domingo, octubre 13, 2013

LA ESTÉTICA DEL HAMBRE EN MO YAN, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2012


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de Literatura de la Universidad del Tolima,
Integrante de la Tertulia Tinta de Búho,
jlgaitan@ut.edu.co).





Preámbulo



En el discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 2012 Mo Yan resaltó: “la literatura puede nacer de la realidad e incluso superarla, puede preocuparse de la política pero debe estar por encima de ella” (p. 9). Esta consideración es pertinente a la hora de pensar que la narrativa del galardonado escritor ha sorteado los ataques de defensores y disidentes  de la República Popular China. Tal como refiere en el prefacio de Shifui, harías cualquier cosa por divertirte, su primer relato no fue publicado por no ser “suficientemente revolucionario” (2012, p. 18) durante la Revolución Cultural de Mao, en la cual “los temas prohibidos iban desde las historias de amor a los errores del Partido” (p. 18).  Tampoco los opositores del gobierno se sienten cómodos con Mo Yan y así lo han expresado artistas e intelectuales como Ai Weiwei y Liao Yiwu.


A pesar de haber hecho parte del ejército comunista, en su narrativa lanza  duros cuestionamientos a las censuras y crímenes cometidos por la izquierda contra opositores a los que llamaban “derechistas” a fines de la década del cincuenta, situación recreada en la novela Rana o en el cuento “La cura” (perteneciente a Shifui, harías cualquier cosa por divertirte). Además, sus personajes no se reducen a la ejemplificación del bien o del mal; existe en Mo Yan una comprensión de las ambigüedades del ser humano, pues, como dice en Cambios, “los grandes canallas tienen algo de héroes y los grandes héroes tienen algo de canallas” (2012, p. 17).


La polémica impulsada por extremistas de un lado o del otro que consideran que la belleza tiene que verse eclipsada por el fervor de una causa política ha desconocido la calidad de una obra donde un alto poder de rememoración logra explorar, con una poética sencillez, las fibras interiores de personajes cuyas historias personales tienen que ver con la historia de China. Mo Yan contextualiza buena parte de sus narraciones en Gaomi (donde nació) y explora los periplos de campesinos y seres de oficios sencillos que buscan formas certeras de derrotar el hambre, bien sea desde el plano de las armas o desde las letras, como se descubre en la novela Rana. Justamente el hambre es un tema fundamental tanto en las creaciones estéticas como en las reflexiones de Mo Yan. Previo al acercamiento  a una estética del hambre en Mo Yan, se ofrece al lector una breve mirada a la biografía y bibliografía del autor.


“No hables”, el autor.


Mo Yan (que en mandarín traduce “No hables”) corresponde a un seudónimo del escritor chino Guan Moye, quien nació en Gaomi, en la provincia de Shandong en 1955. Su familia, de precarios recursos, se dedicaba a las labores del campo. Tal como refiere en Cambios (una suerte de libro de memorias), se incorporó al Ejército Popular de Liberación en 1976. A nivel de formación estética fue vital su ingreso en 1984 al departamento de literatura de Instituto de Arte del Ejército Popular de Liberación y el inicio en 1988 de los cursos de posgrado en  la Universidad de Pekín y el Instituto de Estudios Literarios Lu Xun. Su primera novela fue Lluvia en una noche de primavera (1981) y de todas las demás publicadas se encuentran en castellano: El rábano transparente (1986), Sorgo rojo (1987), Las baladas del ajo (1988), La república del vino (1992), Grandes pechos, amplias caderas (1996), La vida y la muerte me están desgastando (2006), y Rana (2009). Una selección de sus cuentos circuló con el título Shifui, harías cualquier cosa por divertirte (1999).  Justamente el cuento que da título al libro antes mencionado fue llevado al cine en el 2000 con el nombre Días felices, bajo la dirección del reconocido cineasta chino  Zhang Yimou, quien en 1987 filmó la novela Sorgo Rojo (la película homónima ganó el Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín). Mo Yan es el segundo autor chino merecedor de Premio Nobel de Literatura, previamente lo había obtenido en el 2000 Gao Xingjian, dramaturgo y novelista exiliado en Paris desde 1987.


El hambre como musa: miradas diversas


Artistas de diferentes épocas han expresado que las guerras y las hambrunas han inspirado grandes creaciones estéticas. Ante los asedios de la muerte y la angustia por la ausencia de alimentos quedan los caminos de la catarsis y de la sublimación. Las precariedades del cuerpo se compensan con los frutos del arte. Este último puede servir tanto para la evasión como también para confrontar las miserias de un pueblo. Cervantes dice que “el año que es abundante en poesía, suele serlo de hambre” (2008, p. 147). Hippolyte Adolphe Taine declaró que “el hambre suele producir poemas inmortales. La abundancia únicamente indigestiones y torpezas” (1954, p. 67).  Novelas inmortales estructuran sus tramas a partir de un asunto de hambre que termina comprometiendo presente y futuro: Jean Valjean robando un pan para alimentar a su familia en Los miserables, de Víctor Hugo.


El hambre como inspiradora de belleza ha sido también objeto de reflexión por parte de Mo Yan, no en vano el prefacio de Shifui, harías cualquier cosa por divertirte se titula “Hambre y soledad: mis musas”. Allí recuerda uno de los días de primavera en 1961 cuando en compañía de varios niños de colegio no quedó más remedio que devorar trocitos de carbón. Años después, cuando conoció en el campo a un estudiante al que expulsaron de la universidad bajo sospecha de “derechista”, le escuchó  que una alternativa para comer dignamente era ser escritor:


El estudiante derechista dijo que conocía a alguien que había escrito un libro cuyos derechos de autor habían generado miles, e incluso decenas de miles de yuanes. El tipo comía cada día jiaozi, esas deliciosas bolas de masa cocida, rellenas con carne de cerdo, en el desayuno, la comida y la cena, con el aceite chorreando con cada mordisco. Cuando le dijimos que no nos creíamos que nadie fuera tan rico como  para comer jiaozi tres veces al día, el ex estudiante nos contestó con desdén:

-¡Es escritor, por el amor de Dios! ¿No lo entendéis? ¡Escritor!

Eso era todo lo que necesitaba saber: conviértete en escritor y podrás comer jiaozi tres veces al día. Es lo mejor que puede haber en la vida. Porque, ni los dioses podrían hacerlo mejor. Fue entonces cuando decidí que algún día me convertiría en escritor (2012, p. 16).


Mo Yan resalta que mientras muchos comenzaron a escribir relatos porque querían ser “arquitectos del alma” (p. 17), su “motivación era mucho más primitiva: ardía en deseos de comer bien” (p. 17). Otra cosa fue que con el tiempo fue madurando la idea de que más allá del talento para contar historias que redundaran en el bolsillo y el bienestar propio, la literatura también  podía explorar las necesidades ajenas. Tenía claro que se acentúa el  “sufrimiento del alma” cuando existe la “agonía física que conlleva el hambre”. Un estómago vacío despierta con mayor fuerza tristezas y agudos cuestionamientos a la existencia. Vale recordar el soneto “Diálogo entre Babieca y Rocinante” en Don Quijote de la Mancha; allí el caballo del Mío Cid dice: “metafísico estáis” (2008, p. 25), a lo cual responde Rocinante: “Es que no como” (p. 25). Esta alusión al Quijote en relación al pensamiento de Mo Yan no resulta gratuita puesto que la obra de Cervantes es aludida en las narraciones del Premio Nobel de Literatura 2012.  Relevante es, en este sentido, el personaje trágico de Chen Bi en la novela Rana, quien en el Restaurante Don Quijote mendiga a los clientes hablando y vistiendo como el Hidalgo de la Mancha. Esa necesidad de auscultar  el alma  cuando está comprometida la supervivencia fue la que llevó a Mo Yan a consolidar relatos nutriéndose de las propias vivencias e historias aprendidas cuando vivió en el campo. Al respecto, señala en el prefacio de Shifui, harías cualquier cosa por divertirte: “aparentemente puede parecer que cada novela no tiene absolutamente nada que ver con las otras, pero en esencia todas ellas se asemejan bastante: expresan el anhelo de una vida digna de un niño solitario con miedo a pasar hambre” (2012, p. 19).


Hambre, memoria  y escritura


Los tres elementos mencionados anteriormente son ejes de la novela Rana. En ella hay un curioso juego metaficcional donde se entremezclan novela, género epistolar y teatro. El narrador-personaje Wan Zu, cuyo nombre artístico es Renacuajo, escribe 5 cartas (ubicadas al inicio de cada parte de la novela) dirigidas al autor japonés Sugitani Gijin. En dichas cartas le cuenta de su labor como dramaturgo y de su interés de redactar una obra de teatro donde su protagonista es una tía ginecóloga. Con  las primeras cuatro cartas viene, junto a las reflexiones sobre su quehacer literario, la historia de la tía que piensa llevar a las tablas (generando entre la primera y la cuarta parte una novela). Tras la quinta carta viene ya no la narración sobre la tía, sino la obra de teatro titulada Rana, donde ella es también protagonista. 


En las cartas de Rana se rememoran los años de infancia y adultez  del anciano narrador, como también de sus familiares. Su protagonista es la tía Wan Xin (nacida el 13 de junio de 1937). La tía, como ginecóloga, había traído al mundo a más de 8000 niños y practicado 2800 abortos. Como funcionaria del Partido Comunista atendía en su población las radicales medidas de natalidad proclamadas por el gobierno en torno al hijo único. La férrea disciplina de la tía y sus peligrosas persecuciones a parejas que querían ocultar un segundo embarazo ocupan buena parte de la novela. En su vejez, la anciana tía se casa con un maestro orfebre para ayudarle a crear 2800 muñecos de barro (perfectos, casi humanos, como si dentro del barro existiera alma) y así tratar de apaciguar  las culpas por cada niño que hiciera abortar sus manos.


En Rana,  lo histórico se cruza con lo fantástico para posibilitar páginas conmovedoras donde sale a relucir la idea de que la belleza aplaca los horrores de la muerte. Además, la novela recrea con nitidez la dura vida de los campesinos en Gaomi y las tensiones entre las políticas de Estado, la medicina y los imaginarios populares. Esto le da un matiz especial a la obra en tanto se narran “las creencias, las supersticiones, las referencias históricas con un cierto tono de picaresca y de leyenda” (Argüello, 2013). La sabiduría popular y los cuentos de los abuelos dan dinamismo a la novela. Ese aprender a escribir captando los mecanismos con que cuentan sus historias los viejos de las provincias es a lo que alude Mo Yan cuando en su discurso del Nobel menciona la influencia de Gabriel García Márquez. A semejanza del creador de Cien años de soledad, el alimento para sus ficciones son “cuentos sobre fantasmas y duendes, muchas leyendas históricas, anécdotas interesantes que estaban estrechamente vinculadas con la naturaleza local y la historia familiar (2012, p. 5); fue un largo periodo donde aprendió a “leer con las orejas” (p. 5).


Ese “leer con las orejas” para luego crear ficciones propias entraña un acto de antropofagia literaria: una obra que se alimenta de otras voces, incorporando a un texto las virtudes de otros para crear un todo armónico. La antropofagia de Mo Yan le permitió hacer ficciones a partir de anécdotas, imaginarios populares e historias de su natal Gaomi. Por eso, sus años de infante hambriento viviendo o escuchando historias donde se referían formas anómalas de alimentarse derivarían con el tiempo en relatos con elementos fabulosos: los niños que comen carbón hacen parte de Rana y Cambios; aquellos que masticaron fragmentos de metal figuran en el cuento “Niños de Hierro”, incluido en Shifui, harías cualquier cosa por divertirte; incluso los perros hambrientos que devoran los cuerpos recién fusilados de los opositores durante las “purgas políticas” en la década del cincuenta salen en el cuento titulado “La cura”. Esa antropofagia con la cultura oral y con su pasado es resaltada por Mo Yan en el discurso del Nobel: “Lo que hice fue muy sencillo: contar mis cuentos a mi manera. Mi manera es la misma de los cuentacuentos de mercado de mi pueblo, a quienes conocía muy bien; es también la manera de mis abuelos y los ancianos de mi pueblo natal” (2012, p. 6).



Mo Yan logró estructurar un universo narrativo a partir del hambre y la memoria; ambas hacen parte del arsenal de sus argumentos pero también de su propia poética. Sin descuidar la verosimilitud, el recurso fantástico y las técnicas narrativas aprendidas de sus lecturas del canon universal, supo alimentarse de los tonos y ritmos de los contadores de historia populares,  al igual que de sus más íntimos  recuerdos. Estos, al ser refigurados en la ficción, han permitido que en sus relatos se fundan su memoria individual con la Historia de China.



Referencias


Argüello, R. (1 de Enero del 2013). Mo Yan, un premio Nobel para ser leído. El Tiempo. Recuperado de: www.eltiempo.com/entretenimiento/libros/articulo-web-new_nota_interior-12486461.html
Cervantes, M. (2008). Don Quijote de la Mancha. Lima: Punto de Lectura, Santillana.
Mo Yan (2012). Cambios. Barcelona: Editorial Seix Barral.
Mo Yan (7 de Diciembre de 2012). Mo Yan: cuentacuentos. Fundación Nobel. Recuperado de: http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/2012/yan-lecture_sp.pdf
Mo Yan (2012). Rana. Madrid: Editorial Kailas.
Mo Yan (2012). Shifui, harías cualquier cosa por divertirte. Madrid: Editorial Kailas.

Taine, H. (1954). Del ideal en el arte. Buenos Aires: Editorial Tor.