domingo, julio 01, 2012

DICTADURA Y METAFICCIÓN EN UNA MISMA NOCHE


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de la Universidad del Tolima,
Doctor en Literatura de la Universidad Católica de Chile, jlgaitan@ut.edu.co).


La última dictadura militar argentina (1976-1983), sus torturados y desaparecidos, pero también las dificultades del duelo en las generaciones supervivientes, sigue siendo revisitada en nuevas voces narrativas. Prueba de ello es Leopoldo Brizuela (La Plata, Argentina, 1963) con Una misma noche, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2012, cuyo jurado estuvo integrado por Rosa Montero, Montxo Armendáriz, Jürgen Dormagen, Antonio Orejudo, Lluís Morral y Pilar Reyes (con voz pero sin voto).  Previamente Leopoldo Brizuela había publicado el libro de poemas Fado (1995), el libro de relatos Los que llegamos más lejos (2002) y las novelas Tejiendo agua (1985), Inglaterra, una fábula (1999) y Lisboa, un melodrama (Finalista del Premio Rómulo Gallegos en el 2011).
En Una misma noche, un narrador-protagonista (Leonardo Bazán), dedicado a la escritura de ficciones, da cuenta de cómo un robo en una casa vecina durante marzo de 2010 lo lleva a recordar, gracias a la similitud de ciertos mecanismos empleados por los delincuentes en concupiscencia con autoridades oficiales,  que en esa misma morada tendría lugar en 1976 uno de los tantos allanamientos de la dictadura que derivarían en ultraje, tortura y persecución a una voz disidente a los lineamientos del general Videla. La narración se bifurca entre un presente (2010) y un pasado (1976-1977) que dialogan, se tocan y se permean en su melancolía. En ambos tiempos el narrador refiere su desamparo y lo difícil que es burlar el miedo por más que se intente anteponer la belleza del arte: el niño Bazán que en 1976 se aferra al piano mientras su casa es ocupada por militares que desde allí aguardan la llegada de una vecina sospechosa (Diana Kuperman) se ha vuelto escritor y su primera reacción ante el robo del 2010 es hacer una novela: “Y yo, ¿no había seguido haciendo lo mismo, cambiando el teclado de mi piano por la máquina de escribir y después por la computadora, refugiándome en el arte de mentir mientras los demás matan?” (Brizuela, 2012, p. 163).
El arte que nace del horror y la idea de que ante los espacios íntimos amenazados (la casa-la patria) el último refugio es la morada que ofrece la ficción (planteamiento desarrollado por Teodoro Adorno en su Mínima moralia) laten en Una misma noche, novela de carácter metaficcional historiográfico en tanto se cumplen las siguientes condiciones: en sus páginas no sólo se cuentan hechos históricos, sino también la forma como ellos impulsan la creación literaria; la ficción desnuda sus mecanismos internos  (los hilos del relato), genera una profunda autoconciencia sobre el sentido de la escritura y desestabiliza las fronteras entre la ficción y la historia. Esta última no es vista con nostalgia, sino con rabia, desesperación y un alto sentido crítico, en tanto acá la metaficción pone a “la historia bajo sospecha” (Navarro, 2002, p. 210). Esa sospecha lleva a que la ficción no sólo cuestione los crímenes del dictador Jorge Videla, del comandante de la armada Emilio Massera y muchos militares durante un periodo sangriento que eufemísticamente se autodenominara Proceso de Reorganización Nacional, sino también situaciones reprochables que involucran a un autor canónico de la literatura argentina: Jorge Luis Borges cenando con Videla y recordando que en su saga familiar también había militares.
Se destaca en esta novela de Leopoldo Brizuela tanto su complejidad narrativa con sus analepsis y prolepsis (los saltos en el tiempo por la forma como la ficción narra un presente que salta al pasado y que, incluso, por momentos, proyecta un futuro), como también su forma de comprender el hombre y su historia más allá de ópticas reduccionistas del bien y el mal. En los juegos desquiciados de la guerra hasta las víctimas tienen momentos donde ofician como verdugos: Leopoldo Bazán confiesa que su progenitor era uno de los delatores del régimen (padre e hijo, con su silencio cómodo, terminarían afectando la vida de Diana Kuperman y su familia);  mientras el narrador protagonista recorre un museo de la memoria que antes fuera la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada, el principal centro de tortura y desaparición de la dictadura), no deja de sentir como ortodoxo el que la guía, al mencionar cómo la organización guerrillera los Montoneros retuvo y mató al general Pedro Aramburu (durante 1970), en vez de hablar de secuestro y asesinato, opte en forma sonriente por el término “ajusticiamiento: “-¿Cómo puede ser que en un lugar de muerte se ironice sobre la muerte? El horror de matar, de tener que matar… El horror que distingue al revolucionario del perverso… ¿Y qué habilita en cada uno, y en el mundo, el hecho de matar? ¿Quién puede frivolizarlo sino un idiota?”  (Brizuela, 2012, p. 245).
Una misma noche ofrece al lector en sus 276 páginas una ficción depurada en su lenguaje, rica en su propuesta metaficcional, en intertextualidades (con la propia literatura y hasta con archivos históricos) y en  recursos narrativos y técnicos (mapas e, incluso, una página donde las palabras ceden el espacio a un negro profundamente diciente dando cuenta de abismos insondables). El lector encuentra en ella una mirada desencantada frente a la dictadura militar nacida en 1976, uno de los traumas históricos más vivos de la sociedad argentina con juicios todavía pendientes y crímenes por aclarar; mirada que, en todo caso, ahonda en las culpas heredadas por las generaciones recientes y en lo complejo que sería desconocer que, aunque completamente reprochables fueron los delitos atroces de la extrema derecha con sus homicidios, expropiaciones de propiedades a contradictores y sus 30.000 desaparecidos, también la extrema izquierda en su lucha contra los excesos del poder terminó, ocasionalmente, pareciéndosele, ¿Cómo no recordar entonces a Nietzsche?: “todo aquel que luche contra monstruos, ha de procurar de que al hacerlo no se convierta en otro monstruo” (1994, p. 98).


LISTA DE REFERENCIAS


Brizuela, L. (2012). Una misma noche. Bogotá: Alfaguara.
Navarro, S. (2002). Posmodernismo y metaficción  historiográfica: una perspectiva interamericana. Valencia: Universidad de Valencia.
Nietzsche, F. (1994). Aforismos. Andrés Sánchez Pascual (selección, traducción y prólogo).  Barcelona: Edhasa. 


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El siguiente es el booktrailer de Una misma noche. Fue hecho por la Editorial Alfaguara (Argentina):




domingo, junio 03, 2012

EN LA POSADA DE BABEL: LAS FLORES OSCURAS DEL POEMA Y DEL DESEO



Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Integrante del Grupo de Investigación en Literatura del Tolima de la Universidad del Tolima
Doctor en Literatura de la Universidad Católica de Chile,
jlgaitan@ut.edu.co).


Gilbert Durand en Las estructuras antropológicas de lo imaginario señala que la revalorización de los imaginarios nocturnos  en la poesía occidental, gracias al legado de prerrománticos y románticos, ha permitido a los poetas abrevar en su inconsciente, auscultar recuerdos y ensoñaciones para dar a su creación estética una sustancia “más inefable y misteriosa” (1981: 209). La noche es “el reino mismo de la sustancia, de la intimidad del Ser. Tal como Novalis la canta en el último Himno, es el lugar donde esmaltan el sueño” (p. 209). Bajo su potestad, los poetas se arrojan a insólitas metáforas, conmocionan al lector con imágenes cuya belleza escapa a la fácil asimilación. Es la  “oscuridad deliberada” de la que habla Hugo Friedrich en La estructura de la lírica moderna, la que a veces sólo otorga “la salvación por medio de las formas” (1974: 54). Formas que, en todo caso, se permiten fundir el gusto por la escritura con la angustia de la existencia, ritual del poema en “esa hora en que el horror y la belleza celebran sus esponsales” (Gutiérrez, 2011: 16).
Justamente la noche con sus misterios -sus sonidos y conjunciones entre erotismo y miedo- es la que teje y desteje Luis Eduardo Gutiérrez en su libro de poemas En la posada de J. Babel (2011), el cual se estructura en dos partes en las que existen vasos comunicantes: “Migraciones” y “Relación de viajes de Jeremías Babel a su editor”.  Esta bella edición de la Fundación Común Presencia en su colección “Los conjurados” ofrece 52 poemas en prosa y verso del escritor ibaguereño, con insertos a color en papel esmaltado de la obra pictórica de Sergio Trujillo Béjar. En la posada de J. Babel había sido Mención Única del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de Colombia en el 2010, cuyo jurado estuvo integrado por Eduardo Chirinos, Elkin Restrepo, Juan Felipe Robledo, María Baranda y Ramón Eduardo Cote. Previamente su autor había obtenido Premio Nacional del Concurso de Poesía Eduardo Cote Lamus (2007) por el libro Los Cuadernos de Franz (publicado en  2008), Mención de Honor en el Concurso Nacional de  Cuento Ciudad de Bogotá 2002 y Mención del Concurso Nacional de Poesía Antonio Llanos de Cali en 1997. Otros libros de poesía publicados son  Perseguidos por el cielo (1995) y Los espejos de la hidra (2001).
Teodoro Adorno en su Mínima moralia, reflexiones sobre la vida dañada indica: “quien ya no tiene ninguna patria, halla en el escribir su lugar de residencia” (2006: 91). Migración dolorosa y la escritura como morada, son, a propósito, los temas principales de En la posada de J. Babel. Jeremías Babel, su protagonista, refiere en sus cantos seres condenados al peregrinaje, de miradas turbias, tratando de huir de sus desengaños y memorias; a donde llegan la vida les es también dura e inhóspita: “Cansados de comer un fruto seco han escapado/ de territorios de ceniza/ a esta nación de frío” (2011: 27). Unos y otros son espejos culposos que se miran, no en vano, cuando Jeremías observa el cristal descubre el rostro de Caín:


Es un versículo repetido este día.
De nuevo, Caín tendrá manchadas las manos de negras violetas.
Nuevamente huirá  por su laberinto hasta aparecer
en el fondo del espejo en el que me miro,
yo,
J. Babel (p. 47).


Curiosos “versículos” los que se brindan en el poema “Diario del escritor Jeremías Babel”. Las metáforas que aproximan en una imagen dos realidades son, a la vez, atendiendo a Julia Kristeva y Lacan, una figura de identificación: J. Babel es Caín cuando quiere; escribe sobre errantes,  dejando que en él confluya el desterrado de desterrados, la figura más atormentada del Antiguo Testamento: el primer hijo nacido fuera de casa (El paraíso), quien habrá de pagar por siempre la condena de vagar por la tierra con la señal de oprobio en su frente. Ambos encarnan lamento y maldición, son el lado oscuro de la Biblia, ante los cuales la creación poética ofrece otras celebraciones desde la parodia seria: “Una misa celebrada en medio de las ruinas, lejos de nuestras torres vertiginosas” (p. 66).
A malditos, exiliados y suplicantes que buscan “la bendición que los guardará de la peste/ en su errancia por las ciudades arruinadas por vientos/ negros” (p. 30) J Babel les ofrece por un tiempo su posada, su “casa de viajeros” (p. 30). No obstante les advierte que hay horas peligrosas y siervos siniestros: “Mejor no pases al atardecer en busca de este hostal. Desconfía de sus voces. De la tersa amabilidad de su servidumbre. Ellos, al igual que los nuevos huéspedes, fueron engañados por el anillo y la mano enguantada de la Señora que rige la casa de paso” (p. 13).
Si la escritura es morada,  J. Babel reconoce que la suya es “casa de paso”, un lugar incómodo, una belleza que duele y pone en entredicho la catarsis; por eso al que llega no lo llama huésped sino “desastrado”  (p. 30). Sus metáforas tienen el sello de la melancolía, la noche que traga y no perdona, ese “sol negro” exaltado por Nerval en sus poemas.  A sus versos los denomina “flores oscuras” (p. 58) o “frutos secos” (p. 31).  ¿Qué otra cosa le queda a J Babel a pesar de saberse sitiado? La “Segunda carta de Babel al editor” indica:


Escribo por su  encargo con la pluma de un cuervo en
la pared
del insomnio.
Mi casera ha atado mi mano derecha
con una cuerda.
Escribo a pesar de todo  –estos poemas- y el aire
de la habitación
se ha constelado de murciélagos” (p. 45).


 Extraña redención y condena la de la voz poética: poemas que nacen del dolor y lo perpetúan, poemas que él ofrenda a Berenice, el otro sujeto primordial en el libro de poemas de Luis Eduardo Gutiérrez. Ella es, finalmente,  el erotismo en medio de la huida y del miedo. Cuando los poemas no le bastan para sanarse –no siempre la escritura es morada- J Babel sabe que, en un punto exacto del invierno y la noche, lo aguarda Berenice; así se lo confiesa ella en la primera de “Dos cartas de Berenice a Jeremías Babel”.

Mi cuerpo, hostal que abre las puertas en las noches
de invierno,
te espera con la hoguera encendida. Ah de las ventanas que
cantan y del aire sonoro  que recorre mis patios blancos,
como si hábiles manos repasaran
todos los objetos. Mi cuerpo –hostal de infamias-
te espera, Jeremías Babel, con su insignia de fiebre” (p. 17).



REFERENCIAS


Adorno,  T. (2006).  Mínima Moralia, reflexiones sobre la vida dañada.  Madrid: Taurus.
Durand, G. (1981).  Las estructuras antropológicas de lo imaginario. Introducción a la arquetipología general. Madrid: Taurus Ediciones.
Friedrich,  H. (1974).  La estructura de la lírica moderna, de Baudelaire hasta nuestros días.  Barcelona: Seix Barral.
Gutiérrez, L. (2011). En la posada de J. Babel. Bogotá: Común Presencia Editores.

viernes, junio 01, 2012

UN SORPRENDENTE LIBROS DE POEMAS


Por Benhur Sánchez Suárez

La historia que se olvida trae como consecuencia la repetición inútil y muchas veces catastrófica de fórmulas que no logran soluciones y nunca llegan a la verdad.
En realidad este es el panorama en que nos debatimos, como una patria boba permanente en la cual los colombianos nos matamos unos a otros en pos de ideales confusos mientras se mantienen incólumes en su poder y su riqueza los mandamases históricos de siempre.
De ahí que el olvido sea la fórmula más socorrida de anestesia colectiva para mantener sometida a una sociedad como la nuestra, siempre arribista, sin conciencia, más proclive a la corrupción, al robo y al despojo, que a la convivencia pacífica donde se incuba el progreso de los pueblos. Por eso nuestro atraso en todos los órdenes.
Pero resulta que esta realidad de horror vuelta mercancía, que se tapa con escándalos, prostitución y vandalismo, tiene un escape que no permite que pase impune y, de paso, da testimonio de su existencia: La Literatura.
La Literatura y el Arte son los únicos que preservan a la sociedad, impiden que desaparezca, mantienen sus coordenadas como faros y hacen que las atrocidades, engaños y traiciones nunca se olviden.
Y en este caso, la poesía. Porque el libro Buzón de naufragios, de Jorge Ladino Gaitán Bayona, es precisamente como una bofetada a esta sociedad engañada y olvidada de su historia. Son casi gritos o alaridos, poéticamente pronunciados, que llaman la atención al lector. Es, en verdad, un sorprendente libro de poemas.
“Perdonarás la lluvia, / el país eligió su invierno queriendo ahogarse / y la historia saca la cabeza sin importar el río y su revuelta. / No intentes sacarla, / siempre anda húmeda de sangre y estiércol, / de líquidas gramáticas y próceres poetas, / putica de falsas genealogías bajo un cielo de paraguas negros. / ¿Qué importa la historia? /  A veces juega a arrojar el sol por un rato / y uno sale igual con su abrigo y su tristeza”.
Este poema, por ejemplo, bajo el título de “Perdonarás la lluvia”, logra ejercer el poder de revolver la conciencia con un lenguaje preciso y sugerente. O, por lo menos, inquietarla.
Pero la poesía no soluciona nada. Sólo resume bellamente a una frase todo el horror y la sinrazón del mundo.
Y si, la poesía nos sirve de exorcismo, bien claro nos lo indica la presentadora del libro (María Aparecida Rodrigues Fontes): “Para Jorge Gaitán traer a la luz las tablas del hastío, ese universo de persecución y tristezas, consiste en ajustar las cuentas con la historia y con el pasado traumático”.
Y para nosotros implica no olvidar para no repetir. 
Una bella forma de conciencia.
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Publicado en: El Nuevo Día, el periódico de los tolimenses, sección Opinión, p. 6A, Miércoles 30 de Mayo de 2012. El vínculo web es:


DATOS DEL AUTOR

Benhur Sánchez Suárez es un pintor, gestor cultural y escritor nacido en Pitalito, (Huila, Colombia) en 1946. Ha publicado las novelas La solterona (1969, finalista en el prestigioso Premio de Novela ESSO en 1968), El cadáver (1975), A ritmo de hombre (1979), La noche de tu piel (1979), Venga le digo (1981), Memoria de un instante (1986), Así es la vida, amor mío (1996), Victoria en España (2001), El frente inmóvil (2007) y Buen viaje, General (2010). A nivel cuentístico se encuentran sus libros  Los recuerdos sagrados (1973), Cuentos con la Mona Cha (1997) e Historia de los malos tiempos (2012). Ha publicado los libros de ensayo Narrativa e historia (1987), Identidad cultural del Huila en su narrativa (1994),  Esta noche de noviembre (1998) y Mi ejercicio de la reflexión (2012). Textos suyos han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano. Además, ha ejercido el periodismo cultural y sus obras pictóricas han sido expuestas en diversos museos. En la actualidad tiene una columna de opinión los miércoles en El Nuevo Día, el periódico de los tolimenses

Bunbury - De todo el mundo (Vive Latino 2012)

domingo, mayo 13, 2012

FUNDACIONES DE LA MEMORIA Y EL LENGUAJE EN EL PORVENIR INCOMPLETO DE NELSON ROMERO GUZMÁN


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de la Universidad del Tolima,
Doctor en Literatura de la Universidad Católica de Chile,
jlgaitan@ut.edu.co).

Como bien lo resalta  Andreas Huyssen en su libro En busca del futuro perdido,  cultura y memoria en tiempos de globalización (2001), en la contemporaneidad la memoria “es una obsesión cultural de monumentales proporciones” (p. 20) que capta la atención de filósofos, artistas, historiadores, críticos, neurobiólogos, psicólogos sociales y experimentales. Dentro de ese ámbito se destaca la confrontación que efectúan diversos pueblos con sus traumas del pasado: Sudáfrica indagando los crímenes durante el Apartheid;  el pueblo Judío, la propia Alemania y Occidente cuestionando el  Holocausto; los países latinoamericanos tornando sus ojos hacia la Conquista, sus luchas independentistas, guerras y dictaduras militares;  entre otros. Lo complejo es que a la par de esta  tarea de exploración rigurosa de los tiempos pretéritos, se da un mercadeo  banalizante de la memoria pues los medios de comunicación saben que “el pasado vende mejor que el futuro” (p. 27),  tanto aquel que entraña vergüenzas, como aquel que satisface a la gente, las historiografías y los Estados en sus afanes conmemorativos. Hay  un marketing exagerado de la nostalgia y de las modas retro. Es “el éxito del síndrome de la memoria” (p. 27) ante el cual, no obstante, cabe preguntarse “si una vez que haya pasado el boom de la memoria existirá realmente alguien que haya recordado algo” (p. 27).
Varios  autores  indican que tantos pasados escamoteados y tantos datos sueltos en las autopistas de la información, las redes virtuales y las pantallas no generan sino amnesia de lo que sí debiera ser sustancial y recordable. El uso vertiginoso de pasados espectacularizados y sometidos a las leyes del mercado hace que, como cualquier objeto de consumo en el mundo actual, lo que se obtiene al momento se deseche rápidamente. De esto habla Zygmunt Bauman en Vida líquida (2006), de cómo las sociedades actuales  son líquidas en la medida en que “las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas” (9). Es la vida líquida que pasa rápido, que  escapa  de las manos al intentar asirse, cuya fluidez no es más que liviandad y formas superfluas.
 A la vida líquida  de la que habla Bauman, podría agregársele la existencia de una memoria líquida, fugaz y pasajera para vender una historia, mover sensibilidades primarias y convertirse luego en amnesia. A las memorias líquidas “de corta duración” habría que oponer memorias complejas de mayor duración que son revisitadas críticamente por artistas, historiadores y pensadores a quienes interesa, no la simple evocación, sino la anagnórisis, la confrontación con el pasado, la búsqueda de sentidos y explicaciones a las ruinas del hoy interrogando las ruinas del ayer, como el Ángel de la Historia de Walter Benjamin. Atendiendo al psicoanalista uruguayo Marcelo Viñar se trataría de reconstruir las “fracturas de la memoria” (citado por Moraña, 2004: 196), es decir aquellos episodios traumáticos en la vida de los pueblos. Es acá cuando la memoria se convierte en “interpelación, intervención y no sólo evocación memoriosa” (Moraña, 2004: 201), pues no se reduce al “repertorio institucionalizado” (p. 199) de la identidad nacional.
Desde esa última vía, donde la memoria es interpelada e intervenida, es que cobra enorme importancia la existencia de un arte latinoamericano encargado de revisitar críticamente el pasado, reescribirlo, cuestionarlo, recusarlo y reconstruirlo  imaginando voces silenciadas y “subjetividades rotas” (p. 16). Como prueba de ello en la literatura está la abundancia de novelas testimoniales y de nuevas novelas históricas. En estas últimas los escritores se permiten  una “relectura crítica y desmitificadora del pasado a través de la reescritura de la historia” (Pons, 1996: 16), la afectación de la memoria colectiva y la construcción de un espacio donde frecuentemente tienen cabida lo marginal, lo subalterno y lo que antes era excluido o silenciado.
La publicación contemporánea de novelas históricas que difieren de la novela histórica  tradicional ha tenido su correlato en la crítica literaria, no sólo por un interés estético, sino también político de indagar cómo estas creaciones artísticas leen tiempos convulsos que marcaron el devenir de Latinoamérica y sus países. En esta línea de acción se ubica El porvenir incompleto, tres novelas históricas colombianas, de Nelson Romero Guzmán. De entrada su autor puntualiza:

Para el presente ejercicio de aproximación a la novela  más reciente del género histórico en Colombia, se han escogido las obras El país de la canela (2008) de William Ospina, El árbol imaginado (2010) de Carlos Flaminio Rivera y  Buen viaje, General (2010) de Benhur Sánchez Suárez. Las tres novelas, en su orden temático, igualmente dan cuenta sobre tres periodos históricos fundacionales de América: La Conquista, la Colonia y la Guerra de los Mil Días en la formación de la república colombiana.
(…) Por ahora, es preciso aclarar que el enfoque de lectura aquí propuesto proviene en su base de lo que Paul Ricoeur y Peter Elmore relacionan con unas herencias históricas conflictivas, denominadas por el primero en forma general “acontecimientos fundadores” (Ricoeur, 2004: 111) y por el segundo de manera más concreta “momentos de fundación” (Elmore, 2007: 11). Ambos autores identifican estos momentos fundacionales o encrucijadas con los conflictos de los pueblos o la violencia (Romero Guzmán, 2012: 19-20).

Frente a las tres novelas de aparición reciente sobre las cuales Nelson Romero establece su labor crítica, los momentos fundacionales le importan, no sólo por la relación con momentos de crisis a nivel histórico, sino, además, la manera de instaurarse desde las técnicas literarias en las ficciones correspondientes. Los momentos fundacionales son también los del lenguaje y en esa medida el crítico no olvida que, más allá de la indagación de cómo leen los escritores sus pasados para reescribirlos, es fundamental la exploración de los mecanismos poéticos y narratológicos que ponen en funcionamiento el artefacto estético. Esa “fundación del lenguaje” le importa, incluso, porque tiene que ver “con las remociones que le hace el discurso literario al discurso oficial de la historia, como un cuestionamiento o puesta en crisis de la representación y las discontinuidades frente a los episodios seriados del relato historiográfico” (p. 22).
A Nelson Romero le preocupan tanto el fondo como la forma y su libro maneja ese justo equilibrio: la lectura ideológica tiene su contrapeso en la lectura estética. Y lo interesante es que no se conforma únicamente con señalar, por ejemplo, la presencia del lenguaje poético en el País de la Canela, sino que analiza y ejemplifica el uso artístico de las enumeraciones, el colorido en los detalles, la recurrencia del “epíteto de corte renacentista” (p. 83) y hasta el abuso de lo metafórico que lleva a que, en ocasiones, el estilo se vuelva altisonante” (p. 83).
Con relación a lo último es clave indicar que, aunque quizás varios lectores puedan diferir de ciertas interpretaciones de Nelson Romero o de algunos  cuestionamientos a los manejos de los recursos estéticos en las narraciones de su corpus (al fin de cuentas cada quien lee las obras y las valora desde su sensibilidad, su base enciclopédica y su horizonte de expectativas),  su lente crítico tiene peso porque no hay juicios a priori de llano elogio o condena, no es arrasador en sus comentarios y a cada ficción le reconoce tantos sus méritos como sus debilidades. Esto se da porque su foco de atención son los textos literarios, no la figura de sus autores o el peso de sus premios  (cómodo hubiese sido quedarse resaltando el rico juego intertextual de Ospina con las Crónicas de Indias,  callando sus cuestionamientos a algunos recursos poéticos en El país de la Canela, la novela ganadora del prestigioso Premio Rómulo Gallegos en el 2009).
El libro de Nelson Romero tiene validez porque  hay rigor en la investigación, argumentaciones sustentadas con citas pertinentes y una lectura cuidadosa que señala para cada novela tramas, estructuración del sistema de personajes, mecanismos ficcionales de apropiación/ distorsión de los referentes históricos, y  papel de los símbolos en los relatos (es admirable su aproximación  a los múltiples sentidos del árbol en la novela de Carlos Flaminio Rivera).   Recurre, igualmente, a métodos comparatistas que permiten comprender las líneas de continuidad y de reescritura entre la obra de William Ospina y las Crónicas de Indias, o entre la ficción de Benhur Sánchez y el archivo histórico y los textos periodísticos. Su versatilidad es, a la vez,  resultado de su seguimiento de la forma como la crítica literaria ha diseñado categorías de análisis para valorar la novela histórica latinoamericana desde la década del setenta. Para su estudio dispuso de un marco teórico y crítico importante: los libros de  Seymour Menton, Fernando Ainsa, María Cristina Pons, Begoña Pulido Herráez, Magdalena Perkowska y el colombiano Pablo Montoya,  quien, como señala Nelson Romero, “en su  libro Novela histórica en Colombia 1988 – 2008, entre la pompa y el fracaso (2009), hace el catálogo de 45 novelas históricas publicadas en ese periodo” (p.  29).
El libro de Nelson Romero se encuentra estructurado en cinco momentos. El primero corresponde a la introducción –“Fundaciones en la novela histórica latinoamericana contemporánea”-,  donde se indica el corpus, las razones para analizar las novelas  de William Ospina, Carlos Flaminio Rivera y Benhur Sánchez y la afiliación de éstas a una tendencia literaria latinoamericana visible después del Boom.  En la introducción enuncia las variadas denominaciones para abordar dichos fenómenos estéticos: nueva novela histórica, novela histórica latinoamericana contemporánea, novela histórica postmodernista, e incluso metaficción historiográfica.  Se hace un recorrido por las formulaciones de la crítica literaria y se trazan características recurrentes: manejo de diversos niveles de narración que desvertebran las fronteras entre lo real y lo ficticio, lo histórico y lo fantástico; afectación de mitos nacionales mediante una reescritura del pasado y de fuentes históricas y literarias; uso frecuente de la intertextualidad, la parodia, la ironía, el humor y la autoconciencia narrativa.
Un segundo momento del libro se titula “La reescritura de la crónica de la Conquista en El país de la canela de William Ospina”. Allí se estudia la forma como el narrador “logra traer al presente el recuento de la fracasada expedición de Gonzalo Pizarro al País de la Canela y el viaje azaroso por el río Amazonas de la tripulación capitaneada por Francisco Orellana” (p. 32-33). Nelson Romero sitúa esta novela dentro de un proyecto escritural de Ospina en torno a la Conquista  (desde algunos de sus poemas, artículos y entrevistas hasta los ensayos sobre Elegías de varones ilustres de Juan Castellanos en el libro Auroras de Sangre). Revisa en este capítulo el entramado intertextual en El país de la canela que abarca, no sólo las Crónicas de Indias, sino también la literatura de viajes y las novelas sobre la selva en Latinoamérica. Explora los registros poéticos del autor, los recursos hiperbólicos y ciertos procedimientos que asemejan esta novela con algunos pasajes de Cien años de soledad. Problematiza la voz mestiza del narrador-personaje y mira las implicaciones ideológicas que tiene el relato de un mestizo que, siendo hijo de conquistador español y madre indígena, tiene unas formulaciones culturales propias del Renacimiento y de la España contrareformista de la época.
El tercer capítulo se denomina “La historia imaginada de la emancipación colonial en El árbol imaginado  de Carlos Flaminio Rivera”. Se aborda cómo “esta novela, más que detenerse en reconfigurar unos hechos del pasado, respetando el canon de la historia, lo que hace es valerse de un marco específico, esto es, la Expedición Botánica en la época del virreinato de Espeleta, para explorar el poder de ficción y de fábula que la misma Historia, antes de ser registrada en hechos con una trama secuencial, tuvo –o pudo tener- en sus protagonistas” (p. 91). Se efectúa un minucioso recorrido a esta obra en la que personajes reales e inventados conspiran contra El Nuevo Reino de Granada. Hay una juiciosa valoración poética y narratológica de cómo  el árbol es “elemento estructurador de la trama” (p. 93), pues sobre el recaen “todos los juegos de asociaciones simbólicas” (p. 93) en el que se involucran los frutos de una imaginación que no se atiene fielmente a documentos históricos, las proyecciones sexuales de los personajes, los procedimientos carnavalescos de la narración, las conexiones con la “Ceiba mítica de San Sebastián de Honda” (p. 94)  y las posibilidades de un proyecto emancipatorio que tuviera en cuenta la ciencia aborigen y el pasado indígena del entonces Nuevo Reina de Granada.
El cuarto capítulo se llama “La historia revivida de la Guerra de los Mil Días en Buen viaje, general de Benhur Sánchez Suárez”. Acá se atiende al uso del collage en la configuración de la trama, “mediante el cual se toman documentos de los archivos, sobre todo los procedentes de las formas de legitimación de un Estado como las Leyes, Decretos, Discursos y Cartas oficiales, entre otros; así mismo, noticias, reseñas y otras expresiones del periodismo escrito de los convulsos momentos actuales, para invitarnos, de una manera disimulada, a hacer una lectura del pasado en función del presente” (p. 124). Ese pasado que entra en diálogo con el presente se explora en una doble vía: las interacciones entre el fantasma de un personaje histórico de la Guerra de los Mil Días en el Tolima, Tulio Varón, con un escritor del siglo XXI que se ve obligado a exorcizarse de su interlocutor mediante una novela que funde lo histórico con lo esotérico; las digresiones del narrador-personaje sobre cómo las infamias, los trasfondos de atraso cultural y económico y ciertos procedimientos bélicos del siglo XIX que habrían de actualizarse en los números conflictos y actos sangrientos del siglo XX y lo recorrido del siglo XXI.
El libro culmina con culmina con “A manera de cierre: de los proyectos del pasado a las frustraciones del presente”, donde Nelson Romero brinda las conclusiones de su investigación y pone en diálogo las tres obras de su corpus en un género narrativo en el que es vital el reconocimiento de que “la novela histórica es un artefacto que vuela hacia el pasado, pero consciente de que el viaje se hace desde un presente. Justamente el viaje de la memoria a los intersticios de las épocas más violentas, ha convertido la novela histórica latinoamericana en una forma de situarnos en la Historia con nuestros problemas actuales” (p. 151).
Finalmente cabe señalar que El porvenir incompleto, tres novelas históricas colombianas, se deja leer no únicamente con interés por las indagaciones allí generadas sobre El país de la canela, El árbol imaginado y  Buen viaje, General, sino también con agrado porque la conceptos no se expresan en un lenguaje abigarrado o en taxonomías que podrían confundir a lectores no pertenecientes a la academia universitaria. A su autor le interesa aproximar sus hallazgos a un público más amplio y por eso explicita desde qué lugar de la teoría y crítica literaria formula sus reflexiones, define las categorías de análisis antes de usarlas y no descuida la textura de sus ensayos. Esto se da porque a Nelson Romero le preocupa la relación del lenguaje con la belleza, tanto la de las ficciones que aborda como la de su libro sobre novela histórica reciente en Colombia. Es la doble condición de quien puede oficiar con pertinencia en el campo de la crítica literaria (la coautoría con Libardo Vargas de  La poética y la narrativa tolimense del siglo XX, sus ensayos en libros y revistas, y hasta su tesis laureada en la Maestría de Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira) y, sobre todo, en el campo de la creación lírica, en tanto sus libros de poesía –ganadores en su mayoría de premios departamentales y  nacionales- son la mejor evidencia de que la fuerza de la escritura es resultado de una rigurosa disciplina lectora, de una pasión por la palabra y de un fecundo diálogo intertextual.


REFERENCIAS

Bauman, Zygmunt (2006). Vida líquida. Albino Santos Mosquera (trad.). Barcelona: Ediciones Paidós.
Elmore, Peter  (1997).  La fábrica de la memoria: la crisis de la representación en la novela histórica hispanoamericana.  México: Fondo de Cultura Económica.
Huyssen, Andreas (2001).  En busca del futuro perdido, cultura y memoria en tiempos de globalización. Silvia Ferhrmann (trad.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Moraña, Mabel (2004). Crítica impura. Madrid: Iberoamericana.
Pons, María Cristina (1996). Memorias del olvido, la novela histórica de fines del siglo XX. México: Editorial Siglo XXI.
Ricoeur, Paul (2004). La memoria, la historia, el olvido.  Agustín Neira (trad.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Romero Guzmán, Nelson (2012). El porvenir incompleto, tres novelas históricas colombianas. Bogotá: Biblioteca Libanense de Cultura.

miércoles, abril 18, 2012

EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER: RADIOGRAFIA DEL MIEDO COLOMBIANO EN LA GENERACIÓN DEL SETENTA


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de la Universidad del Tolima, Colombia,
Doctor en Literatura de la Universidad Católica de Chile
jlgaitan@ut.edu.co)

Preámbulo: el miedo y sus coordenadas

En la introducción a la antología La casa sin sosiego, la violencia y los poetas colombianos del siglo XX, Juan Manuel Roca señala que el miedo es “el hijo bastardo de la violencia” (2007: 27). La imagen poética adquiere una tremenda fuerza por ese adjetivo que torna más problemática la condición del miedo; verlo como bastardo es afrentarlo de múltiples formas, es casi negarle que haga parte de la condición humana, es restregarle a la cara su condición de ilegítimo, intruso, merecedor de desdén y de rabia. Sentirlo como bastardo es ligarlo a una historia, a una memoria traumática y a un país en suerte, no un simple temor o un miedo "legítimo” para psicólogos y psicoanalistas. El miedo, como hijo bastardo y colombiano, entraña un peso insoportable y una terrible condición histórica: sobre él están las ocho grandes guerras civiles en el siglo XIX; la Guerra de los Mil Días y sus cien mil caídos; la Violencia bipartidista y sus trescientos mil muertos; las masacres y las poblaciones arrasadas por la guerrilla y los paramilitares; los desaparecidos y asesinados por las propias fuerzas del Estado; las bombas, los aviones estallados en pleno vuelo y los miles de ultimados por sicarios al servicio del narcotráfico.
El creador de arte “tendría que ser muy ciego para que todo ese entorno no se filtrara en su obra” (Roca, 2007: 27). El desafío está en no sacrificar los valores estéticos en aras de contar cuando se refiguran los hechos violentos o cuando se recrea el drama de los sobrevivientes, tal como lo advirtiera el propio Gabriel García Márquez en sus balances sobre la novela de la Violencia. Ahora bien, frente al fenómeno del narcotráfico y del sicariato en las últimas décadas existe ya un número considerable de novelas como La virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo, Morir con papá (1997) de Óscar Collazos, Rosario Tijeras (1999) de Jorge Franco, Sangre ajena (2000) de Arturo Alape, Sin tetas no hay paraíso (2005) de Gustavo Bolívar Moreno, entre otras. La cuestión es tan compleja que su proliferación conlleva a postular subgéneros específicos. Algunos hablan de narconovelas y otros de la sicaresca [1].
En medio de narconovelas y sicarescas que rápido pasan al cine y a la televisión para hacer mercado con la evidencia de la sangre es grato saber que la ganadora del XIV Premio Alfaguara de Novela 2011, El Ruido de las cosas al caer, del bogotano Juan Gabriel Vásquez [2], encara la cuestión del narcotráfico desde otra mirada y estética. No se trata de que en la escena textual no acontezca una escena de sicariato, ni que se deje de mencionar los atentados terroristas y magnicidios en el país en la década del ochenta e inicios de los noventa, sino que la narración en primera persona prioriza la psiquis afectada en vez de quedarse en descripciones morbosas de crímenes. Además, profundiza el antes y el después de los hechos violentos: los orígenes del narcotráfico y los desajustes emocionales que habrían de perdurar entre quienes alguna vez fueron víctimas o vieron vulnerada su ciudad.

El miedo: devastaciones e intertextos

El ruido de las cosas al caer encadena las raíces del narcotráfico y sus secuelas para trazar una radiografía del miedo, la de varias generaciones, pero, sobre todo, la generación del setenta (a la que pertenecen tanto el escritor como su narrador protagonista); “la generación que nació con los aviones, con los vuelos llenos de bolsas y bolsas de marihuana, la generación que nació con la Guerra contra las Drogas y conoció después las consecuencias” (Vásquez, 2011: 217).
Esa generación de los setenta que supo de las primeras avionetas ingresando a los Estados Unidos para llevar marihuana y años después cocaína; la que vio entronizarse a las mafias de Medellín y Cali; la que arribó a la adolescencia mientras el Cartel de Pablo Escobar asesinaba al ministro Rodrigo Lara Bonilla, al director del diario El Espectador Guillermo Cano Isaza y al candidato presidencial Luis Carlos Galán; la que se asombró al notar que sí las balas no eran certeras existían las cargas explosivas para volar un avión de Avianca -del que quedarían 110 víctimas mortales- y el edificio del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad, donde perecerían casi setenta personas), habría de comprender que el miedo de pasar por sitios públicos en Bogotá (donde transcurre principalmente la novela), no habría de terminar un dos de diciembre de 1993 con la muerte en Medellín de Pablo Escobar Gaviria, el capo más temible para la humanidad por aquel entonces. El miedo, como hijo bastardo y rebelde, sobreviviría a la suerte de sus propios impulsores, se instalaría con fuerza en hombres y mujeres que se volvieron desconfiados para siempre, los que no han alcanzado duelos y cualquier situación del presente dispara en ellos malos recuerdos. Así comienza la novela, cuando su protagonista, el profesor de derecho Antonio Yammara, mira en un noticiero a mediados del 2009 la muerte a manos de francotiradores de uno de los hipopótamos sobrevivientes de la Hacienda Nápoles, la propiedad más fastuosa de Pablo Escobar en la que existía un zoológico que fue atracción turística nacional.
La muerte del hipopótamo es el detonador de la memoria de Yammara y lo lleva a reconstruir la vida de un compañero de billar (Ricardo Laverde), quien estuviera recluido diecinueve años en una prisión estadounidense por pilotear una avioneta con cocaína. El piloto exconvicto arrastraba el sino irónico de la tragedia; su propia mujer perecería en un accidente aéreo un 20 de diciembre de 1995: el vuelo 965 de American Airlines, que cubría la ruta Miami-Cali, se estrelló contra una montaña en Buga (Valle del Cauca, Colombia) dejando un saldo de 160 muertos. El ruido de las cosas al caer es, justamente, el último sonido que queda registrado en la caja negra:

Hay un grito entrecortado, o algo que se parece a un grito. Hay un ruido que no logro, que nunca he logrado identificar: un ruido que no es humano o es más que humano, el ruido de las vidas que se extinguen pero también el ruido de los materiales que se rompen. Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha.
Ese ruido es lo último que se oye en la cabina del vuelo 965.
Suena el ruido, y entonces se interrumpe la grabación. (Vásquez, 2011: 84).

El lector asiste a la par del narrador a la última conversación de los pilotos antes del deceso. No sólo hay intensidad y una atmósfera que atrapa por la forma como se describen los últimos momentos del vuelo 965, lo interesante es que una tragedia aérea de comprobada existencia en la historia nacional es visitada por la ficción para luego ser sometida a reinvenciones. Ante la caída del vuelo real 965, la propia imaginación despliega su vuelo para contar que una de esas 160 víctimas era una norteamericana llamada Elena Fritts, tenía una historia de amor truncada e iba a reencontrarse con la hija y con el esposo liberado (Ricardo Laverde).
La tragedia de Fritts y Laverde (asesinado por sicarios meses después) no es ajena al narrador. Acompañaba a este último al momento de su muerte. Mientras evocaba los versos de “Nocturno” de José Asunción Silva tras visitar la casa donde viviera el poeta bogotano, uno de los proyectiles disparados anidó en su vientre y lo tuvo al borde de la muerte. Aunque se salvara, su vida sexual no sería la misma. La violencia que se llevara a un compañero y que sometiera a un país absorto tocaba la esfera de lo íntimo y familiar: parte de su cuerpo inutilizado, el goce de pareja afrentado, la intranquilidad de pensar que cualquier bomba o bala perdida podría llevarse a sus seres queridos, a quienes vigila, restringe y cansa con sus obsesiones y advertencias. De ahí la obstinación del narrador protagonista por escarbar en el pasado del compañero asesinado, a la vez el pasado de Colombia en cuanto al origen del narcotráfico: la injerencia de norteamericanos llegados a territorio nacional como voluntarios de “Cuerpos de Paz” en los setenta y que orientaban a los campesinos para el cuidado de los cultivos; ellos diseñaban las estrategias para que pilotos colombianos llevaran la marihuana al país del sueño americano (clave en este sentido el personaje de Mike Barbieri) y, al notar el descenso de consumo en su país desde 1977, encontraron más lucrativo el tráfico de cocaína. Antonio Yammara encadena los anteriores fenómenos para vislumbrar que la ruina ajena era la propia, lo individual dolorosamente estaba aferrado a lo colectivo como un barco a pique; bien lo decía Maurice Hallwachs: “cada memoria individual es un punto de vista sobre la memoria colectiva” (citado por Ricoeur, 2004: 161).
Una memoria herida que se cuenta, se manosea y se duele es la que se reconstruye en la novela de Juan Gabriel Vásquez: la de unos egos ficcionales pero también la del propio país y la de una generación minada en su psiquis por el sicariato y el terrorismo. Se dice en la obra que “el miedo es la principal enfermedad de los bogotanos de mi generación” (Vásquez, 2011: 59) y aunque cada crimen nuevo se tuviera que lamentar “con la resignación que ya era una suerte de idiosincrasia nacional” (19), se sugiere que pocos salieron ilesos de la melancolía, de muertes no encaradas, ni de angustias que rechazan fechas de vencimiento. Ante la desazón, la inconformidad y una escritura en la que el instinto de muerte está por encima del eros, la novela de Juan Gabriel Vásquez se afiliaría, siguiendo los planteamientos críticos de la profesora Alejandra Jaramillo Morales en Nación y melancolía, narrativas de la violencia en Colombia (1995-2005), a una tendencia melancólica en la que se percibe una “ciudadanía disminuida” (2005: 30), en tanto, “se puede afirmar que la violencia, como experiencia cotidiana, ha marcado la manera como varias generaciones de colombianos se reconocen como individuos y como colectividad” (20).
En esta creación ficcional, cargada de país y con un lenguaje depurado, ni los intertextos resultan a salvo, como si la belleza estética no fuera redención sino otra zona más de devastación, miseria y muerte. La lírica de los colombianos Aurelio Arturo y de José Asunción Silva retumba en las páginas cuando la memoria se quiebra, cuando se visitan recuerdos de muertes cercanas, traumas colectivos y angustias imperecederas. En vez de lamentos exacerbados, Juan Gabriel Vásquez, para acentuar la desolación de sus personajes, elige poemas estratégicamente insertos que con sus nítidas imágenes son más certeros para sugerir melancolías y daños irreparables. La elaboración poética, la enorme verosimilitud de los personajes, la contundencia de los diálogos y de las digresiones, van de la mano con juegos narrativos que llevan al lector a saltar en tiempos y espacios, juntando causas y efectos del narcotráfico como armando un rompecabezas siniestro.
Más allá de las anécdotas contadas, las devastaciones del miedo ocupan con acierto las páginas Juan Gabriel Vásquez. Se focaliza la intranquilidad de quien alguna vez fuera víctima cuando un ser querido se demora más de la cuenta en un asunto rutinario, el temor de cruzar por sitios donde alguna vez estalló una bomba o asesinaron a un conocido, la paranoia que se activa cuando se sale de casa. El miedo, sus rictus y hasta su forma de filtrarse en las conversaciones que debieran ser amenas hacen parte de El ruido de las cosas al caer:

La gente de mi generación hace estas cosas: nos preguntamos cómo eran nuestras vidas al momento de aquellos sucesos, casi todos ocurridos durante los años ochenta, que las definieron o desviaron sin que pudiéramos siquiera darnos cuenta de lo que nos estaba sucediendo. Siempre he creído que así, comprobando que no estamos solos, neutralizamos las consecuencias de haber crecido durante esa década, o paliamos la sensación de vulnerabilidad que siempre nos ha acompañado. Y esas conversaciones suelen comenzar con Lara Bonilla, ministro de Justicia. Había sido el primer enemigo público del narcotráfico, y el más poderoso entre los legales; la modalidad del sicario en moto, por la cual un adolescente se acerca al carro donde viaja la víctima y le vacía una Mini Uzi sin siquiera reducir la velocidad, comenzó con su asesinato. (Vásquez, 2011: 227).

La novela recrea la vulnerabilidad de quienes crecieron con las noticias de retaliaciones entre los carteles de las drogas y las venganzas de Pablo Escobar donde, para matarse a uno, no importaba si caían cientos: la bomba en el vuelo 203 de Avianca -que dejó 110 muertos un 27 de noviembre de 1989- buscaba eliminar al candidato presidencial César Gaviria Trujillo, quien nunca abordó la nave. Los traumas no superados de la generación nacida en los setenta permean el discurso de los personajes. Ellos aprendieron a la fuerza que las ciudades que ardían no eran asunto exclusivo de poemas antiguos o de imaginaciones febriles (muchos decidieron no migrar de sus tierras de origen así la angustia fuera el pan de cada día). Revelador es que los versos de Aurelio Arturo en su poema “Ciudad de sueño” ocupen el epígrafe inicial de la novela y el final de la misma, como si la serpiente que se muerde la cola no quisiera dejar dudas de que en la gran urbe tienen asidero la destrucción, el caos y la desesperación. El poema se instala en la prosa, se llena de nuevos sentidos por los dramas de los personajes, se piensa y repiensa hasta ubicarlo en los terrenos de lo profético, como si Aurelio Arturo fuera una suerte de Nostradamus:

La ciudad se hundía en el miedo y el ruido de los tiros y las bombas sin que nadie hubiera declarado ninguna guerra, o por lo menos no una guerra convencional, si es que semejante cosa existe. Eso me gustaría saber, cuántos salieron de mi ciudad sintiendo que de una u otra manera se salvaban, y cuántos sintieron al salvarse que traicionaban algo, que se convertían en las ratas del proverbial barco por el hecho de huir de una ciudad incendiada. Yo os contaré que un día vi arder entre la noche/ una loca ciudad soberbia y populosa, dice un poema de Aurelio Arturo. Yo, sin mover los párpados, la miré desplomarse,/ caer, cual bajo un casco un pétalo de rosa. Arturo lo publicó en 1929; no tenía forma de saber lo que le sucedería después a la ciudad de su sueño, la forma en que Bogotá se adaptaría a sus versos, entrando en ellos y llenando sus resquicios, como el hierro se adapta al molde… (Vásquez, 2011: 255).

La violencia del narcotráfico en Colombia con sus sicarios y actos terroristas –tan “populares” en la década del ochenta, mucho antes que el término terrorista se globalizara tras los atentados a las Torres Gemelas el once de Septiembre de 2001- le demostró a Colombia que ni su propia capital estaba a salvo del terror y sus sorpresas, que los llantos, gritos y víctimas en masa no eran propiedad exclusiva de los campos sino que la muerte también viajaba a la urbe. Atrás quedaba la ciudad letrada de presidentes gramáticos que se creyeron el cuento de Bogotá como la Atenas suramericana. La capital que consideraba que su único momento traumático sería el 9 de abril de 1948 cuando el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán provocó una revuelta que dejó 3.000 muertos, vería después que el terror no se reduce a una fecha precisa, sino que va tomando al azar los días, los sitios, las víctimas y la forma de que los muertos sean efectivos si despiertan en los sobrevivientes el miedo. Este, hijo bastardo de la violencia, es, a la vez, el hijo favorito del terrorismo, su arma más letal según Benjamín Barber en El imperio del miedo: guerra, terrorismo y democracia (2004). Voluntaria o involuntariamente los seres humanos se convierten en instrumentos de él, los efectos psíquicos son devastadores y, quiéranlo o no, terminan poniendo en sus conversaciones y hasta agendas políticas los intereses de quienes urden atentados: “El terror es el uso calculado de la violencia o la amenaza del uso de la violencia para alcanzar objetivos ideológicos, políticos o religiosos a través de la intimidación, la coerción o el miedo” (Chomsky, 2001: 35).

Estertores del miedo y ecos del país sin duelo

Juan Gabriel Vásquez, con la obra ganadora del Premio Alfaguara de novela 2011, se consolida como una de las voces más destacadas en el panorama de la actual narrativa colombiana. El Ruido de las cosas al caer no es un punto suelto dentro de su proyecto narrativo. Sus novelas, sin descuidar sus propuestas estéticas, tocan aspectos neurálgicos de la sociedad colombiana y recrean hechos oscuros de la historia nacional que han afectado tanto a los propios colombianos como a extranjeros residentes en el país. En Los informantes (2005) reconstruyó las angustias de alemanes que viviendo en Colombia pagaban los errores de su Estado ya que el gobierno nacional, siguiendo exigencias norteamericanas, prohibió en 1943 el uso público de la lengua alemana, puso trabas a los negocios de sus familias y concentró por “precaución” a 150 alemanes, italianos y japoneses en el Hotel Sabaneta en Fusagasugá (Cundinamarca). En Historia secreta de Costaguana (2007), a través de juegos intertextuales y paródicos con Nostromo de Joseph Conrad, exploró parte de la historia violenta del país a fines del siglo XIX, la Guerra de los Mil Días y su consecuencia más nefasta: La Pérdida de Panamá en 1903, provincia colombiana sobre la cual los Estados Unidos urdió la construcción de un lucrativo canal interoceánico.
El Ruido de las cosas al caer se ubica, en definitiva, en una línea sabiamente explotada por el autor, a la que podría denominarse La escritura del desastre (utilizando el título de un bello libro de Maurice Blanchot) pues en ella “el desastre recurre al desastre para que la idea de salvación, de redención no se afirme aún, produciendo angustia, manteniendo el miedo” (1990: 19). “Deja que el desastre hable en ti” (12) advierte el escritor y crítico literario francés. Es lo que hace todo el tiempo el protagonista narrador de la novela del bogotano Juan Gabriel Vásquez: ancla sus desconciertos, desencantos y hasta frustraciones sexuales al miedo de una generación nacida en los años setenta que creció a la par del narcotráfico y de individuos siniestros como Pablo Escobar, un capo de lujos insospechados, de populismos para fingirse redentor (regalar casas a pobres y construir parques y canchas deportivas bajo el emblemático nombre de Medellín sin tugurios) y de poner en jaque a todo un país con sus crímenes, amenazas y atentados terroristas en los años ochenta e inicios de los noventa, estremeciendo ciudades, no dejando ilesa ni a la propia capital colombiana, destruyéndola, atemorizándola, creándola sin saberlo a imagen y semejanza del poema “Ciudad de sueño” de Aurelio Arturo:

Y eran como mis mismos cabellos esas llamas,
rojas panteras sueltas en la joven ciudad,
y ardían desplomándose los muros de mi sueño,
¡Tal como se desploma gritando una ciudad! (Citado por Vásquez, 2011: 256).

Notas explicativas

[1]. Héctor Abad Faciolince fue el primero en hablar de la sicaresca en un artículo de 1995 titulado “Estética y narcotráfico”. Según el autor antioqueño, existe un paso del sicariato a la sicaresca, es decir del fenómeno social a la literatura. Una mayor profundización al respecto la brinda la doctora Margarita Jácome en su libro La novela sicaresca: testimonio, sensacionalismo y ficción (2009).
[2]. Juan Gabriel Vázquez nació en Bogotá en 1973. Ha publicado el libro de cuentos Los amantes de todos los santos (2002) y las novelas Persona (1997), Alina suplicante (1999), Los informantes (2004), Historia secreta de Costaguana (2007) y El ruido de las cosas al caer (2011). Es Columnista del periódico colombiano El Espectador. Desde 1996 ha residido en Europa. Ha hecho traducciones de obras de John Hersey, Víctor Hugo y E. M. Forster. Sus novelas se tradujeron en Inglaterra, Francia, Holanda, Italia y Polonia. Es autor de una biografía de Joseph Conrad titulada El hombre de ninguna parte (2007). En 2007 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar con el ensayo "El arte de la distorsión", incluido en un libro del mismo título publicado en el 2009.

Obras citadas

Barber, Benjamin (2004). El imperio del miedo: guerra, terrorismo y democracia. Marta Pino Moreno (trad.). Barcelona: Paidós.
Blanchot, Maurice (1990). La escritura del desastre. Pierre de Place (trad.). Caracas: Monte Ávila Editores.
Chomsky, Noam (2001). El terror como política exterior de Estados Unidos. Carlos Abousleiman y Octavio Kulesz (trad.). Buenos Aires: Libros del Zorzal.
Jaramillo Morales, Alejandra (2005). Nación y melancolía, narrativas de la Violencia en Colombia (1995-2005).Bogotá: Instituto Distrital de Cultura y Turismo.
Ricoeur, Paul. La memoria, la historia, el olvido (2004). Agustín Neira (trad.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Roca, Juan Manuel (2007). “La casa sin sosiego” (introducción). La casa sin sosiego, los poetas colombianos y la violencia. Juan Manuel Roca (ant.). Bogotá: Taller de Edición, 13-32.
Vásquez, Juan Gabriel (2011). El ruido de las cosas al caer. Bogotá: Editorial Alfaguara.

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Esta ponencia fue presentada en el IV Congreso Internacional Celehis de Literatura, Mar del Plata, Argentina, 8 de Noviembre de 2011. Fue presentada posteriormente en la Universidad del Tolima el 13 de Febrero de 2012.
El siguiente es el tráiler que hizo la Editorial Alfaguara sobre El ruido de las cosas al caer.



LA POESÍA COMO CONTRACARA DE LA VIOLENCIA COLOMBIANA EN LOS VELOS DE LA MEMORIA, DE JORGE ELIÉCER PARDO RODRÍGUEZ

  Jorge Ladino Gaitán Bayona (Grupo de Investigación en Literatura del Tolima, Universidad del Tolima)     Ponencia del 13 de noviembre de 2...