parecieran habitar las bellas mujeres que soñó la literatura: la maga de Cortázar, la Carlota de Goethe y aquellas que la poesía celebró por ofrecer al hombre otra felicidad ajena a la lógica del capital. Deambulando entre las calles llega a un bar donde los hombres gastados por la rutina comparten sus fantasmas e historias. Allí, los cinco amigos de licor empezarán a sentir que hallar a Ruth Mazabel puede ser también el bote salvavidas de sus insípidas vidas. Algunos creen encontrarla -bajo distintos nombres y oficios- en mujeres que pueden brindarle algo de caos y emoción a sus días, uno habrá de reconocerla en su propia esposa y otro acepta la versión que le da un informante de que ha muerto. La desilusión arrastra al protagonista a alejarse del trabajo para buscarla en los cementerios. Habrá luego de escrutar entre los 200 libros de la biblioteca alguna frase subrayada por ella o una pista para ubicarla. Amotinado en su biblioteca, despreocupado por las cosas prácticas de su familia y su misma salud, leerá cada libro. En un final donde lo extraño, lo ambiguo y lo onírico convergen, el lector es convocado a imaginar si fue acaso la locura, el delirio de la esperanza, un sueño que intenta redimir la realidad, una dádiva de la muerte o acaso todos estos elementos juntos, los que posibilitarán que él protagonista vea venir a él no sólo sus padres, el hermano que se había unido a la guerrilla con la chaqueta de cuero negro baleada y sus compañeros de taberna, sino también Ruth para llevarlo de la mano “otra vez, al infinito abismo de lo imprevisible” (p.170).

La novela es contada por un narrador extradiegético que focaliza los pensamientos y sensaciones del protagonista y otras presencias que cruzan la ficción, desde un lenguaje sugerente, poblado de imágenes y recursos líricos. De ahí que el lector sienta cercanos a los personajes en tanto la palabra poética funda el ser en sus carencias, angustias y esperanzas. Incluso la poesía de autores como Neruda o Borges y las alusiones intertextuales que allí aparecen se armonizan en el todo narrativo para reflejar, como en una danza de espejos, los estados anímicos de esos hombres y mujeres instaurados en la novela.

Alguna vez expresó Cioran que “fracasar en la vida es acceder a la poesía”, refiriéndose a ese paraíso de la palabra al que acceden quienes renuncian al éxito de la vida calculada. Esta es la vía que toma el protagonista cuando al entrar a la universidad desdeña la estabilidad económica que representa el mundo del padre. En su nuevo espacio vital, en el que sobrevive haciendo cartas amorosas y resolviendo ejercicios de matemáticas, abraza las incertidumbres del arte. De la mano de Ruth -con quien el amor está repleto de lecturas y sorpresas- Jerónimo justifica su tiempo y su devenir ontológico. Sin embargo, la misma universidad al arrojarlo de nuevo al orden, la razón y la sociedad capitalista cuando le entrega su título de ingeniero, lo retorna al designio político trazado por el progenitor. El intelectual, convertido ahora en doctor –lo que motivará la huida de su compañera de “ocio creativo”- a medida que se entroniza socialmente gracias a un matrimonio por conveniencia y a su relación con la alta esfera política, se sabe degradado por una rutina y una creciente urgencia amorosa que lo incitarán a escudriñar un pasado del que apenas le quedan ecos y nostalgias: Ruth y el convencimiento de que perpetuarse en el tiempo no es dejar los hijos que culparán a un padre descuidado que se obnubila en su frustración, sino comprometerse con la libertad y la belleza a través de la creación literaria.

Esta novela, en definitiva, no sólo revela una cuidadosa escritura, una destreza narrativa de quien sabe manipular el tiempo y los recursos de la intertextualidad y la poesía. Además del placer de contar y de construir un mundo de ficción creíble, se evidencia una visión moderna del arte, en la medida en que, sin descuidar los valores estéticos, se ahonda en los conflictos fundamentales de la existencia (en este caso el deterioro y el hastío del hombre culto que sacrifica el arte y el amor por las promesas del dinero y el poder). La complejidad psicológica de los personajes, la belleza del lenguaje, la tensión y pulsión estética que nutren esta obra, invitan a la relectura y a considerar que la literatura, más allá de los sacrificios, heridas y renuncias que exige el ritual de la palabra, es, ante todo, tal como lo expresara el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón “la única prueba concreta de la existencia del hombre”.