Bienvenidos al blog de Jorge Ladino Gaitán Bayona, escritor en formación y doctor en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Integrante del Grupo de Investigación en Literatura del Tolima y profesor de la Facultad de Educación de la Universidad del Tolima. Aquí la literatura, el cine y la música entrelazan sus misterios.
miércoles, noviembre 27, 2013
sábado, noviembre 16, 2013
EL CARÁCTER INACABADO DE LA NOUVELLE EN SOLEDAD PARA DOS, PREMIO XXX CERTAMEN LITERARIO INTERNACIONAL ARGENTA 2013
Por Jorge Ladino Gaitán Bayona,
Profesor de la Universidad del Tolima,
Integrante del Grupo de Investigación en Literatura del Tolima,
Doctor en Literatura de la Pontificia Universidad
Católica de Chile,
En
la nouvelle, “género a caballo entre
el cuento y la novela propiamente dicha” (Cortázar, 1971, p. 406), a veces se
encuentra que la historia narrada abarca apenas un cuadro de la vida donde interviene
una situación difícil que pone a prueba la astucia y moral de los
protagonistas. En este tipo de relato breve puede presentarse un final inacabado,
en tanto da la impresión de que “la nouvelle
no está terminada” (Shklovski, 2002, p. 132). Se trata de un “final ilusorio”
(p. 132) en el cual, más que focalizarse
las acciones de los personajes, se cierra con la primacía del paisaje:
“Habitualmente son las descripciones de la naturaleza las que dan la materia de
esos finales ilusorios” (p. 132).
Situación
difícil, astucia, carácter inacabado y descripciones de la naturaleza son características
visibles de Soledad para dos, nouvelle de 50 páginas, ganadora del Premio
XXX Certamen Literario Internacional Argenta, celebrado en el 2013 en
Argentina. Su autor es el narrador y
ensayista Jairo Restrepo Galeano (Lérida-Tolima, 1951), antropólogo de la Universidad Nacional de
Colombia y Magister de la Pontificia Universidad Javeriana. Entre sus obras se
encuentran Señales atendidas (novela,
2012), Otras esquinas (relatos,
2011), Narración a la diabla (novela,
2008), Cada día después de la noche
(novela, 1996) y Ojos de arena
(cuentos, 1983).
En
Soledad para dos interviene como
protagonista Anastasia, periodista cartagenera y exreina de belleza. Ella toma
el riesgo de entrevistar en inmediaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta a
un comandante de la guerrilla, quien busca mandar un mensaje al gobierno. Para
llegar a la zona propuesta por el revolucionario hace un viaje en una
deteriorada avioneta. Una tormenta obliga a aterrizar de emergencia en medio de
la sierra. Anastasia y el astuto piloto que evita la tragedia (Jerónimo) deben caminar largas horas hasta el sitio del
encuentro. La adrenalina de enfrentar lo desconocido y los avatares de la
supervivencia aproximan lentamente a los personajes, al punto de compartir sus
hondos desencantos por el sadismo de la violencia
en Colombia y una cama en una cabaña abandonada. El final inacabado se da
porque el narrador extradiegético elige cerrar el relato con el encuentro
erótico de Anastasia y Jerónimo, en vez
de indicar si efectivamente se logró la entrevista con el comandante
guerrillero; es como si, ante los horrores de la guerra y las excusas de
quienes se autoproclaman redentores, fuera
preferible el goce de los sentidos.
La
ambigüedad y erotismo del final se instauran con expresiones ligadas al agua.
Esta tiene un “don íntimo” (Bachelard, 1993, p. 247) en el que interviene la
fluidez del lenguaje y del deseo: “Olía a paja húmeda, a mar mezclado con
sudor, a río brincando entre piedras musgosas” (Restrepo Galeano, 2013, p. 48).
La frase da cuenta del erotismo con sus
levantamientos de prohibiciones (las de la guerra y del matrimonio). Carácter
líquido que entraña liberación, diálogo de soledades, ruptura con las seguridades de lo cotidiano
(un hogar con un esposo cariñoso y rico),
catarsis de cuerpos que se entregan uno al otro en vez de prestarse a
los propósitos de los actantes bélicos,
apertura a la incertidumbre donde el lector ni siquiera sabrá si la decisión de
los amantes es dejarlo todo en el recuerdo de una noche o continuar porque en el cierre de la nouvelle prima, no tanto la descripción de las acciones puntuales
de seres humanos, sino la voluntad de la naturaleza: “Delante, oculto por uvas
de la playa, cedros azotados por el viento, el océano. El oleaje que producía
el río al batallar con el mar, los guiaba. Del lado izquierdo Buritaca.
Adelante, en el horizonte, el cielo azul, el mar azul, el río azul. No había
costuras entre ellos. Todo horizonte líquido para contener otro horizonte
líquido” (p. 48).
La
naturaleza ocupa un papel fundamental en
Soledad para dos. Es descrita
con recurrencia a partir de la acumulación de metáforas, símiles, anáforas, enumeraciones
y otras figuras retóricas pues, al fin de cuentas, entre ella y los personajes
opera un juego de espejos donde los estados del alma tienen una conexión
profunda con lo que pasa en el paisaje. En esa atmósfera bucólica los elementos
están dotados de gestos que repiten actos humanos como se descubre en
prosopopeyas de este tipo: “la fuerza del agua peinando piedras y azotando el
silencio” (p. 31). Dicho lenguaje
poético entraña un desafío puesto que posibilita la belleza y el fluir
de la historia narrada, pero también puede llevar a momentos donde la descripción exuberante de la naturaleza hace
que, en ciertas escenas, se sature de idilios el relato.
El
idilio y la exuberancia del lenguaje se quiebran (dando una nueva fuerza a la nouvelle) cuando el narrador da paso a
los diálogos de los personajes. Estos reflexionan cómo lo que contemplan maravillados
en la sierra está ajeno a la mayoría de colombianos por culpa de hombres que
hacen lucir peligrosas las montañas con el “aspaviento de las armas” (p. 32).
El relato se carga de país cuando los protagonistas lanzan sus dardos a
guerrilleros, paramilitares, políticos y hasta religiosos que se “disfrazan de
apóstoles, de santos” (p. 33) para manipular conciencias, conseguir adeptos y
emprender “cruzadas que al final no son más que búsqueda de poder” (p. 33). Lo espantoso es que las fuerzas en conflicto
terminan hermanándose cada vez que
llegan a puntos de barbarie en los que olvidan sus horizontes
ideológicos y disfrutan con los desplazamientos, miedos y muertos que dejan a
su paso: “Pequeños dioses, y sus sacerdotes, que se deleitan y se excitan con la humareda del holocausto, con el
olor de la sangre, con el mugido estentóreo de la vida acorralada” (p.
40). Subyace en el texto narrativo de
Jairo Restrepo Galeano la idea de que la
obsesión de vencer a un enemigo convierte al sujeto en lo que más odia, bien lo advirtió Nietzsche
en Más allá del bien y del mal: “Quien
con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo” (1983,
p. 148).
La
nouvelle de Jairo Restrepo Galeano no
cae en panfletos ni simpatías por izquierdas o derechas totalitarias. Anastasia
y Jerónimo ponen en entredicho el concepto de héroe; no creen en redenciones
sociales ni caminos donde sangres y muertos justifiquen que los nombres de los
combatientes deban instalarse en la memoria colectiva. Es una ficción donde
late el escepticismo político y el juicio crítico contra la violencia y sus
eufemismos: “Entonces nos detendrán, dirán ellos; nos secuestrarán, diremos
nosotros” (p. 37). Se pone al banquillo
la historia de un país corrupto de mentalidad aún inquisitorial (como la España
contrabarroca que lo conquistara) donde muchos operan con la vieja consideración de que “lo
que no está conmigo, está en contra mía” (p. 42) y todo vale por una causa en
la que irónicamente se destruye lo que se dice proteger: “Me desconcierta saber
que el hombre inmola al hombre para defender al hombre” (p. 41).
En
Soledad para dos (2013) el autor
tolimense logra que fondo y forma se
unan en su carácter inacabado. Inacabado es el final donde el narrador guarda
silencio frente a la suerte de sus protagonistas e inacabada es la violencia de
Colombia cuestionada en las 50 páginas de una nouvelle en la que se funden la agilidad del relato, los recursos
poéticos y las agudas reflexiones sobre el conflicto armado. El narrador erotiza
la naturaleza y el lenguaje afirmando la idea borgesiana de que sólo existe una
justificación estética de los males y que los horrores de la historia solamente
se entienden cuando derivan en arte, pues, como bien lo señaló Mallarmé, “el
mundo existe para llegar a un libro” (citado por Borges, 1960, p. 40).
Referencias
Bachelard, G. (1993). El
agua y los sueños. Bogotá: Fondo de Cultura Económica.
Borges,
J. L. (1960). Otras inquisiciones.
Buenos Aires: Emecé Editores.
Cortázar, J. (1971).
Algunos aspectos del cuento. Cuadernos
hispanoamericanos (255), revista mensual de cultura hispánica, Madrid, p.p.
403- 416.
Nietzsche, F. (1983). Más
allá del bien y del mal. Barcelona: Ediciones Orbis.
Restrepo Galeano, J.
(2013). Soledad para dos. Buenos
Aires: Editorial Argenta.
Shklovski, V. (2002). La construcción de la nouvelle y de la novela. Teoría de la Literatura de los formalistas
rusos. Jakobson, Tinianov,
Eichenbaum, Brik, Shklovski,
Vinogradov, Tomashevski y Propp. México:
Siglo Veintiuno Editores, p.p. 127-146.
miércoles, noviembre 06, 2013
“DESPIERTA DE UNA VEZ”: PALOSANTO DE ENRIQUE BUNBURY
Por Jorge Ladino
Gaitán Bayona
(Profesor de la
Universidad del Tolima,
Integrante de la
Tertulia Tinta de Búho
Bunbury,
peregrino de canciones y libros (no en vano su nombre artístico lo toma de un
personaje de la novela La importancia de
llamarse Ernesto, de Oscar Wilde) nunca se queda quieto en una sola
propuesta estética. Sus discos no son simples variaciones de un mismo concepto.
Por eso, luego de Licenciado Cantinas (un
álbum donde hace sus versiones de clásicos populares de la música
latinoamericana), sorprende con Palosanto
(2013), un disco de rock que oscila entre una lectura mordaz del mundo
contemporáneo y la mirada interior que indaga los sentidos del amor, de la
solidaridad, del propio arte y de una conciencia crítica frente al pasado pues
“cada esquina / nos devuelve nuestra historia”, tal como lo indica en el tema “Plano
secuencia”.
Varias
canciones del más reciente disco de Enrique Bunbury tienen letras de una
cuidadosa elaboración poética, por ejemplo “Noticias imperiales”, donde se encuentran versos como “riega mis
desiertos / de cuerpo prestado”. En dicha canción pareciera advertir que en las
cosmogonías antiguas hay muchas enseñanzas valiosas para los problemas de
hambre y destrucción de la naturaleza que agobian el presente. De ahí que
invite a revisitar los tiempos del mito y de los rituales aztecas: “…y las alas
de tus pies / de plumas de Quetzal / recaudadas en ofrendas”. Para el artista español, en vez de las épicas
que han hecho “de la historia un fraude”, es primordial romper con los nacionalismos
y no olvidar cuanto horror provocaron los Cortés, Aguirre, Pizarro, Fujimori o
Pinochet; todos ellos apellidos monstruosos a los que se hace el ajuste de
cuentas en la canción “Hijo de Cortés”: “No me digas hijo de Cortés / no digas
más palabrotas / que Moctezuma jamás se vengó / de este vuestro hermano sincero
o idiota”.
Resulta
fundamental resaltar que la belleza de Palosanto
se funda en la embriaguez sonora de sus canciones: el rock se enriquece con
elementos sinfónicos y hasta el góspel
de un trio de mujeres. Su belleza posibilita, a la vez, una reflexión sobre la historia (el eco de los
horrores de la Conquista y las dictaduras en Suramérica) y un presente donde
las manifestaciones y protestas se toman las calles para denunciar múltiples
crímenes económicos, sociales y culturales de la globalización. Justamente el primer
tema del disco se titula “Despierta” y en él –como lo sugiere igualmente el
video musical- es necesario romper con una vida zombi que repite en el confort
de la casa lo que dicen los aparatos titilantes (televisores y tecnologías que
ponen la virtualidad por encima de la experiencia): “Despierta de una vez /
respira / y bébete el aire”. El mismo Bunbury ha reconocido que durante la
composición del álbum las expresiones rebeldes estallaban en varias geografías:
En los tres años en los que
estuve escribiendo el material que configura este álbum, el hartazgo y
alienación llevó a jóvenes y no tan jóvenes, a salir a la calle a manifestar el
descontento y desencanto, en México, España, Chile, Colombia y USA. En Grecia, en Túnez, en Inglaterra y
en tantos otros lugares del mundo, simultáneamente. Intenté hacer un disco
social y dar voz a un sentimiento general, pero he vuelto a hablar de mí mismo
y de cómo lo viví y sentí. Divido el álbum en dos partes: La primera,
musicalmente más digital y tecnológica, abarca el inicial entusiasmo, el
cinismo de algunos, la desesperación y negatividad de otros y la lógica
conclusión de que ninguna revolución triunfó sin derramamiento de sangre. La
segunda, musicalmente más orgánica, es la mirada hacia el interior: el verdadero
cambio sólo es posible en un círculo mínimo de amistad o de pareja, la validez
y actualidad de la cosmogonía indígena, y la conclusión final de que el
verdadero cambio empieza y acaba en uno mismo y que todo cambio, o es
verdaderamente espiritual, o no lo es (Bunbury,
Palosanto: un modelo de ovni vintage de los cincuenta,
2013).
Palosanto, el
octavo álbum de estudio en solitario del cantautor nacido en Zaragoza en 1967,
es el fruto depurado de un artista que no olvida su condición de
intelectual. Por eso sus quince
canciones no carecen de contexto, de malestar social, lectura trágica del mundo y grito para dar
vuelo otra vez a la rebeldía, tal como señala en “El cambio y la celebración”:
“Muere un poco / para nacer mejor / de un parto doloroso / es el cambio y la
celebración / te guía la luna / y te alimentas del sol”. Ellas están cargadas
de gestos reflexivos; son una suerte de arte poética pues invitan a crear canciones
que estén llenas de pasos, de caminos, de historias donde el sujeto individual
se reconozca como sujeto colectivo, tal como advierte en “Prisioneros”: “Las
grandes canciones / son las que necesitamos / al ritmo sincopado / de las
suelas de tus zapatos”.
Referencias
Bunbury,
E. (2013). Palosanto. Ocesa.
Distribuido por Warner Music Colombia.
Bunbury,
E. (2013). Palosanto: un modelo de ovni vintage de los cincuenta. Página
oficial de Enrique Bunbury. Recuperado de: http://www.enriquebunbury.com/
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Esta
reseña figura también en la página oficial de Enrique Bunbury. Ver acá:
domingo, octubre 13, 2013
BALADAS PARA QUEDARNOS CON LENNON
Por Juan Guillermo Álvarez Ríos
¿Por qué te extrañamos, si somos polvo en
el viento? ¿Por qué, si fuiste tan sólo un grano de polvo flotante en la
inmensidad de las galaxias?
Baladas líricas, tristes (“algo de treno
ocultarán mis epitalamios”), de exorcista y viajero a
la tierra de los muertos, baladas de amor trunco, de la cárcel de Reading y el
Nevermore del cuervo, de lunas amordazadas en fila india en una Nueva York que
te conmina a seguir, que refluye sobre tu dolor, Yoko, y exacerba tu soledad no
digerida, es el formato dúctil que elige Jorge Gaitán para ponernos de presente
que el Beatle por antonomasia nos fue arrebatado pero no ha sido olvidado.
Gracias, Gaitán, tus baladas para el ausente eran esperadas tácitamente por muchos de nosotros, más bien un puñado de insomnes que amamos a John Lennon y nos quedamos con su música. Que fuimos vapuleados aquella noche del ocho de diciembre del ochenta (no veremos el ochenta de otro siglo), sin que estuviéramos preparados para decirle adiós, y que lo echamos de menos desde entonces.
Los cuarenta años de tu carne son menos de los que cualquiera de tus fans tiene ahora, John. El tiempo nos ha rasado en cuarentones y nos iguala a ti, el ausente: “los fantasmas no envejecen, / llevan la edad de su muerte”. Yesterday es más espanto que nostalgia para Yoko, aunque quiera demorarse en un arte que te recree: “Quiero dibujarte, / desnudar tus lentes para que tus ojos corran, / perros hambrientos en la noche exacta de mi vientre. / Te regalo mi cuerpo, / guitarra en la lluvia de tus dedos. / ¡Desata mis cuerdas, la banda sonora de mis nervios!”
Pero cómo ser más conscientes de la pérdida que del modo íntimo y minucioso de la poesía encarnada en tu mujer, en tu musa oriental: “Ofrenda o jauría, siempre habré de esperarte”. Eurídice no te trajo de vuelta (“si pudiera escapar a otra música, a otro infierno”), pero viajamos su viaje, su conjuro de tu mala muerte, y regresamos respirando mejor. Pero tú no vuelves con nosotros (“a esta herida no la cura el regreso”). Eurídice volverá a Orfeo para quedarse con él: “A tu muerte llevaré mi muerte”. Yoko-Virginia Woolf-Scherezada-Dido-Cleopatra-Ofelia: el deseo y la muerte, uno en todas.
La música doma las fieras pero no es la profilaxis adecuada contra la locura. “También el silencio es una canción sin orillas”. Las baladas conjuran tu dolor pero no perturbarán tu silencio. Sin embargo, sí conjuran el nuestro, nuestro silencio de estupor que quiere tejerse despacio, hacer su figura y comprenderla. Porque no estamos rotos como tú, la onda expansiva de la brutal bola de nieve no nos toca apenas, a ti te da en pleno pecho, escolar del cosmos, demasiado sensible por amor, demasiado su pan y su sombra, regazo de John, para no ser destrozada, talada desde abajo.
Baladas derramadas sobre tu dolor como el bálsamo de todo gran arte, cuyo efecto se consigue por vía de la desaceleración. El ralentí del arte es nuestro corazón que te recobra, es el nunca cotidiano lamento de Yoko en los lugares compartidos, en la piel que es lugar de privilegio y exacerbación, ese desandar los pasos de ambos para propiciar tu adiós, el adiós que ustedes dos hubieran preferido y no se dieron.
Porque “no elegimos el final, / las formas
de la ausencia, / las palabras que nos nombran.” Las palabras que hacen eco de
otros momentos en latitudes diversas y con protagonistas extraños: “es como el
dolor que aprende a sobrevivirse” nos recuerda al remate de El Proceso, de
Kafka: “y fue como si la vergüenza hubiera de sobrevivirlo”.
Ars poética o modus operandi
En un gesto de prístina poesía, Gaitán devuelve a la mujer la facultad de nombrar y cantar, de conjurar los muertos y dolerse de un mundo despojado de su majestad matriarcal; la mujer da nombre a su hijo y dice adiós a los que parten. Y responde a la pregunta esencial de la poesía (¿qué queda de las personas amadas?): “Sólo quedan tus canciones, / morar tu voz, / la sombra de tus dedos en el piano.”
El Preludio nos ofrece a una Yoko envuelta en una atmósfera hamletiana (“todos los días son ocho de diciembre y estás aquí”), luctuosa, vindicatoria y fantasmal. Lennon vuela al revés por las páginas del libro que lo conjura, mansión virtual desde la que Yoko canta. Baladas, poemas líricos de claras imágenes y destinatarios fantasmales, que nos dan lo que de otra forma es imposible: encerrando en palabras el ser del otro, abriendo su alma para que entremos en escenarios impensados y sin embargo familiares, para que la parcela de lo humano se ahonde y el dolor fructifique en algo que se pueda llamar nuestro.
Porque no nos es dado pedir (“¡Oh John, si volviéramos como las flechas/ que nunca partieron!”). No es hora de espejismos: los dioses nunca fueron y el cuerpo que se sabía guitarra se mira guijarro, la música -que no nos salvará- es todo lo que tenemos para volar.
Esta reseña de Juan Guillermo Álvarez Ríos sobre el libro de poemas Baladas para el ausente, de Jorge Ladino
Gaitán Bayona, fue publicada el 14 de Julio de 2013 en La crónica del Quindío. Disponible en:
LA ESTÉTICA DEL HAMBRE EN MO YAN, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2012
Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de Literatura de
la Universidad del Tolima,
Integrante de la Tertulia Tinta de Búho,
jlgaitan@ut.edu.co).
Preámbulo
En
el discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 2012 Mo Yan resaltó: “la
literatura puede nacer de la realidad e incluso superarla, puede preocuparse de
la política pero debe estar por encima de ella” (p. 9). Esta consideración es
pertinente a la hora de pensar que la narrativa del galardonado escritor ha sorteado
los ataques de defensores y disidentes de la República Popular China. Tal como
refiere en el prefacio de Shifui, harías
cualquier cosa por divertirte, su primer relato no fue publicado por no ser
“suficientemente revolucionario” (2012, p. 18) durante la Revolución Cultural
de Mao, en la cual “los temas prohibidos iban desde las historias de amor a los
errores del Partido” (p. 18). Tampoco
los opositores del gobierno se sienten cómodos con Mo Yan y así lo han
expresado artistas e intelectuales como Ai Weiwei y Liao Yiwu.
A
pesar de haber hecho parte del ejército comunista, en su narrativa lanza duros cuestionamientos a las censuras y
crímenes cometidos por la izquierda contra opositores a los que llamaban
“derechistas” a fines de la década del cincuenta, situación recreada en la
novela Rana o en el cuento “La cura”
(perteneciente a Shifui, harías cualquier
cosa por divertirte). Además, sus personajes no se reducen a la
ejemplificación del bien o del mal; existe en Mo Yan una comprensión de las ambigüedades
del ser humano, pues, como dice en Cambios,
“los grandes canallas tienen algo de héroes y los grandes héroes tienen algo de
canallas” (2012, p. 17).
La
polémica impulsada por extremistas de un lado o del otro que consideran que la
belleza tiene que verse eclipsada por el fervor de una causa política ha
desconocido la calidad de una obra donde un alto poder de rememoración logra
explorar, con una poética sencillez, las fibras interiores de personajes cuyas
historias personales tienen que ver con la historia de China. Mo Yan
contextualiza buena parte de sus narraciones en Gaomi (donde nació) y explora
los periplos de campesinos y seres de oficios sencillos que buscan formas certeras
de derrotar el hambre, bien sea desde el plano de las armas o desde las letras,
como se descubre en la novela Rana. Justamente
el hambre es un tema fundamental tanto en las creaciones estéticas como en las
reflexiones de Mo Yan. Previo al acercamiento a una estética del hambre en Mo Yan, se ofrece
al lector una breve mirada a la biografía y bibliografía del autor.
“No
hables”, el autor.
Mo
Yan (que en mandarín traduce “No hables”) corresponde a un seudónimo del
escritor chino Guan Moye, quien nació en Gaomi, en la provincia de Shandong en
1955. Su familia, de precarios recursos, se dedicaba a las labores del campo.
Tal como refiere en Cambios (una
suerte de libro de memorias), se incorporó al Ejército Popular de Liberación en
1976. A nivel de formación estética fue vital su ingreso en 1984 al
departamento de literatura de Instituto de Arte del Ejército Popular de
Liberación y el inicio en 1988 de los cursos de posgrado en la Universidad de Pekín y el Instituto de
Estudios Literarios Lu Xun. Su primera novela fue Lluvia en una noche de primavera (1981) y de todas las demás
publicadas se encuentran en castellano: El
rábano transparente (1986), Sorgo
rojo (1987), Las baladas del ajo
(1988), La república del vino (1992),
Grandes pechos, amplias caderas (1996),
La vida y la muerte me están desgastando
(2006), y Rana (2009). Una selección
de sus cuentos circuló con el título Shifui,
harías cualquier cosa por divertirte (1999). Justamente el cuento que da título al libro
antes mencionado fue llevado al cine en el 2000 con el nombre Días felices, bajo la dirección del reconocido
cineasta chino Zhang Yimou, quien en
1987 filmó la novela Sorgo Rojo (la
película homónima ganó el Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de
Berlín). Mo Yan es el segundo autor
chino merecedor de Premio Nobel de Literatura, previamente lo había obtenido en
el 2000 Gao Xingjian, dramaturgo y novelista exiliado en Paris desde 1987.
El
hambre como musa: miradas diversas
Artistas
de diferentes épocas han expresado que las guerras y las hambrunas han
inspirado grandes creaciones estéticas. Ante los asedios de la muerte y la
angustia por la ausencia de alimentos quedan los caminos de la catarsis y de la
sublimación. Las precariedades del cuerpo se compensan con los frutos del arte.
Este último puede servir tanto para la evasión como también para confrontar las
miserias de un pueblo. Cervantes dice que “el año que es abundante en poesía,
suele serlo de hambre” (2008, p. 147). Hippolyte Adolphe Taine declaró que “el
hambre suele producir poemas inmortales. La abundancia únicamente indigestiones
y torpezas” (1954, p. 67). Novelas
inmortales estructuran sus tramas a partir de un asunto de hambre que termina
comprometiendo presente y futuro: Jean Valjean robando un pan para alimentar a
su familia en Los miserables, de
Víctor Hugo.
El
hambre como inspiradora de belleza ha sido también objeto de reflexión por
parte de Mo Yan, no en vano el prefacio de Shifui,
harías cualquier cosa por divertirte se titula “Hambre y soledad: mis
musas”. Allí recuerda uno de los días de primavera en 1961 cuando en compañía
de varios niños de colegio no quedó más remedio que devorar trocitos de carbón.
Años después, cuando conoció en el campo a un estudiante al que expulsaron de
la universidad bajo sospecha de “derechista”, le escuchó que una alternativa para comer dignamente era
ser escritor:
El estudiante
derechista dijo que conocía a alguien que había escrito un libro cuyos derechos
de autor habían generado miles, e incluso decenas de miles de yuanes. El tipo
comía cada día jiaozi, esas deliciosas bolas de masa cocida, rellenas con carne
de cerdo, en el desayuno, la comida y la cena, con el aceite chorreando con
cada mordisco. Cuando le dijimos que no nos creíamos que nadie fuera tan rico
como para comer jiaozi tres veces al
día, el ex estudiante nos contestó con desdén:
-¡Es
escritor, por el amor de Dios! ¿No lo entendéis? ¡Escritor!
Eso era todo
lo que necesitaba saber: conviértete en escritor y podrás comer jiaozi tres
veces al día. Es lo mejor que puede haber en la vida. Porque, ni los dioses
podrían hacerlo mejor. Fue entonces cuando decidí que algún día me convertiría
en escritor (2012, p. 16).
Mo Yan resalta que mientras muchos
comenzaron a escribir relatos porque querían ser “arquitectos del alma” (p. 17),
su “motivación era mucho más primitiva: ardía en deseos de comer bien” (p. 17).
Otra cosa fue que con el tiempo fue madurando la idea de que más allá del
talento para contar historias que redundaran en el bolsillo y el bienestar
propio, la literatura también podía
explorar las necesidades ajenas. Tenía claro que se acentúa el “sufrimiento del alma” cuando existe la
“agonía física que conlleva el hambre”. Un estómago vacío despierta con mayor
fuerza tristezas y agudos cuestionamientos a la existencia. Vale recordar el
soneto “Diálogo entre Babieca y Rocinante” en Don Quijote de la Mancha; allí el caballo del Mío Cid dice:
“metafísico estáis” (2008, p. 25), a lo cual responde Rocinante: “Es que no
como” (p. 25). Esta alusión al Quijote en relación al pensamiento de Mo Yan no
resulta gratuita puesto que la obra de Cervantes es aludida en las narraciones
del Premio Nobel de Literatura 2012. Relevante
es, en este sentido, el personaje trágico de Chen Bi en la novela Rana, quien en el Restaurante Don Quijote mendiga a los clientes hablando y vistiendo
como el Hidalgo de la Mancha. Esa necesidad de auscultar el alma cuando está comprometida la supervivencia fue
la que llevó a Mo Yan a consolidar relatos nutriéndose de las propias vivencias
e historias aprendidas cuando vivió en el campo. Al respecto, señala en el
prefacio de Shifui, harías cualquier cosa
por divertirte: “aparentemente puede parecer que cada novela no tiene
absolutamente nada que ver con las otras, pero en esencia todas ellas se
asemejan bastante: expresan el anhelo de una vida digna de un niño solitario
con miedo a pasar hambre” (2012, p. 19).
Hambre,
memoria y escritura
Los
tres elementos mencionados anteriormente son ejes de la novela Rana. En ella hay un curioso juego
metaficcional donde se entremezclan novela, género epistolar y teatro. El
narrador-personaje Wan Zu, cuyo nombre artístico es Renacuajo, escribe 5 cartas
(ubicadas al inicio de cada parte de la novela) dirigidas al autor japonés
Sugitani Gijin. En dichas cartas le cuenta de su labor como dramaturgo y de su
interés de redactar una obra de teatro donde su protagonista es una tía
ginecóloga. Con las primeras cuatro
cartas viene, junto a las reflexiones sobre su quehacer literario, la historia
de la tía que piensa llevar a las tablas (generando entre la primera y la
cuarta parte una novela). Tras la quinta carta viene ya no la narración sobre
la tía, sino la obra de teatro titulada Rana,
donde ella es también protagonista.
En las
cartas de Rana se rememoran los años
de infancia y adultez del anciano narrador,
como también de sus familiares. Su protagonista es la tía Wan Xin (nacida el 13
de junio de 1937). La tía, como ginecóloga, había traído al mundo a más de 8000
niños y practicado 2800 abortos. Como funcionaria del Partido Comunista atendía
en su población las radicales medidas de natalidad proclamadas por el gobierno
en torno al hijo único. La férrea disciplina de la tía y sus peligrosas
persecuciones a parejas que querían ocultar un segundo embarazo ocupan buena
parte de la novela. En su vejez, la anciana tía se casa con un maestro orfebre para
ayudarle a crear 2800 muñecos de barro (perfectos, casi humanos, como si dentro
del barro existiera alma) y así tratar de apaciguar las culpas por cada niño que hiciera abortar
sus manos.
En Rana, lo histórico se cruza con lo fantástico para posibilitar
páginas conmovedoras donde sale a relucir la idea de que la belleza aplaca los
horrores de la muerte. Además, la novela recrea con nitidez la dura vida de los
campesinos en Gaomi y las tensiones entre las políticas de Estado, la medicina
y los imaginarios populares. Esto le da un matiz especial a la obra en tanto se
narran “las creencias, las supersticiones, las referencias históricas con un
cierto tono de picaresca y de leyenda” (Argüello, 2013). La sabiduría popular y los cuentos de los abuelos dan dinamismo a la
novela. Ese aprender a escribir captando los mecanismos con que cuentan sus
historias los viejos de las provincias es a lo que alude Mo Yan cuando en su
discurso del Nobel menciona la influencia de Gabriel García Márquez. A
semejanza del creador de Cien años de
soledad, el alimento para sus ficciones son “cuentos sobre fantasmas y
duendes, muchas leyendas históricas, anécdotas interesantes que estaban
estrechamente vinculadas con la naturaleza local y la historia familiar (2012,
p. 5); fue un largo periodo donde aprendió a “leer con las orejas” (p. 5).
Ese “leer con las orejas” para luego crear ficciones propias entraña
un acto de antropofagia literaria: una obra que se alimenta de otras voces, incorporando
a un texto las virtudes de otros para crear un todo armónico. La antropofagia
de Mo Yan le permitió hacer ficciones a partir de anécdotas, imaginarios
populares e historias de su natal Gaomi. Por eso, sus años de infante
hambriento viviendo o escuchando historias donde se referían formas anómalas de
alimentarse derivarían con el tiempo en relatos con elementos fabulosos: los
niños que comen carbón hacen parte de Rana
y Cambios; aquellos que
masticaron fragmentos de metal figuran en el cuento “Niños de Hierro”, incluido
en Shifui, harías cualquier cosa por
divertirte; incluso los perros hambrientos que devoran los cuerpos recién
fusilados de los opositores durante las “purgas políticas” en la década del
cincuenta salen en el cuento titulado “La cura”. Esa antropofagia con la
cultura oral y con su pasado es resaltada por Mo Yan en el discurso del Nobel:
“Lo que hice fue muy sencillo: contar mis cuentos a mi manera. Mi manera es la
misma de los cuentacuentos de mercado de mi pueblo, a quienes conocía muy bien;
es también la manera de mis abuelos y los ancianos de mi pueblo natal” (2012,
p. 6).
Mo Yan logró estructurar un universo narrativo a partir del
hambre y la memoria; ambas hacen parte del arsenal de sus argumentos pero
también de su propia poética. Sin descuidar la verosimilitud, el recurso
fantástico y las técnicas narrativas aprendidas de sus lecturas del canon
universal, supo alimentarse de los tonos y ritmos de los contadores de historia
populares, al igual que de sus más
íntimos recuerdos. Estos, al ser
refigurados en la ficción, han permitido que en sus relatos se fundan su
memoria individual con la Historia de China.
Referencias
Argüello, R. (1 de Enero del 2013). Mo
Yan, un premio Nobel para ser leído. El Tiempo.
Recuperado de:
www.eltiempo.com/entretenimiento/libros/articulo-web-new_nota_interior-12486461.html
Cervantes, M. (2008). Don Quijote de la Mancha. Lima: Punto de Lectura, Santillana.
Mo Yan (2012). Cambios. Barcelona: Editorial Seix Barral.
Mo Yan (7 de Diciembre de 2012). Mo Yan:
cuentacuentos. Fundación Nobel.
Recuperado de:
http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/2012/yan-lecture_sp.pdf
Mo Yan (2012). Rana. Madrid: Editorial Kailas.
Mo Yan (2012). Shifui, harías cualquier cosa por divertirte. Madrid: Editorial
Kailas.
Taine, H. (1954). Del ideal en el arte. Buenos Aires: Editorial Tor.
domingo, octubre 06, 2013
EL SECRETO DE SUS OJOS: LA ESTÉTICA DE LA CONMOCIÓN
Por Jorge Ladino
Gaitán Bayona
(Profesor de Literatura de la Universidad del Tolima,
Integrante de la Tertulia Tinta de Búho)

Alex de la Iglesia señaló alguna
vez que “lo fascinante del cine es colocar al espectador en posiciones morales
en las que nunca estuvo”. Esto es, justamente, lo que ocurre cuando se mira El secreto de sus ojos (2009), película
argentina ganadora de diversos reconocimientos en su país, como también en otras
latitudes, entre los que vale mencionar el Premio Goya como mejor película
hispanoamericana, el Óscar a mejor película en habla no inglesa en el 2010 y el
premio especial del jurado y el premio del público en el Festival Internacional de Cine de La Habana.
No sólo se trata de una bella cinta
que tiene todo el tiempo atrapado al espectador con una trama verosímil, llena
de giros y matices al involucrar componentes del policial negro en el que se
dan tanto el crimen pasional como la violación de la ley por las propias
instituciones estatales, en este caso, de la Argentina de los años setenta. Además, encanta la música que acentúa la tensión en
varias de las atmósferas generadas (compuesta por el pianista Federico Jusid),
unas actuaciones bien logradas en las
que hasta los papeles aparentemente más pequeños resultan evocadores, y una
apertura polifónica frente al tema de la pasión en sus múltiples formas: en el
amor, la venganza, el fútbol y la bohemia.
Toda la historia está libre de moralismos o de una voz dominante que
imponga su punto de vista. Allí, tanto
el juez federal (Benjamín Espósito, quien investiga la muerte de una bella joven
tras su violación), como el espectador, se ven sacudidos por diversas
situaciones y un desenlace insospechado
que desarma cualquier discurso moral sobre
la venganza y los límites entre el deseo individual y las leyes impuestas por
un colectivo.
El secreto de sus ojos está basada
en la novela La pregunta de sus ojos (2005),
del escritor argentino Eduardo Saciheri. El elenco está conformado por Ricardo Darín,
Soledad Villamil, Pablo Rago, Guillermo Francella y Javier Godino. La construcción del guión a partir de la
novela corrió a cargo de Juan José Campanella, quien es también el director de
la cinta. Previamente su película El hijo
de la novia había obtenido
diferentes galardones internacionales, además de la nominación al Óscar
como mejor film extranjero en el 2001.
Nada parece abandonado al azar en
esta película. Los tiempos allí desarrollados cuadran a la perfección: el
tiempo presente de Benjamín Espósito como jubilado de un juzgado penal queriendo llenar sus
horas con la construcción de una novela a partir de un caso irresoluto en los
años setenta; el tiempo pasado recreado tanto por la memoria de los personajes,
como por las escenas de la novela que se visualizan al espectador; el tiempo
posterior a la escritura del texto narrativo, en la década actual, donde el
juez retirado descubre qué pasó con el asesino de la mujer violada. Todos los
tiempos se funden en un solo tiempo final
sin que se generen confusiones.
Los personajes mutan a lo largo de la cinta. Son
complejos y se ven sometidos a circunstancias que los llevan a trasgredir sus
códigos éticos con relación a sus propósitos: desde el mismo asesino hasta sus
investigadores. La mirada del espectador cambia frente a ellos: al que se ve
como culpable se termina compadeciendo; al que lucía como tonto enamorado se le
descubre genial por la forma como cumple sus promesas; el que parecía un simple
pensionado, condenado a la soledad y la
escritura, se le otorga la admiración por encarar el amor en la vejez; al que
se le podría reprochar que como ayudante del juez se escapara para
emborracharse mientras se estudiaban los casos, se termina amando porque
descubre el sentido de las pistas justo en las tabernas, siendo capaz de los
actos más leales de amistad en los momentos crudos (cuando el crimen pacta con
el Estado para acabar a sus propios jueces).
A esta obra de la cinematografía latinoamericana muy
seguramente el tiempo como juez implacable le dará el carácter de clásico. Sin
descuidar su estética (juega con la ironía, los símbolos, los índices, y la
literatura) permite múltiples miradas y satisface los más heterogéneos gustos.
Al que goza del género negro (en su variante latinoamericana) le brinda una
historia sorprendente en la que se entrecruzan la corrupción, la política y el
vano descubrimiento de una verdad frente a poderes a los que poco importa la
aplicación del código jurídico. A los que prefieren las historias de amor le
otorga una llena de poesía y libre de melodramas. Del mismo modo, ofrece una oda a la amistad desde la relación
entre el juez y su ebrio subordinado. A quienes les gusta que el cine narre las
contracaras de la historia, le otorga un fresco crítico del miedo, las
persecuciones y abusos de autoridad en la Argentina de los años setenta. Es una
película que desde lo local llega a lo universal por la calidad de su historia
y la forma como se funda la psiquis del
hombre y la mujer en sus turbaciones, anhelos y ajustes de cuentas con el
pasado.
____________________________________
Este texto fue publicado en la Revista Candilejas, de la
Universidad del Tolima. Para efectos de citación:
Gaitán Bayona, Jorge Ladino. El secreto de sus ojos: la estética de la conmoción. Candilejas, revista cinema itinerante.
Centro Cultural, Universidad del Tolima, semestre B de 2013, Volumen 1, No. 2,
p.p. 6-7.
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