martes, octubre 05, 2010

EL ARTE DE LA RESURRECIÓN DE HERNÁN RIVERA LETELIER


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona

(Integrante del Grupo de Investigación de literatura del Tolima de la UT,

jlgaitan@ut.edu.co)


El antipoeta Nicanor Parra se nutrió de un personaje típicamente chileno como el Cristo de Elqui –quien se consideraba un enviado de Dios y llevó su palabra por múltiples espacios del país austral- para componer dos de sus más recordadas obras: Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1976) y Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1979). Justamente unos versos del primer libro son el epígrafe de la novela El arte de la resurrección del chileno Hernán Rivera Letelier: “N.S.J. no necesita presentación/ es conocido en el mundo entero/ basta recordar su gloriosa muerte en la cruz/ seguida de una resurrección no menos espectacular/ un aplauso para N.S.J”.

El epígrafe es un índice de la ruta seguida por el Cristo de Elqui: de la historia marginal a la tradición popular, luego a la antipoesía para desembocar en la narrativa de Letelier. Por el otro lado, el epígrafe opera como un homenaje a Nicanor Parra al retomar no sólo varias de las características que desde el verso se le dieron al personaje, sino también las posibilidades literarias del humor, el tono coloquial, la ironía y los juegos carnavalescos que socaban el orden del trabajo, la fe y la moral católica para generar instancias críticas frente a las contradicciones del progreso en contextos específicos (justamente las zonas mineras).

Con El arte de la resurrección Hernán Rivera Letelier obtuvo el XIII Premio Alfaguara de Novela 2010 entre quinientas treinta y nueve obras participantes. El jurado que deliberó entre las seis novelas seleccionadas estuvo conformado por Manuel Vicent, Juan González, Gerardo Herrero, Soledad Puértolas, Juan Miguel Salvador y Juan Gabriel Vásquez. Se trata de un premio que, en este caso, supo valorar la forma como una obra, en pleno siglo XXI, en medio de la internet, el facebook y las seducciones de las ficciones citadinas, policiacas y metaficcionales, prefirió contar una historia local, ubicada en el desierto, nutrida de tradiciones y leyendas rurales (sometidas a torsiones y poetizaciones, en todo caso).

¿Cómo se logra la instalación de lo local en lo universal? El escritor, haciendo uso de diversas estrategias narrativas y sin caer en costumbrismos, logra construir un mundo creíble con unas coordenadas de tiempo y espacio precisas: las zonas mineras al norte de Chile a mediados del siglo XX. Además, tanto el lector que comparte la nacionalidad del autor como el extranjero se conectan con una historia que, gracias a la fuerza de los personajes y a la visibilidad de las situaciones, da cuenta de situaciones que podrían ocurrir en diversas partes del mundo: las difícil supervivencia de los mineros; la explotación de recursos nacionales para beneficio de foráneos; la existencia de justicias privadas que, desde las armas y el dinero, violan los derechos estatales; la religiosidad de los marginales cuando el desencanto, la miseria y las promesas incumplidas de los gobernantes los llevan a ser devotos de los más extraños seres, como si sólo quedara buscar en la locura una suerte de redención. Quizás por eso el magnetismo de la figura del Cristo de Elqui:

“Su palabra era exaltada por el silencio astral de estas comarcas de castigo, y su evangelio, enaltecido por la desesperanza de sus habitantes, desesperanza de haber visto tantos redentores falsos recorriendo la pampa desde siempre –sobre todo en épocas de elecciones- cacareando la igualdad y la equidad para el obrero y su familia, ofreciendo hacer caer el maná desde la limpidez azul de este cielo inmisericorde y prometiendo el paraíso en la Tierra, como de una simple hectárea de campo se tratara” (Rivera Letelier, Hernán. El arte de la resurrección. Bogotá: Alfaguara, 2010, p. 52).

Quien narra en la novela opera como testigo de la colectividad. Hace parte de las entrañas de la mina y por eso su relato tiene un alto componente crítico y social, a la vez que intenta comprender el sentido no sólo de las acciones del Cristo de Elqui, sino también la de sus detractores y devotos. Se da el lujo de dudar, de darle espacio en la ficción a las múltiples versiones sobre el pasado, presente y futuro del Cristo de Elqui, quien, tras 22 años de evangelización, retorna a su normalidad y a su nombre (Domingo Zárate vega), similar a don Quijote renunciando a los caminos y sus aventuras para volverse de nuevo Alonso Quijano, cercado por la cotidianidad y la muerte.

Los seguidores del personaje ficcional son aquellos que han perdido toda esperanza y la aridez de su medio los lleva a aferrarse a las pocas cosas distintas y placenteras que les queda como refugio: el frenesí de las borracheras; escuchar, deslumbrarse y –¿por qué no?- ofender a sus charlatanes autofungidos en mesías; el desahogo con la única prostituta de la mina, llamada curiosamente Magalena (sin la “d” por una venganza de quien oficiaba de registrador), una figura carnavalesca también, puta y santa al mismo tiempo, devota de la virgen, cuya penitencia es seguir hasta su muerte al cura que la violara desde niña. Magalena y el Cristo de Elqui son dos personajes difíciles de olvidar por parte del lector, en tanto en ambos se armonizan cómicamente lo sacro y lo profano.

El narrador testigo erige un Cristo paródico. Para ello se instala y actualiza al personaje bíblico: retiros en la montaña -el Valle de Elqui, en el caso del chileno-; intentos de resurrección; entradas triunfales a pueblos; sermones, prédicas y sanaciones. Pero a la vez, precisamente para posibilitar la parodia, se subvierte al mesías del Catolicismo, en tanto el Cristo de Elqui, quien predica en contra de la lujuria y la pereza, gusta de fornicar con sus féminas fieles, práctica la masturbación, las siestas largas, es sucio y gusta escarbarse la nariz en público, es mercachifle con folletos que ha escrito dando consejos morales con tremendas faltas de ortografía, en fin, “un Cristo chileno” (p. 45).