domingo, junio 02, 2013

SIETECULEBRAS: UNA REVISTA PARA CELEBRAR

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona,
Profesor de la Universidad del Tolima,
Doctor en Literatura de la  Universidad Católica de Chile,


En el ombligo del mundo, como llamaban los Incas a Cusco, nació en 1991 Sieteculebras, Revista Andina de Cultura. Se han publicado hasta la fecha 32 números, hecho que merece celebrarse, no sólo porque en Latinoamérica muchas son las revistas que mueren con pocos años y ediciones ante las dificultades de sostenimiento, sino también porque en sus páginas se dan cita distintas miradas y expresiones artísticas  del Perú y de la aldea global.

Sieteculebras tiene colaboradores y corresponsales en varios países del mundo. Su director es el escritor cusqueño Mario Guevara (1956),  narrador, guionista de cine, promotor cultural y autor de los libros El desaparecido (1988); Fuego del sur, tres narradores cusqueños (1990); Cazador de gringas y otros cuentos (1995);  Matar al negro (2003); y Usted, nuestra amante latinoamericana (2010).

La revista, de carácter independiente y sin sesgos ideológicos, recoge cuentos, poemas y ensayos de autores peruanos y extranjeros. A nivel de crítica literaria, sus páginas están abiertas a reflexiones juiciosas de las propuestas estéticas tanto de autores contemporáneos de trascendencia, como también de aquellas voces emergentes que generan otros encuentos con la belleza y que, muchas veces, son invisibilidades por  la academia y el mercado.

El reciente número 32 (del 2012) ofrece a sus lectores una valoración estética que hace el escritor Mario Wong del Movimiento Kloaka, creado en Lima en 1982 y cuyos aportes en búsquedas de lenguajes y renovaciones temáticas han sido claves para la lírica peruana (texto titulado “Kloaka, 30 años forever”). Figuran también allí los ensayos “Sendero Luminoso: la lucha armada en la narrativa peruana contemporánea” (de Lancelot  Cowie), “Alberto Mostajo, un poeta de culto” (de Wilmer Kutipa Luque), “Jorge Amado y el arte de unir estética y política: en el centenario de su nacimiento” (de Alfredo Herrera Flores), “El complejo de Merlín y el mito de la reconciliación en La hora azul de Alonso Cueto” (de Mario Suárez Simich), “Autarquía literaria, el caso de la revisa La Sierra” (de José Agustín Haya de la Torre).

A nivel de creación aparecen el cuento “Ese es mi hijo” de Roberto Vergaray Arias, la crónica “El poeta herido” de Roberto Martín Cháves y los poemas “Retrato de mi padre” (de Mario Guevara Paredes),  “Del lado de acá”, (de Carlos Henderson en trributo a la vida y obra de Julio Cortázar) y “Filoso amor” (de Luis Vargas Cereceda).

Es de resaltar en el número 32 un dossier en homenaje a Carlos Fuentes, con ensayos de Luis Bero, Mario Pantoja, Miguel Ángel Quemain y Rafael Ojeda. Este último, en su texto titulado “La aventura de Montparnasse: Carlos Fuentes cerca de Vallejo”,  hace una bella evocación de la vida cultural que se ha dado en Montparnasse, barrio histórico de París donde queda ubicado un célebre cementerio del mismo nombre, donde reposan las tumbas de César Vallejo y de Carlos Fuentes (quien está cerca a los restos de sus hijos Carlos y Natasha Fuentes Lemus).

Veintidós años de persistencia han hecho que, número tras número, Sieteculebras sea una de las revistas claves en la vida cultural del Perú, con una emergente proyección internacional gracias al esfuerzo de su director, el escritor Mario Guevara Paredes. Su ejemplo es valioso, incluso, como prueba de que desde las regiones –ajenas al centralismo de las capitales- se puede generar dinamismo cultural conectado lo local con lo universal.  




Para efectos de citación:


Gaitán Bayona, Jorge Ladino. Sieteculebras: una revista para celebrar. Facetas, cultura al día, de El Nuevo Día, el periódico de los tolimenses. Ibagué, Junio 2 de 2013, p.p. 2-3.

domingo, abril 07, 2013

LA "MÁSCARA CLANDESTINA" DE LA ESCRITURA EN SI MAÑANA EL TIEMPO NOS AGUARDA


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de la Universidad del Tolima,
Doctor en Literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile,


Maurice Blanchot señala en La escritura del desastre: “el desastre es aquel tiempo en que ya no se puede poner en juego, por deseo, ardid o violencia, la vida que se procura” (1990: 41).  Es tema y tono para que se dé una estética de la conmoción: sacude al lector no sólo con imágenes ingeniosas y contundententes, sino también con una visión desencantada sobre el sinsentido del ser y del tiempo. Allí los versos tocan las heridas  del desamparo, la soledad y el hastío; quien lee siente el “dolor tajando, despedazando” (50). El desastre “como fuerza de escritura” (14) lleva el lenguaje a “la intensidad del desfallecimiento” (14) y se alcanza el “llorar sin lágrimas” (25).  Esto último cobra enorme sentido pues indica que el tema no puede sacrificar la forma y que esa visión oscura de la vida no se expresa en quejidos del sentimiento en bruto (la evidencia ramplona de las lágrimas), sino que está sometida a un tratamiento estético desde alusiones, metáforas y figuras retóricas que recrean la tristeza, el fracaso y el estado terminal de la existencia.

En las coordenadas antes mencionadas se sitúa Si mañana el tiempo nos aguarda, de la escritora tolimense Esperanza Carvajal Gallego. Este libro de poemas, editado en febrero del 2013, es el número 96 de la colección Viernes de Poesía, de la Universidad Nacional de Colombia. Esta publicación, adelantada por la más importante institución de educación superior en el país, es un reconocimiento a una autora que desde el primero hasta el último de sus libros ha tenido una preocupación por abordar temas ajenos al idilio, sin descuidar el rigor con el lenguaje y la musicalidad. En Esperanza Carvajal hay trayectoria y fuerza en la voz poética. Junto al libro mencionado se encuentran también El perfil de la memoria (1997), Las trampas del instante (2005), Festín entre fantasmas (2008) y Peldaños para escalar la noche (antología, 2010). Aparte de su presencia en varias antologías de la lírica tolimense, se destaca su inclusión  en la Antología de la poesía colombiana (1931-2011), de Fabio Jurado Valencia.

Resalta Blanchot  en su libro que  pasado, presente y futuro se funden en una ruina devoradora. Los días venideros están despojados de salvación.  Si mañana el tiempo nos aguarda anuncia desde el título desconcierto y más adelante los poemas advierten que cada día es desecho y los instantes tienen filos: “Todos los días/ se arrojan a la caneca/ como un desperdicio más/ expuesto a los saqueadores de la luz/ que no encuentran nada útil a su existencia” (Carvajal Gallego, 2013: 17); “Este permanente caer./ Infame tarea de la navaja/ en inmediaciones de la noche” (19). Por esa conciencia del tiempo como condena y despojo es que los símbolos de luz ya no entrañan la idea de redención, sino evidencia del hastío y de las muertes lentas del ser en medio de la costumbre: “El silencio es sufragio de la luz”; “Ahora que portas la lámpara del miedo/ no mides la estatura de la soledad” (20); “Nadie llama a la celda de los condenados/ ni atiza  el fuego de sus cadenas” (25) “¿Para qué la luz/ si no vemos el día?” (38).

Una escritura del desastre no cree que cuando se toca fondo empiece el ascenso. Siempre se puede caer más bajo de lo que se piensa; el fondo tiene otro y así sucesivamente, como un infinito  juego de cajas chinas de la melancolía: “El desastre vuelve, siempre desastre después del desastre” (Blanchot, 1990: 13). En Si mañana el tiempo nos aguarda no tiene cabida la esperanza y si aparece nombrada es para cuestionarla, mostrarla como veneno, traición, ardid de la miseria y de la mala suerte. Al respecto nos dice la poeta: “Hemos quedado ciegos/ de esperar lo inaplazable/ a merced de una esperanza maltrecha” (5); “Fingir que no pasa nada/ cuando nos traiciona la esperanza” (Carvajal Gallego, 2013: 22).

Una visión existencialista late en los poemas de Esperanza Carvajal. Por ello se mencionan caídas y abismos; no en vano la poeta habla de “esa mirada de precipicio” (35). Los versos instauran en la palabra seres que se sienten arrojados a la vida y esta se regodea haciendo larga su tarea: “El tiempo gota a gota/ cobra su cuota de eternidad” (36). Todo va en cámara lenta haciendo angustioso cada momento; los minutos y las horas se mastican con desgano porque “dentro llevamos el reloj que nos oprime” (37). La idea del tiempo como verdugo se insinúa en las páginas del poemario; el victimario prefiere la tortura y evita la muerte rápida; de ahí su agrado por las armas de filo y por dejar heridas que sangran cada vez que la víctima hace un mal movimiento: “Abro la puerta de una herida/ como quien olvida cerrar/ el grifo de la sangre” (15). ¿Qué hacer entonces cuando todo está perdido? ¿Si “la vida  es un exilio permanente” (8) qué casa resulta segura? ¿Se puede despistar al tiempo con máscaras que siempre terminan repitiendo la desazón y la desesperanza? La poeta concluye al respecto en “Asumo la máscara clandestina”:

Asumo la máscara clandestina
robada a la costumbre:
cada noche pongo a salvo
el sueño que roe el agujero de las desdichas.
¿Qué importancia tiene morir y resucitar a diario
si nuestro cuerpo elige otra trayectoria
y obliga a envejecer con indolencia?
Habitaré la casa que nunca construimos,
porque a estos ojos cansados
la lumbre ya no llega (31).


Referencias


Blanchot, M. (1990). La escritura del desastre. Caracas: Monte Ávila Editores.
Carvajal Gallego, E. (2013). Si mañana el tiempo nos aguarda. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

_______________________

Para efectos de citación: Gaitán Bayona, Jorge Ladino (abril 7 de 2013). La escritura del desastre en Si mañana el tiempo nos aguarda. Facetas, cultura al día de El Nuevo Día, el periódico de los tolimenses, p.p. 2-3.

jueves, marzo 28, 2013

CHARLY GARCÍA NOS ACOMPAÑA (Poema de Esperanza Carvajal Gallego)



Amigo siga usted. Aún no empuje la puerta
donde se asilan los abismos
y las horas que lastiman la vergüenza de la retina.
Espere aquí el canto de la agonía
del próximo prófugo;
aguarde en esta antesala de la orfandad
donde cualquier palabra hiere la respiración
y los labios decretan los olvidos.
Un día dijimos:
¡Cómo no encarar este destino
si somos rocas de los mismos arrecifes!
Ahí está nuestra condena con su campanario de tedio.
Espere un poco más.
El olvido perfora el fruto en la garganta
y la lengua traza un mapa,
una mancha de sangre.
Un dibujo hecho con la voz desleída de nuestra existencia
muestra el lugar inequívoco
donde el universo arde en llamas
que sólo apagan los poemas.
Aquí estamos a salvo
bajo el abrigo de esta escritura que nos inventa,
nos acosa, nos persigue.
Nada tengo a cambio sólo esta hoja tachada
con las enmendaduras de mi rostro
que reclama un puñado de agua.


----------------------------------


Poema de Esperanza Carvajal Gallego del libro Si mañana el tiempo nos aguarda, colección viernes de poesía (96), Universidad Nacional de Colombia, 2013, p. 16.

martes, marzo 05, 2013

PRÓLOGO Y POEMAS DEL LIBRO BALADAS PARA EL AUSENTE


BALADAS PARA EL AUSENTE: EL DIARIO DE YOKO ONO AL HOMBRE DE LOS ANTEOJOS TRISTES

                                                              
                                                                                Por Nelson Romero Guzmán


Baladas para el ausente es el tercer título de poemas del poeta Jorge Ladino Gaitán Bayona. Dos momentos creativos paralelos configuran el libro: uno tiene que ver con la estructura del diario que lo divide en partes (1:00 A.M., 2:00 A.M. y Sueños 3:00 A.M.), y el otro se instala en la voz íntima que nos habla desde el diario, encargada de reconstruir el diálogo con un ser ausente. Ese ausente es John Lennon y la voz que lo evoca a través de las baladas es la de Yoko Ono. El mayor desafío del libro de Jorge Ladino Gaitán, su propuesta poética más relevante consiste, justamente, en traer al otro desde la orilla imposible, al que se sabe definitivamente ausente sin la posibilidad de un retorno físico, ¿cómo lograrlo?, ¿por qué vías hacerlo? En este caso a través del cuerpo desnudo de Yoko, pero también apelando a la memoria colectiva que ella misma representa y de las letras de las canciones de Lennon intercaladas perfectamente en los poemas del diario. El pretexto de diario recapitula, yendo y viniendo fragmentariamente, varios momentos de la vida de Lennon al lado de Yoko y su fatal desenlace, tales como la luna de miel de la pareja en el Hotel Hilton en Ámsterdam en 1969, las protestas estudiantiles contra la Guerra de Vietnam, el compromiso del artista y su música con la libertad de los pueblos oprimidos, su relación con la pintura Pop, el teatro, el cine, la filosofía y la muerte del compositor y cantante a sus 40 años acaecida en Nueva York el 8 de diciembre de 1980 a causa de cinco balas propinadas por  Chapman; a su vez, el poemario se instala con toda su fuerza en la intimidad: se trata de la intimidad de un erotismo fatal, “mutilado”, donde falta el otro, de un duelo a muerte del cuerpo vivo de Yoko con el vacío del cuerpo del amante que no está presente en el lecho de quien lo exorciza, dando paso a su presencia fantasmal en la alcoba. De ahí que la mayor tensión del libro, su mejor definición poética, se instala en ese punto fugaz donde se entrecruzan la vida y la muerte mediadas por el deseo. Por eso en el poema que sirve de preludio nos encontramos de entrada con esta confesión: “También la muerte es estación del deseo”. 

Desde los primeros poemas el libro nos ofrece claves temporales y espaciales precisas para instalarnos en la lectura y, desde dichos referentes, desplegar el aparato verbal portador de imágenes sencillas que en su aparente fragmentación eligen un tono narrativo, procedente de la conciencia crispada y vigilante de quien es presa de un desvelo lacerante y obsesivo por ciertas ideas extrapoladas: la muerte y el deseo; el amor y la tragedia; la presencia y el vacío. Así, al avanzar en la lectura, sabemos que Yoko Ono, la viuda de Lennon, se encuentra sola en el cuarto de un hotel en Nueva York, un ocho de diciembre. El libro plantea en sus imágenes más recurrentes una sensación de vacío, desprendimiento, mutilación, ausencia, pérdida del otro y de sí mismo, como se desprende de varias citas contundentes en su construcción poética: “Como si el deseo fuera un holocausto y no Vietnam y sus sangres sin duelo” (VII), “Cinco balas y John sin Yoko” (V).

La concisión de los epígrafes son claves para entender el programa de lectura porque ellos se encargan de enriquecer la atmósfera del libro. El que sirve de pórtico proviene de la misma Yoko: “¿Por qué te extraño si sólo eres polvo? (“Why do I miss you so if you’re just a spec of dust?”); de Alejandra Pizarnik las palabras “instante”, “vacío” y “sombras” le dan sentido a la primera parte (1:00 A.M.): “Ese instante que no se olvida, / tan vacío devuelto por las sombras”;  así como los versos citados de Gioconda Belli nos remiten a la desnudez y la soledad del cuerpo de Yoko en su cuarto: “Aquí estoy, / desnuda, / sobre las sábanas solitarias”.  Lo mismo ocurre al interior de los poemas donde la voz de Lennon se deja oír fragmentariamente a través de las letras de sus canciones, principalmente aquellas que hicieron época y que fueron epígono de su amor por la paz, así como las que dialogaron con Yoko:


In the middle of the night I call your name,
¡Oh Yoko!”.


Dicha intromisión de voces ajenas se encuentran bien integradas a la intencionalidad del libro, pues a la vez que se hallan bastante asimiladas al conjunto, sirven para introducir sutiles variantes de tono y de perspectiva en el nivel significativo de los textos, otorgándole flexibilidad a la forma del diario asumida por los poemas. Además, sumado a esa intención de acumulación de voces, dicho despliegue y reconocimiento que hacemos como lectores se encuentra más explícita en la tercera parte del libro subtitulada “Sueños 3:00 A.M.”. Aquí se nos ofrece plena la mujer en su estado de duermevela, donde la experiencia del sueño y del delirio es vivida por Yoko como desdoblamiento a través de variadas voces de heroínas o escritoras de distintas épocas de la historia como Virginia Woolf, Sherezada, Dido, Cleopatra y Ofelia, las cuales se dejan sentir como las máscaras de la propia Yoko. Todo este coro de voces extraviadas en el tiempo, que a su modo también cantaron, resultan también evocadas como visión onírica de la imagen de la muerte; por eso el epígrafe escogido de un poema de Ovidio es perfecto a la intención de este apartado: “¿Qué es el sueño sino la imagen fría de la muerte?”. La primera “imagen fría de la muerte” es Nueva York a los ojos de Yoko, en esos momentos la ciudad es pesadilla y drama interior, también por haber sido el escenario de la muerte de Lennon, donde la única señal de vida es su música en medio de la descomposición:


Nueva York está sitiada,
hay esvásticas en la aurora,
cañones cruzando sus pájaros en fuego.

“Qué pasa, New York?
Qué pasa, New York?
Well down to max's Kansas City,
got down the Nitty Gritty
with the elephants memory band”.

Quiero correr y abrazar a John
pero los pasos arden y me quedo quieta,
entre cadáveres y discos emboscados.


Entre esa pesadilla de “discos emboscados” en una ciudad que arde, aparece la venganza y la muerte de Chapman, otro de los protagonistas del diario. El asesino se hace presente a través del sacrificio de Minotauro cuando Lennon le habla a Yoko desde el laberinto de Creta: “Seré Teseo en tu piel / pero antes mataré a Chapman y arrojaré al fuego el ovillo” (XXVII). La presencia de Chapman también hace parte del juego con las máscaras, un poco haciéndole guiños al teatro y finalmente burlando al homicida en un dejo de ironía, como en este pasaje:


Si pudiera devolverle los cinco tiros que mataron a Lennon,
me disfrazaría un rato de Chapman,
le pediría un autógrafo y en la noche le descargaría mis noches en vela.


El libro, en varios apartes, hace aflorar un cierto tono de ternura como la otra posibilidad de traer a un Lennon niño, donde Yoko juega a ser la madre; el ídolo es evocado reiteradamente desde sus insignias corporales y las utopías que hicieron tan particular y pegajosas sus canciones en una época que se reconoció en sus letras y en el sonido de los instrumentos que él interpretaba. Aquí está su retrato en palabras, quizá en su dimensión más familiar reconocida por sus fanáticos:


A tus cuarenta, John,
sigues hermoso en tu miopía,
lentes redondos,
jugando a Ghandi,
doliéndote el mundo en la mirada.
Querías salvarlo con canciones,
tu guitarra contra la guerra y un piano blanco para el amor.

“Imagine all the people
living life in peace…
You may say I'm a dreamer
but I'm not the only one.
I hope someday you'll join us
and the world will be as one”. 

(…)
Cantarás acurrucado en mi vientre,
siempre niño,
siempre Lennon.


El título del libro asume la balada como un género de la música popular, la más cercana a la expresión lírica para tematizar el amor, el erotismo y en este caso expresar la ausencia del ser amado; además porque esta forma musical encarna la manera de contar una historia que se sabe íntima, sentida y a la vez compartida. En este libro la balada tiene el poder de resucitar al otro, pero no para instalarlo simplemente a la memoria sino para complementar metafóricamente el cuerpo presente que se sabe mutilado sin el otro, como en el poema VI: “Las sábanas desperezan sus pliegues, / saben que en mi cuerpo falta tu cuerpo, / que a esta Yoko le han mutilado su Lennon”. Así resultan formas sencillas de decir, la fluidez de una conciencia en desvelo, el monólogo de la mujer solitaria que se habla a sí misma y entabla diálogos con un fantasma a quien lo evoca en su soledad: “Ven, / segundo a segundo, / sobre mi cuerpo que no ha dejado de esperarte”, sin embargo se hace consciente de la imposibilidad material de su erotismo: “Te toco, / desapareces, / sola de nuevo”. Ese juego entre la presencia ilusoria y la ausencia definitiva, viene a convertirse en una de las mayores sorpresas del libro, porque la evocación también da paso al John Lennon humano detrás del estereotipo de sus “anteojos tristes”, a quien amorosamente Yoko le dice:


Mi Lennon de anteojos tristes,
te dolía cada hueso quebrado,
la sangre sobre los campos de arroz,
la lluvia de bombas y el horror del bambú sagrado.


El John Lennon recreado por Jorge Ladino Gaitán no es el del mito forjado por la fama y la histeria colectiva, ni el del espacio multitudinario de los conciertos, sino el John Lennon humanizado en el escenario íntimo de un cuarto, donde es narrado poéticamente por Yoko, quien lo devuelve por un instante al mundo, haciéndonos partícipes de esa experiencia ajena a través del diario escrito en el tono de la balada, relegando de esta forma el poema a  un lugar marginal. Todo porque en este caso la escritura poética pudo enmascarase. La máscara ha sido el mejor complemento del hombre. Jorge Ladino Gaitán Bayona supo ponerse sin pudor la máscara de una mujer, la de la japonesa Yoko Ono, pero no cualquier máscara, la más difícil y huidiza quizá, aquella que va por dentro. Este libro nos hace pensar que la escritura debe servir para adentrarnos en el otro,  si se quiere también para saquearlo en el mejor de los sentidos, interpretarlo, perderse en sus laberintos y soñar sus sueños. Son esos los robos que la literatura justifica,  son los hurtos sagrados que debe hacer la poesía así como Prometeo robó el fuego, cuando se trata de escribir un libro sobre un personaje reconocido, en este caso John Lennon, uno de los símbolos más altos y más populares de la música de los años sesentas y setentas. Este libro es diario y es balada porque relatan con mesura, es decir, sin la concepción anquilosada del poema como mera acumulación de imágenes deslumbrantes, recuperando en su aparente simpleza la frescura del hombre que fue Lennon. Es un lenguaje que va de adentro hacia afuera y viceversa, es decir, desde las entrañas de dos seres que se amaron hondamente a través de la carne, el compromiso con la libertad, la música y la pintura, pero también desde el mundo externo simbolizado en una ciudad como New York que fuera escenario del rock and roll y que ahora se descompone a los ojos de Yoko, como “una imagen fría de la muerte”, según reza el epígrafe de Ovidio.

Celebro este libro de Jorge Ladino Gaitán, celebrado también por lectores que me han precedido en un certamen nacional y otro regional de poesía, donde fuera destacado.




SELECCIÓN DE POEMAS DE BALADAS PARA EL AUSENTE

                

II



A tu muerte llevaré mi muerte,
salvaré un solo recuerdo,
un año para emboscar al tiempo sus relojes:
1969,  
la piel de marzo en Ámsterdam,
la cama sin orillas del  902,  Hotel Hilton.

Afuera las calles sacudían su desencanto,
pancartas y besos contra la guerra,
no podía llamarse fría cuando Vietnam era un incendio.
Mi Lennon de anteojos tristes,
te dolía cada hueso quebrado,
la sangre sobre los campos de arroz,
la lluvia de bombas y el horror del bambú sagrado.
No podías callar,
hicimos el amor hasta quebrar al miedo sus alas silenciosas.
La cama fue bote salvavidas,
asomaron otras voces
y remamos en coro:

“All we are saying is give peace a chance”.

Querías una canción con la furia de las palabras simples,
la utopía desnuda de artificios y metáforas,
un pozo de aguas claras donde los pájaros bebían su reflejo.

Salvaré un  solo recuerdo.
A tu muerte llevaré mi muerte.



X



Hay una guitarra llorando tus manos,
hay un cuerpo que se sabía guitarra y se mira guijarro,
hay una canción deslizando un cuerpo por las grutas de un mal recuerdo,
hay una foto desangrada en canción en el álbum de bodas,
hay una Yoko  acariciando la foto
donde no sueltas mi mano, John, en una tarde de protesta.
Cada cosa soportando la otra en su ausencia,
un sol negro, como el verso de Nerval,
todo en este cuarto tan exacto a mí,
tan ajeno a mí.


XIII



La palabra astilla los nervios y nadie habrá de escucharme.
El piano de la muerte en la noche ebria.
Hay un rincón del viento donde la memoria sangra tus guitarras y canciones:

“Life is what happens to you
while you're busy making other plans”.

Otra vez el horror,
 el eco de diciembre deslizando tu cadáver.
A veces recuerdo mis labios donde anidaste tu saliva y tu deseo.
¡Oh John, si volviéramos como las flechas que nunca partieron!


XXXIX



Los fantasmas no envejecen,
llevan la edad de su muerte.
A tus cuarenta, John,
sigues hermoso en tu miopía,
lentes redondos,
jugando a Ghandi,
doliéndote el mundo en la mirada.
Querías salvarlo con canciones,
tu guitarra contra la guerra y un piano blanco para el amor.

“Imagine all the people
living life in peace…
You may say I'm a dreamer
but I'm not the only one.
I hope someday you'll join us
and the world will be as one”. 

Sé que me esperas y no te importa si tendré setenta u ochenta.
Los fantasmas no envejecen,
pero estaré más vieja para cuidarte.
Cantarás acurrucado en mi vientre,
siempre niño,
siempre Lennon.

 

 XL



Seguir lloviendo…
hueso adentro
entre sábanas y sueños rotos.
La piel eligió su invierno,
la lentitud de los relojes mientras deshoja el día su mueca.
A veces el sol arroja sus migajas
y el frío igual,
el desvarío de ser y nombrarse,
cuarenta poemas no bastan para salvarse,
cuarenta años arribaron a la muerte, mi Lennon niño, mi Lennon amante.

Los recuerdos  se sacuden la nieve sobre mis párpados.
¿Quién avivará el fuego?
¿Dónde los amigos o las viejas canciones?
Uno vuelve a las fotos por las heridas que no cierran.
Cada retrato convoca su propio espanto.
El miedo apunta:

Las
palabras
caen
como
insectos.


---------------------

DATOS DEL AUTOR DEL PRÓLOGONelson Romero Guzmán, poeta colombiano (Ataco-Tolima, 1962). Ganador de varios reconocimientos, entre los que se destacan el Premio Nacional de Poesía “Fernando Mejía Mejía” (1992), Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (1999) y Premio Nacional de Literatura –modalidad poesía- del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Alcaldía de Bogotá (2007). A nivel lírico ha publicado los libros Días sonámbulos (1988), Rumbos (1993), Surgidos de la luz (2000), Grafías del insecto (2005), La quinta del sordo (2006), Obras de mampostería (2007) y Apuntes para un cuaderno secreto (con la mexicana Kenia Cano, 2011). A nivel de crítica literaria ha publicado los libros El porvenir incompleto, tres novelas históricas colombianas (2012) y El espacio imaginario en la poesía de Carlos Obregón (2012). Es Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás y Magister en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira en convenio con la Universidad del Tolima.


PORTADA:  Memories in green. Óleo sobre lienzo de Diego Fernando Céspedes.


DATOS DEL LIBRO: Gaitán Bayona, Jorge Ladino. Baladas para el ausente. Ibagué: Alcaldía de Ibagué, 2013. 

Baladas para el ausente fue Mención de Honor en el XVI Premio Nacional de Poesía  Ciro Mendía 2012 y Premio de Poesía Juan Lozano y Lozano 2012. Este último premio permitió la publicación del libro dentro del Programa Municipal de Estímulos de la Alcaldía de Ibagué, desarrollado por la Secretaría de Cultura, Turismo y Comercio.

sábado, febrero 23, 2013

CASTRO ALVES Y LA POESÍA ABOLICIONISTA BRASILEÑA: “EL BARCO NEGRERO, TRAGEDIA EN EL MAR”


Por  Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de Literatura de la Universidad del Tolima,
Integrante de la Tertulia Tinta de Búho).


En su  “Decálogo del artista” Gabriela Mistral destaca como principio para la labor del poeta: “Tu belleza se llamará también misericordia y consolará el corazón de los hombres” (2001, p. 152).  La poesía no es sólo una ofrenda de belleza, sino también de humanidad. Esta línea de reflexión se podría conciliar con lo abordado por Heidegger en Hölderlin y la esencia de la poesía, cuando resalta que la poesía es “la fundación del ser por  la palabra” (2000, p. 30). Hay un tipo de lírica que trasciende todo carácter artificial, no quedándose en el efectismo de una imagen, sino salvando al ser del olvido. En ella se posiciona un poeta que nombra las heridas de otros hombres.  Estas consideraciones resultan pertinentes al abordar el poema “El barco negrero, tragedia en el mar” (1), del  brasileño Antonio de Castro Alves (1847-1871), escrito en 1868, en el cual, como bien señala Antonio Candido, se le ofrece  al esclavo “el manto redentor de la poesía” (1975, p. 275), veinte años antes de la abolición de la esclavitud en Brasil (1888).

Previo a la valoración estética e ideológica del poema es clave resaltar que Castro Alves pertenecía a una familia de ideas liberales. Su padre (Antonio José Alves) era un cirujano que le brindó la oportunidad de ingresar al  Gimnasio Bahiano (en la ciudad de São Salvador)  y luego la posibilidad de estudiar derecho en Recife y São Paulo, si bien nunca finalizó la carrera.  El espíritu libertario del  joven poeta -pues murió con apenas 24 años- lo llevó a ser líder estudiantil y simpatizante de la causa abolicionista. En vida sólo publicó el libro de poemas Espumas fluctuantes (1870). Años después de su muerte, se darían a conocer otras creaciones líricas del autor, como "Gonzaga ou A Revolução de Minas", "Cachoeira de Paulo Afonso", "Vozes  D'África" y “O Navio Negreiro". Este último  había sido escrito en 1868 en São Paulo.  Castro Alves evidenciaba en la creación estética y en su actitud vital su solidaridad con el negro. Al respecto, indica Gaston Figueira: “Su lucha antiesclavista se había iniciado algunos años antes, pues ya en Recife, en el 63, había escrito  'A canção do africano' y en el 65, numerosos poemas abolicionistas” (1968, p. 15).

La lucha a favor del negro marcaba vida y obra  de Castro Alves. En esa correspondencia de pensamiento y acción, se hermanaba con los poetas románticos de otras latitudes. Más aún, la importancia del papel asumido por el autor brasileño fue que en su país, en vez de sublimar la figura del indígena como lo hacían Antônio Gonçalves Dias, José de Alencar y otros románticos, prefirió dejar  morar en la palabra poética al negro, un sujeto que, hasta ese momento histórico, “era una realidad degradante, sin categoría de arte, sin leyenda heroica” (Candido, 1975, p. 275). Obviamente, como lo agrega Antonio Candido, el negro ya estaba tímidamente presente en algunos poemas de Vitoriano Palhares, solo que fue Castro Alves quien “efectuó la incorporación definitiva del negro a la literatura” (p. 276), no simplemente como víctima, sino como un ser con dignidad, valores, sentidos de ternura, amor, cólera  y alegría. En este sentido, podría considerarse como una figura tutelar de una larga tradición de poetas que también abordaron la figura del negro, piénsese, por ejemplo, en Jorge de Lima (1895- 1953), Gilberto Freyre (1900-1987), Adão Ventura (1946-2004), entre otros.

Bachelard expresaba que “el poema es esencialmente una aspiración a imágenes nuevas” (2006,  p. 10). Por ello, cada poeta le ofrece al lector su “invitación al viaje” (p.  12), un viaje que implica no sólo movilidad espiritual y de imágenes, sino también situaciones inesperadas. Desde esta perspectiva es oportuno abordar “El barco negrero, tragedia en el mar”, donde el poeta somete a mutaciones su propia voz, su relación con los objetos, el hombre, la naturaleza, su Dios y la historia, además de permitirse manejar una melodía armónica e idílica que será aniquilada dentro del espacio textual por otra melodía rabiosa y desencantada. Los mismos estados poéticos  están encaminados a que el lector se conmocione con distintas gradaciones de la belleza y con el destino trágico que soportan los negros que son traídos desde África para convertirse en esclavos en Brasil, sufriendo vejaciones y nostalgias por haber sido arrancados de su tierra madre, padeciendo, como indica Edward Said en Reflexiones sobre el exilio, esa “grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar” (2005, p. 179).  Las estaciones presentes en el poema para que  la tragedia de los esclavos no caiga sobre el lector en forma brusca, sino gradual, podrían ser las siguientes: a) juego-inocencia; b) contemplación y culto; c) interrogación-digresión; d) horror y cólera; e) solidaridad y nostalgia; f) indignación y desencanto.  Precisamente, el juego y la inocencia son el punto de partida en ese viaje que ofrece el  poeta, tal como se evidencia en los versos iniciales:


En pleno mar… El brillo de la luna
juega en el aire, blanca mariposa,
como niños las olas van tras ella,
que no se cansa, esquiva y vagarosa.

En pleno mar… Los astros desde el cielo
saltan cantando como espumas de oro…
el mar a cambio asciende a sus estrellas,
-constelación de líquido tesoro (Castro Alves, 1984, p. 71).


En la primera parte del poema se vislumbra  la “feminidad del agua” (Durand, 1981, p. 95), del mar-madre que brinda cobijo y ternura a otros elementos naturales que, ante su presencia, se entregan al juego. No se olvide que el mar “es el abismo feminizado y maternal que, para numerosas culturas, es el arquetipo del descenso y de   las fuentes originales de la felicidad” (p. 214). La imagen que refiere el ascenso del mar a las estrellas en el tercer verso del segundo cuarteto, unida a las sugerencias presentes en el texto lírico en torno a que el cielo y el mar  son la pareja tutelar, está referido al hecho de que en los arquetipos universales el mar es madre, como también  existe “una vinculación entre el cielo y paternidad” (p. 129). Mar y cielo en estas estrofas son un solo abrazo, las aguas del mar se funden con el azul del cielo. Por eso la tercera estrofa expresa: “En pleno mar…Furiosamente se atan/ dos infinitos en abrazo humano./ Apacibles, azules, confundidos:/  ¿Cuál es el cielo y cuál es el océano?” (Castro Alves, 1984,  p. 71). La inmensidad del mar y del cielo obnubila al poeta y lo hace saltar del estado de juego-inocencia a uno de contemplación y culto: “Dichoso aquel que pueda en esta hora/ de este mural sentir la majestad…./ Abajo el mar, en lo alto el firmamento/ y en el cielo y el mar la inmensidad” (p. 73). Seduce en esta estrofa la cadencia de los versos, la unión de lo alto y lo bajo ante el pasmo religioso del poeta.

Bachelard indica en El agua y los sueños que el agua y la imaginación se expresan en distintas voces y el escritor elige entre ellas la que, de acuerdo con su fluidez, se adecua mejor a una necesidad particular de poetizar el mundo. Destaca el ensayista francés que,  si bien existen aguas femeninas (compuestas, profundas, primaverales, entre otras), ya a nivel de ritmo, intensidad y sonido, priman “la voz del arroyo que balbucea y la voz de cascada estrepitosa” (2003, p. 290). La primera le habla con suavidad al lector, la segunda con tono fuerte, vertiginoso y vehemente. La voz del arroyo (balbuceante como los astros que juegan en el regazo del mar y el cielo, profundamente sutil, evocadora y casi onírica) es la que está presente al inicio de “El barco negrero, tragedia en el mar”, en tanto la intención del poeta es insinuar, como lo hacían particularmente los románticos alemanes, que hay una aspiración de absoluto en el hombre, de ser uno con su entorno, de superar dicotomías, miedos y prejuicios para fundir su espíritu con el mundo y los hombres.  No en vano el poeta brasileño invoca a su Dios en el pasmo religioso que atrapa sus sentidos: “Dios mío, qué sublime canto ardiente / entre las olas me conmueve” (Castro Alves, 1984, p. 73). Se trata acá de la  religiosidad del arte, de una aspiración de absoluto que, en palabras de Hölderlin, invita a “unirnos con la naturaleza, con un Uno e infinito Todo, ésta es la meta de cualquiera de nuestros esfuerzos (…) Humanidad y naturaleza se unificarán en una única divinidad que lo abarcará todo” (Citado por Juanes, 2003, p. 158).   Lo anterior conllevaría entonces a que el artista romántico, al sentirse uno con los otros y el universo, tendría que sufrir también como propios los sufrimientos ajenos. Precisamente, por esa convicción de ser uno con la naturaleza,  y de que las heridas del otro también duelen en la carne propia es que estrofas después cobrará sentido en el poema de Castro Alves el paso de la voz arroyo a la voz cascada (colérica y rabiosa). El poeta habrá de indignarse por el destino trágico de los negros africanos, a quienes se les ha mutilado la libertad y su sentido de ser uno con su tierra-madre-casa.  En todo caso, ese tránsito en el poema nunca es brusco, pues la astucia del poeta ha sido llevar al lector, gradualmente, por distintas estaciones espirituales y estéticas. De hecho, tras la primera estación (juego-inocencia) y la segunda (contemplación y culto) la siguiente está configurada por los ámbitos de la interrogación y  la digresión, ligada a la aparición en escena de una embarcación que, por el horror que lleva a bordo, quisiera escapar de la palabra que nombra:


Por qué huyes así barco ligero?
¿Por qué huyes del pálido poeta?
¡Oh quién me diera acompañar tu estela
que semeja en el mar loco cometa!

Albatros tú, monarca del océano,
que duermes de las nubes en sus galas,
sacia mis plumas, leviatán del aire,
dándome el viento, albatros, de tus alas (Castro Alves, 1984, p. 73).


De momento, el poeta no presiente las  cargas trágicas que arrastra el barco. Este huye del “pálido poeta” y él, impulsado por su imaginación (asociada líricamente al vuelo del albatros), prefiere perder de vista momentáneamente la implicación de ese navío para abandonarse en versos siguientes a la digresión (reflexiones líricas sobre el marinero y las embarcaciones en España, Inglaterra y Grecia, además de la presencia de estas figuras en el arte universal).  Dicha digresión y la totalidad de la segunda parte del poema obedecen a un calculado propósito comparable a un intermedio, antes de presentarse una realidad más fuerte en su contenido y en la propia expresión estética. Aquí la digresión, como sabio recurso que suspende momentáneamente la acción, es el último estado de calma que se brinda al lector. En “El barco negrero, tragedia en el mar”, antes de presentarse las palabras punzantes, se genera un viaje lírico donde la embriaguez de sentidos ocupa la sensibilidad del lector. Sin embargo, el final de la segunda parte ya insinúa que la voz arroyo (calmada e idílica)  ha llegado a su final: “Nauta de todas las layas, / tu recoges, en las playas, /de los astros la canción” (Castro Alves, 1984, p. 73). Esa voz que ha sido recogida dará paso a la voz cascada (fuerte, iracunda e insatisfecha) que inicia en la  tercera parte del poema:


Desciende del espacio… Águila del océano,
desciende más, aún más… No puede el ojo humano
escrutar como el tuyo, el barco volador.
¿Qué es lo que allí veo?... un cuadro de amarguras,
¡Un coro funeral!... ¡Qué tétricas figuras!...
¡Qué escena infame y vil… ¡Oh Dios! Mi Dios,
¡Qué horror! (p. 75).


 El poeta, que antes había generado una figura de identificación con el albatros para impulsar el vuelo de la imaginación, ahora se identifica con un ave que logra más altura en el vuelo y que está dotada con la vista más aguda de todas las especies animales. La elección del águila obedece a que ella, desde la mayoría de culturas, está asociada a los valores de poder, belleza, grandeza y refinamiento.  El poeta, consciente de que el ojo humano no puede escrutar lo que ocurre en el barco, le pide al águila descender a él, posicionarse en su mirada y prestarle su ojo certero para vislumbrar el “cuadro de amarguras” y “tétricas figuras”, ante las cuales emerge el espanto en la cuarta parte del poema: “Era un sueño dantesco… El tumbadillo/ que a las linternas da un bermejo brillo, /chorreando sangre está./ Tañir de cepos, fúnebres alegros, /el látigo en el lomo de los negros/ en horrendo danzar” (p. 77). Todo lo que ahora insinúa  el  poeta es con ojo de águila y con voz de cascada, fuerte, encolerizada y contundente. Así como las aguas de la cascada vienen en caída, igualmente, en el poema, para generarse esta sensación, se recurre al uso  estético de enumeraciones, las cuales caen sobre el lector vertiginosamente con un ritmo acelerado para referir  hechos y detalles dolorosos que conforman, precisamente, la estación horror y cólera.

El poeta, que previamente agradecía a su Dios las bondades que le brindaba la naturaleza, se atreve a cuestionarlo y  a invitarlo a responder por sus acciones en la quinta parte del poema. Como quizás el ser supremo no intervendrá para remediar el problema, reorienta su tono de súplica al  mar, la noche, los astros y la tempestad para que hundan la embarcación, pues es preferible a la tragedia que viven los esclavos en su presente y  la que seguirán soportando en su lugar de llegada (Brasil):


Señor de los desdichados,
decidme vos, señor Dios,
si es delirio…. O si es verdad
tamaño horror ante vos…
¿Por qué de una vez no acabas,
oh mar, y con furia lavas
de tu mano este pavor?
¡Astros, noches, tempestades,
desde las inmensidades:
barred los mares tifón (p. 83).


Esta misma invocación, cuestionamiento y súplica presente en la estrofa citada se repetirá más adelante, como una suerte de coro-rebelde. No en vano la muestra de rebeldía del poeta es, gracias a los recursos de la prosopopeya,  pedir al mar, la noche, los astros y las tempestades que con sus manos borren el pavor que otra mano no ha querido encarar.

En “El barco negrero, tragedia en el mar”, como bien menciona Manuel Bandeira, “el poeta evoca los sentimientos de los negros durante la travesía del África al Brasil” (1951, p. 50). Atendiendo a que el yo lírico permite “procurar en cuerpo y mente el reencuentro con la alteridad” (Juanes, 2003, p. 200), el poeta sufre también - en el vértigo y caída de su voz- la angustia de los esclavos. Para los románticos, en general, las heridas a la libertad y la dignidad del ser -independientemente del lugar- también arden en la piel del artista. Cómo no recordar acá a William Blake en su poema “Sobre el dolor de otro” cuando expresa: “¿Puedo ver una lágrima cayendo/ y no sentir mi parte de dolor?” (1983, p. 133). Del mismo modo, el poeta en “El barco negrero, tragedia en el mar” es afectado en su lenguaje y su sensibilidad, pero nunca cae en exageraciones quejumbrosas, pues en su texto lírico priman la complejidad, las insinuaciones y elementos “repletos de imágenes, llenos de sonoridades” (Romero, 1943, p. 254). El poeta  no somete al negro a la simple lástima, por el contrario, lo humaniza, lo sabe parte de una tradición, de una tierra y una memoria de la cual ha sido arrancado. Es así como en el poema, en la quinta parte, se da el paso de una estación horror y cólera a otra de solidaridad y nostalgia:


Allá en la arena infinita
del país de las palmeras,
nacieron –niñas bonitas,
vivieron ya primaveras.
Más llega la caravana:
la virgen en su cabaña…
de noche en su ensoñación…
¡Adiós mi choza y mi gente!...
¡Adiós palmas de la fuente! (Castro Alves, 1984, p. 83).  


En sus versos, el poeta evoca que los negros que vienen en el barco tuvieron una tierra de “arena infinita” donde podían correr, ser libres y compenetrarse con su vegetación, memoria, amigos y familiares. Presiente que ellos están sometidos a “un estado discontinuo del ser (…) apartados de sus raíces, su tierra, su pasado” (Said, 2005, p. 184). En vista de que su destino es trágico y que la tierra que los espera los someterá a  humillaciones, el poeta  les ofrece para siempre una morada de lujo en su poema, la literatura como refugio para quien ha perdido su patria (idea desarrollada por Teodoro Adorno en su Mínima Moralia).

La última estación del poema, presente en la sexta parte, está dada por la indignación y el desencanto, orientada no hacia lo que ocurre en el barco, sino hacia un país donde, tras los símbolos patrios y los discursos grandilocuentes que buscan sacar adelante a un pueblo, gravita la más cruda e inhumana de las realidades (la esclavitud). Como lo indica Manuel Bandeira, “el poema concluye con tres octavas reales, observando con mezcla de rebeldía y tristeza que la bandera prestada para cubrir tanta  infamia y cobardía era el pendón brasileño” (1951, p. 51). Precisamente, la última octava real  da cuenta del desencanto frente a la ignominiosa  realidad  de Brasil al permitir la esclavitud:


Auriverde estandarte de mi tierra,
la brisa del Brasil te besa y te danza,
pabellón que a la luz del sol encierra
sus divinas promesas de esperanza…
Flameando libertad tras de la guerra
los héroes te izaron en su lanza,
antes te hubieran visto toda en trizas
que mortaja de un pueblo que esclaviza (Castro Alves, 1984, p. 83).


El poeta confronta, mediante una refiguración lírica del presente de su país, la idea de libertad cuando -al interior de sus fronteras- se permite la esclavitud. En vez de rendir tributo a los símbolos patrios, cuestiona un proyecto de nación que no tenía en cuenta a los negros; de ahí la fuerza de una imagen poética donde se compara a la bandera con una mortaja.  Castro Alves es un autor  crítico que rompe con el cómodo silencio. Es  el intelectual y artista que no está “inmune a las enseñanzas de la historia” (Habermas, 1998, p. 51) y no cae en el ciego nacionalismo; por lo tanto, cuestiona a quienes atentan contra la libertad, así sean sus conciudadanos.

En todo caso, es prioritario resaltar que en “El barco negrero, tragedia en el mar” (2), Antonio de Castro Alves (1847-1871) no  relega a un segundo plano los valores estéticos cuando desata una mirada crítica frente al desarraigo, angustia y padecimientos de los africanos privados de su libertad y arrancados a la fuerza de su tierra, tradición y afectos para llegar a un Brasil donde la devoción nacionalista promulga la libertad pero no abole la esclavitud.  En este texto lírico existe una compleja, rica y dinámica estructura poética, donde el artista domina diversos lenguajes, voces y simbologías para que, a pesar de la extensión del mismo (seis cantos), no se genere monotonía. Al lector se le ofrece una obra sugerente y multiforme, en la que la belleza tiene diversos rostros y donde, a nivel temático, pueden vislumbrase variadas estaciones: a) juego-inocencia; b) contemplación y culto; c) interrogación-digresión; d) horror y cólera; e) solidaridad y nostalgia; f) indignación y desencanto.  La fuerza de la conmoción de los grandes poemas, no la simple emoción, es la que está presente en el texto lírico de Castro Alves, quien gracias a su obra lograría “la incorporación definitiva del negro en la literatura brasileña” (Candido, 1975, p. 276), no como mención lastimosa, sino como un ser humano digno de habitar la palabra poética en la complejidad de sus sentimientos, dramas e historia.  Como escritor romántico, Castro Alves no está ajeno a las situaciones históricas de su tiempo y  genera un arte social con alta elaboración estética que nunca cae en el  panfleto. Sabía que el arte, sin descuidar su carácter sublime, puede leer, confrontar y refigurar su espacio y su tiempo, además de dar morada al ser instaurándolo en la palabra poética, en tanto, como lo sostiene Heidegger, “únicamente donde haya palabra habrá mundo  (…) Solamente donde haya mundo, habrá historia”  (2000, p. 25). 


Notas explicativas

  1. Se tendrá en cuenta en este ensayo la traducción del portugués al castellano que hace Arturo Corcuera del  O navio negreiro, tragedia no mar para el libro Tres poetas románticos, Gonçalves  Días,  Castro Alvez, Sousândrade, editado por el Centro de Estudios Brasileños en Lima en 1984.

  1. Del poema El barco negrero, tragedia en el mar”,  existe una bella versión musical de  Caetano Veloso y  Maria Bethânia bajo el título “O navio negreiro”.



REFERENCIAS


Bachelard, G. (2006).  El aire y los sueños. México: Fondo de Cultura Económica.
Bachelard, G. (2003). El agua y los sueños. México: Fondo de Cultura económica.
Bandeira, M. (1951). Panorama de la poesía brasileñaacompañado de una breve antología. México: Fondo de Cultura Económica.
Blake, W. (1983).  El matrimonio del cielo y del infierno. Madrid: Editorial Visor.
Bosi, A. (1982). Historia concisa de la literatura brasileña. México: Fondo de  Cultura Económica.
Candido, A.  (1968).  Introducción a la literatura de Brasil. Caracas: Monte Ávila Editores.
Candido, A. (1975). Formação da literatura brasileira. São Paulo: EDUSP.
Castro Alves, A.  (1984). El barco negrero, tragedia en el mar”. En: tres poetas románticos, Gonçalves  Días,  Castro Alvez, Sousândrade, Lima, Centro de Estudios Brasileños.
Durand, G. (1981). Las estructuras antropológicas de lo imaginario, introducción  a  la arquetipología general. Madrid: Taurus Ediciones.
Figueira, G.  (1968). “Presentación y cronología de Castro Alves”. En: Castro Alves, Antología Poética.  Montevideo: Instituto de Cultura Uruguayo-Brasileño.
Habermas, J.  (1998).  Más   allá   del   estado   nacional. México: Fondo de Cultura Económica.
Heidegger, M.  (2000). Hölderlin  y la esencia de la poesía. Barcelona: Editorial Anthropos.

Hölderlin,  F. (1979).   Poesía Completa, tomo II. Barcelona: Editorial Libros Río Bueno.

Juanes, J. (2003). Hölderlin y la sabiduría poética: la otra modernidad. México: Editorial Ítaca.
Mistral, G.  (2001). Poesías completas. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello.
Romero, S.  (1943). História da literatura brasileira. Tomo Quarto. Rio de Janeiro: Editora José Olimpio.

Said, E.  (2005). Reflexiones sobre el exilio: ensayos literarios y culturales. Barcelona: Editorial  Debate.



Para efectos de citación:

Gaitán Bayona, J. (2012). Castro Alves y la poesía abolicionista brasileña: “El barco negrero, tragedia en el mar”. Revista Ergoletrías, de la Universidad del Tolima, Vol. 1, Año 1, Semestre B de 2012, p.p. 14-20. 

LA POESÍA COMO CONTRACARA DE LA VIOLENCIA COLOMBIANA EN LOS VELOS DE LA MEMORIA, DE JORGE ELIÉCER PARDO RODRÍGUEZ

  Jorge Ladino Gaitán Bayona (Grupo de Investigación en Literatura del Tolima, Universidad del Tolima)     Ponencia del 13 de noviembre de 2...