miércoles, noviembre 06, 2013

“DESPIERTA DE UNA VEZ”: PALOSANTO DE ENRIQUE BUNBURY

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de la Universidad del Tolima,
Integrante de la Tertulia Tinta de Búho


Bunbury, peregrino de canciones y libros (no en vano su nombre artístico lo toma de un personaje de la novela La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde) nunca se queda quieto en una sola propuesta estética. Sus discos no son simples variaciones de un mismo concepto. Por eso, luego de Licenciado Cantinas (un álbum donde hace sus versiones de clásicos populares de la música latinoamericana), sorprende con Palosanto (2013), un disco de rock que oscila entre una lectura mordaz del mundo contemporáneo y la mirada interior que indaga los sentidos del amor, de la solidaridad, del propio arte y de una conciencia crítica frente al pasado pues “cada esquina / nos devuelve nuestra historia”, tal como lo indica en el tema “Plano secuencia”.

Varias canciones del más reciente disco de Enrique Bunbury tienen letras de una cuidadosa elaboración poética, por ejemplo “Noticias imperiales”,  donde se encuentran versos como “riega mis desiertos / de cuerpo prestado”. En dicha canción pareciera advertir que en las cosmogonías antiguas hay muchas enseñanzas valiosas para los problemas de hambre y destrucción de la naturaleza que agobian el presente. De ahí que invite a revisitar los tiempos del mito y de los rituales aztecas: “…y las alas de tus pies / de plumas de Quetzal / recaudadas en ofrendas”.  Para el artista español, en vez de las épicas que han hecho “de la historia un fraude”, es primordial romper con los nacionalismos y no olvidar cuanto horror provocaron los Cortés, Aguirre, Pizarro, Fujimori o Pinochet; todos ellos apellidos monstruosos a los que se hace el ajuste de cuentas en la canción “Hijo de Cortés”: “No me digas hijo de Cortés / no digas más palabrotas / que Moctezuma jamás se vengó / de este vuestro hermano sincero o idiota”.



Resulta fundamental resaltar que la belleza de Palosanto se funda en la embriaguez sonora de sus canciones: el rock se enriquece con elementos sinfónicos y hasta el  góspel de un trio de mujeres. Su belleza posibilita, a la vez, una  reflexión sobre la historia (el eco de los horrores de la Conquista y las dictaduras en Suramérica) y un presente donde las manifestaciones y protestas se toman las calles para denunciar múltiples crímenes económicos, sociales y culturales de la globalización. Justamente el primer tema del disco se titula “Despierta” y en él –como lo sugiere igualmente el video musical- es necesario romper con una vida zombi que repite en el confort de la casa lo que dicen los aparatos titilantes (televisores y tecnologías que ponen la virtualidad por encima de la experiencia): “Despierta de una vez / respira / y bébete el aire”. El mismo Bunbury ha reconocido que durante la composición del álbum las expresiones rebeldes estallaban en varias geografías:

En los tres años en los que estuve escribiendo el material que configura este álbum, el hartazgo y alienación llevó a jóvenes y no tan jóvenes, a salir a la calle a manifestar el descontento y desencanto, en México, España, Chile, Colombia y USA. En Grecia, en Túnez, en Inglaterra y en tantos otros lugares del mundo, simultáneamente. Intenté hacer un disco social y dar voz a un sentimiento general, pero he vuelto a hablar de mí mismo y de cómo lo viví y sentí. Divido el álbum en dos partes: La primera, musicalmente más digital y tecnológica, abarca el inicial entusiasmo, el cinismo de algunos, la desesperación y negatividad de otros y la lógica conclusión de que ninguna revolución triunfó sin derramamiento de sangre. La segunda, musicalmente más orgánica, es la mirada hacia el interior: el verdadero cambio sólo es posible en un círculo mínimo de amistad o de pareja, la validez y actualidad de la cosmogonía indígena, y la conclusión final de que el verdadero cambio empieza y acaba en uno mismo y que todo cambio, o es verdaderamente espiritual, o no lo es  (Bunbury, Palosanto: un modelo de ovni vintage de los cincuenta, 2013).


Palosanto, el octavo álbum de estudio en solitario del cantautor nacido en Zaragoza en 1967, es el fruto depurado de un artista que no olvida su condición de intelectual.  Por eso sus quince canciones no carecen de contexto, de malestar social,  lectura trágica del mundo y grito para dar vuelo otra vez a la rebeldía, tal como señala en “El cambio y la celebración”: “Muere un poco / para nacer mejor / de un parto doloroso / es el cambio y la celebración / te guía la luna / y te alimentas del sol”. Ellas están cargadas de gestos reflexivos; son una suerte de arte poética pues invitan a crear canciones que estén llenas de pasos, de caminos, de historias donde el sujeto individual se reconozca como sujeto colectivo, tal como advierte en “Prisioneros”: “Las grandes canciones / son las que necesitamos / al ritmo sincopado / de las suelas de tus zapatos”.  



Referencias


Bunbury, E. (2013). Palosanto. Ocesa. Distribuido por Warner Music Colombia.

Bunbury, E. (2013). Palosanto: un modelo de ovni vintage de los cincuenta. Página oficial de Enrique Bunbury. Recuperado de: http://www.enriquebunbury.com/


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Esta reseña figura también en la página oficial de Enrique Bunbury. Ver acá:


domingo, octubre 13, 2013

BALADAS PARA QUEDARNOS CON LENNON




Por Juan Guillermo Álvarez Ríos



¿Por qué te extrañamos, si somos polvo en el viento? ¿Por qué, si fuiste tan sólo un grano de polvo flotante en la inmensidad de las galaxias?


Baladas líricas, tristes (“algo de treno ocultarán mis epitalamios”), de exorcista y viajero a la tierra de los muertos, baladas de amor trunco, de la cárcel de Reading y el Nevermore del cuervo, de lunas amordazadas en fila india en una Nueva York que te conmina a seguir, que refluye sobre tu dolor, Yoko, y exacerba tu soledad no digerida, es el formato dúctil que elige Jorge Gaitán para ponernos de presente que el Beatle por antonomasia nos fue arrebatado pero no ha sido olvidado. 

Gracias, Gaitán, tus baladas para el ausente eran esperadas tácitamente por muchos de nosotros, más bien un puñado de insomnes que amamos a John Lennon y nos quedamos con su música. Que fuimos vapuleados aquella noche del ocho de diciembre del ochenta (no veremos el ochenta de otro siglo), sin que estuviéramos preparados para decirle adiós, y que lo echamos de menos desde entonces.

Los cuarenta años de tu carne son menos de los que cualquiera de tus fans tiene ahora, John. El tiempo nos ha rasado en cuarentones y nos iguala a ti, el ausente: “los fantasmas no envejecen, / llevan la edad de su muerte”. Yesterday es más espanto que nostalgia para Yoko, aunque quiera demorarse en un arte que te recree: “Quiero dibujarte, / desnudar tus lentes para que tus ojos corran, / perros hambrientos en la noche exacta de mi vientre. / Te regalo mi cuerpo, / guitarra en la lluvia de tus dedos. / ¡Desata mis cuerdas, la banda sonora de mis nervios!”

Pero cómo ser más conscientes de la pérdida que del modo íntimo y minucioso de la poesía encarnada en tu mujer, en tu musa oriental: “Ofrenda o jauría, siempre habré de esperarte”. Eurídice no te trajo de vuelta (“si pudiera escapar a otra música, a otro infierno”), pero viajamos su viaje, su conjuro de tu mala muerte, y regresamos respirando mejor. Pero tú no vuelves con nosotros (“a esta herida no la cura el regreso”). Eurídice volverá a Orfeo para quedarse con él: “A tu muerte llevaré mi muerte”. Yoko-Virginia Woolf-Scherezada-Dido-Cleopatra-Ofelia: el deseo y la muerte, uno en todas.

La música doma las fieras pero no es la profilaxis adecuada contra la locura. “También el silencio es una canción sin orillas”. Las baladas conjuran tu dolor pero no perturbarán tu silencio. Sin embargo, sí conjuran el nuestro, nuestro silencio de estupor que quiere tejerse despacio, hacer su figura y comprenderla. Porque no estamos rotos como tú, la onda expansiva de la brutal bola de nieve no nos toca apenas, a ti te da en pleno pecho, escolar del cosmos, demasiado sensible por amor, demasiado su pan y su sombra, regazo de John, para no ser destrozada, talada desde abajo.

Baladas derramadas sobre tu dolor como el bálsamo de todo gran arte, cuyo efecto se consigue por vía de la desaceleración. El ralentí del arte es nuestro corazón que te recobra, es el nunca cotidiano lamento de Yoko en los lugares compartidos, en la piel que es lugar de privilegio y exacerbación, ese desandar los pasos de ambos para propiciar tu adiós, el adiós que ustedes dos hubieran preferido y no se dieron.

Porque “no elegimos el final, / las formas de la ausencia, / las palabras que nos nombran.” Las palabras que hacen eco de otros momentos en latitudes diversas y con protagonistas extraños: “es como el dolor que aprende a sobrevivirse” nos recuerda al remate de El Proceso, de Kafka: “y fue como si la vergüenza hubiera de sobrevivirlo”.


Ars poética o modus operandi


En un gesto de prístina poesía, Gaitán devuelve a la mujer la facultad de nombrar y cantar, de conjurar los muertos y dolerse de un mundo despojado de su majestad matriarcal; la mujer da nombre a su hijo y dice adiós a los que parten. Y responde a la pregunta esencial de la poesía (¿qué queda de las personas amadas?): “Sólo quedan tus canciones, / morar tu voz, / la sombra de tus dedos en el piano.” 

El Preludio nos ofrece a una Yoko envuelta en una atmósfera hamletiana (“todos los días son ocho de diciembre y estás aquí”), luctuosa, vindicatoria y fantasmal. Lennon vuela al revés por las páginas del libro que lo conjura, mansión virtual desde la que Yoko canta. Baladas, poemas líricos de claras imágenes y destinatarios fantasmales, que nos dan lo que de otra forma es imposible: encerrando en palabras el ser del otro, abriendo su alma para que entremos en escenarios impensados y sin embargo familiares, para que la parcela de lo humano se ahonde y el dolor fructifique en algo que se pueda llamar nuestro. 

Porque no nos es dado pedir (“¡Oh John, si volviéramos como las flechas/ que nunca partieron!”). No es hora de espejismos: los dioses nunca fueron y el cuerpo que se sabía guitarra se mira guijarro, la música -que no nos salvará- es todo lo que tenemos para volar.


Esta reseña de Juan Guillermo Álvarez Ríos sobre el libro de poemas Baladas para el ausente, de Jorge Ladino Gaitán Bayona, fue publicada el 14 de Julio de 2013 en La crónica del Quindío. Disponible en:


LA ESTÉTICA DEL HAMBRE EN MO YAN, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2012


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de Literatura de la Universidad del Tolima,
Integrante de la Tertulia Tinta de Búho,
jlgaitan@ut.edu.co).





Preámbulo



En el discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 2012 Mo Yan resaltó: “la literatura puede nacer de la realidad e incluso superarla, puede preocuparse de la política pero debe estar por encima de ella” (p. 9). Esta consideración es pertinente a la hora de pensar que la narrativa del galardonado escritor ha sorteado los ataques de defensores y disidentes  de la República Popular China. Tal como refiere en el prefacio de Shifui, harías cualquier cosa por divertirte, su primer relato no fue publicado por no ser “suficientemente revolucionario” (2012, p. 18) durante la Revolución Cultural de Mao, en la cual “los temas prohibidos iban desde las historias de amor a los errores del Partido” (p. 18).  Tampoco los opositores del gobierno se sienten cómodos con Mo Yan y así lo han expresado artistas e intelectuales como Ai Weiwei y Liao Yiwu.


A pesar de haber hecho parte del ejército comunista, en su narrativa lanza  duros cuestionamientos a las censuras y crímenes cometidos por la izquierda contra opositores a los que llamaban “derechistas” a fines de la década del cincuenta, situación recreada en la novela Rana o en el cuento “La cura” (perteneciente a Shifui, harías cualquier cosa por divertirte). Además, sus personajes no se reducen a la ejemplificación del bien o del mal; existe en Mo Yan una comprensión de las ambigüedades del ser humano, pues, como dice en Cambios, “los grandes canallas tienen algo de héroes y los grandes héroes tienen algo de canallas” (2012, p. 17).


La polémica impulsada por extremistas de un lado o del otro que consideran que la belleza tiene que verse eclipsada por el fervor de una causa política ha desconocido la calidad de una obra donde un alto poder de rememoración logra explorar, con una poética sencillez, las fibras interiores de personajes cuyas historias personales tienen que ver con la historia de China. Mo Yan contextualiza buena parte de sus narraciones en Gaomi (donde nació) y explora los periplos de campesinos y seres de oficios sencillos que buscan formas certeras de derrotar el hambre, bien sea desde el plano de las armas o desde las letras, como se descubre en la novela Rana. Justamente el hambre es un tema fundamental tanto en las creaciones estéticas como en las reflexiones de Mo Yan. Previo al acercamiento  a una estética del hambre en Mo Yan, se ofrece al lector una breve mirada a la biografía y bibliografía del autor.


“No hables”, el autor.


Mo Yan (que en mandarín traduce “No hables”) corresponde a un seudónimo del escritor chino Guan Moye, quien nació en Gaomi, en la provincia de Shandong en 1955. Su familia, de precarios recursos, se dedicaba a las labores del campo. Tal como refiere en Cambios (una suerte de libro de memorias), se incorporó al Ejército Popular de Liberación en 1976. A nivel de formación estética fue vital su ingreso en 1984 al departamento de literatura de Instituto de Arte del Ejército Popular de Liberación y el inicio en 1988 de los cursos de posgrado en  la Universidad de Pekín y el Instituto de Estudios Literarios Lu Xun. Su primera novela fue Lluvia en una noche de primavera (1981) y de todas las demás publicadas se encuentran en castellano: El rábano transparente (1986), Sorgo rojo (1987), Las baladas del ajo (1988), La república del vino (1992), Grandes pechos, amplias caderas (1996), La vida y la muerte me están desgastando (2006), y Rana (2009). Una selección de sus cuentos circuló con el título Shifui, harías cualquier cosa por divertirte (1999).  Justamente el cuento que da título al libro antes mencionado fue llevado al cine en el 2000 con el nombre Días felices, bajo la dirección del reconocido cineasta chino  Zhang Yimou, quien en 1987 filmó la novela Sorgo Rojo (la película homónima ganó el Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín). Mo Yan es el segundo autor chino merecedor de Premio Nobel de Literatura, previamente lo había obtenido en el 2000 Gao Xingjian, dramaturgo y novelista exiliado en Paris desde 1987.


El hambre como musa: miradas diversas


Artistas de diferentes épocas han expresado que las guerras y las hambrunas han inspirado grandes creaciones estéticas. Ante los asedios de la muerte y la angustia por la ausencia de alimentos quedan los caminos de la catarsis y de la sublimación. Las precariedades del cuerpo se compensan con los frutos del arte. Este último puede servir tanto para la evasión como también para confrontar las miserias de un pueblo. Cervantes dice que “el año que es abundante en poesía, suele serlo de hambre” (2008, p. 147). Hippolyte Adolphe Taine declaró que “el hambre suele producir poemas inmortales. La abundancia únicamente indigestiones y torpezas” (1954, p. 67).  Novelas inmortales estructuran sus tramas a partir de un asunto de hambre que termina comprometiendo presente y futuro: Jean Valjean robando un pan para alimentar a su familia en Los miserables, de Víctor Hugo.


El hambre como inspiradora de belleza ha sido también objeto de reflexión por parte de Mo Yan, no en vano el prefacio de Shifui, harías cualquier cosa por divertirte se titula “Hambre y soledad: mis musas”. Allí recuerda uno de los días de primavera en 1961 cuando en compañía de varios niños de colegio no quedó más remedio que devorar trocitos de carbón. Años después, cuando conoció en el campo a un estudiante al que expulsaron de la universidad bajo sospecha de “derechista”, le escuchó  que una alternativa para comer dignamente era ser escritor:


El estudiante derechista dijo que conocía a alguien que había escrito un libro cuyos derechos de autor habían generado miles, e incluso decenas de miles de yuanes. El tipo comía cada día jiaozi, esas deliciosas bolas de masa cocida, rellenas con carne de cerdo, en el desayuno, la comida y la cena, con el aceite chorreando con cada mordisco. Cuando le dijimos que no nos creíamos que nadie fuera tan rico como  para comer jiaozi tres veces al día, el ex estudiante nos contestó con desdén:

-¡Es escritor, por el amor de Dios! ¿No lo entendéis? ¡Escritor!

Eso era todo lo que necesitaba saber: conviértete en escritor y podrás comer jiaozi tres veces al día. Es lo mejor que puede haber en la vida. Porque, ni los dioses podrían hacerlo mejor. Fue entonces cuando decidí que algún día me convertiría en escritor (2012, p. 16).


Mo Yan resalta que mientras muchos comenzaron a escribir relatos porque querían ser “arquitectos del alma” (p. 17), su “motivación era mucho más primitiva: ardía en deseos de comer bien” (p. 17). Otra cosa fue que con el tiempo fue madurando la idea de que más allá del talento para contar historias que redundaran en el bolsillo y el bienestar propio, la literatura también  podía explorar las necesidades ajenas. Tenía claro que se acentúa el  “sufrimiento del alma” cuando existe la “agonía física que conlleva el hambre”. Un estómago vacío despierta con mayor fuerza tristezas y agudos cuestionamientos a la existencia. Vale recordar el soneto “Diálogo entre Babieca y Rocinante” en Don Quijote de la Mancha; allí el caballo del Mío Cid dice: “metafísico estáis” (2008, p. 25), a lo cual responde Rocinante: “Es que no como” (p. 25). Esta alusión al Quijote en relación al pensamiento de Mo Yan no resulta gratuita puesto que la obra de Cervantes es aludida en las narraciones del Premio Nobel de Literatura 2012.  Relevante es, en este sentido, el personaje trágico de Chen Bi en la novela Rana, quien en el Restaurante Don Quijote mendiga a los clientes hablando y vistiendo como el Hidalgo de la Mancha. Esa necesidad de auscultar  el alma  cuando está comprometida la supervivencia fue la que llevó a Mo Yan a consolidar relatos nutriéndose de las propias vivencias e historias aprendidas cuando vivió en el campo. Al respecto, señala en el prefacio de Shifui, harías cualquier cosa por divertirte: “aparentemente puede parecer que cada novela no tiene absolutamente nada que ver con las otras, pero en esencia todas ellas se asemejan bastante: expresan el anhelo de una vida digna de un niño solitario con miedo a pasar hambre” (2012, p. 19).


Hambre, memoria  y escritura


Los tres elementos mencionados anteriormente son ejes de la novela Rana. En ella hay un curioso juego metaficcional donde se entremezclan novela, género epistolar y teatro. El narrador-personaje Wan Zu, cuyo nombre artístico es Renacuajo, escribe 5 cartas (ubicadas al inicio de cada parte de la novela) dirigidas al autor japonés Sugitani Gijin. En dichas cartas le cuenta de su labor como dramaturgo y de su interés de redactar una obra de teatro donde su protagonista es una tía ginecóloga. Con  las primeras cuatro cartas viene, junto a las reflexiones sobre su quehacer literario, la historia de la tía que piensa llevar a las tablas (generando entre la primera y la cuarta parte una novela). Tras la quinta carta viene ya no la narración sobre la tía, sino la obra de teatro titulada Rana, donde ella es también protagonista. 


En las cartas de Rana se rememoran los años de infancia y adultez  del anciano narrador, como también de sus familiares. Su protagonista es la tía Wan Xin (nacida el 13 de junio de 1937). La tía, como ginecóloga, había traído al mundo a más de 8000 niños y practicado 2800 abortos. Como funcionaria del Partido Comunista atendía en su población las radicales medidas de natalidad proclamadas por el gobierno en torno al hijo único. La férrea disciplina de la tía y sus peligrosas persecuciones a parejas que querían ocultar un segundo embarazo ocupan buena parte de la novela. En su vejez, la anciana tía se casa con un maestro orfebre para ayudarle a crear 2800 muñecos de barro (perfectos, casi humanos, como si dentro del barro existiera alma) y así tratar de apaciguar  las culpas por cada niño que hiciera abortar sus manos.


En Rana,  lo histórico se cruza con lo fantástico para posibilitar páginas conmovedoras donde sale a relucir la idea de que la belleza aplaca los horrores de la muerte. Además, la novela recrea con nitidez la dura vida de los campesinos en Gaomi y las tensiones entre las políticas de Estado, la medicina y los imaginarios populares. Esto le da un matiz especial a la obra en tanto se narran “las creencias, las supersticiones, las referencias históricas con un cierto tono de picaresca y de leyenda” (Argüello, 2013). La sabiduría popular y los cuentos de los abuelos dan dinamismo a la novela. Ese aprender a escribir captando los mecanismos con que cuentan sus historias los viejos de las provincias es a lo que alude Mo Yan cuando en su discurso del Nobel menciona la influencia de Gabriel García Márquez. A semejanza del creador de Cien años de soledad, el alimento para sus ficciones son “cuentos sobre fantasmas y duendes, muchas leyendas históricas, anécdotas interesantes que estaban estrechamente vinculadas con la naturaleza local y la historia familiar (2012, p. 5); fue un largo periodo donde aprendió a “leer con las orejas” (p. 5).


Ese “leer con las orejas” para luego crear ficciones propias entraña un acto de antropofagia literaria: una obra que se alimenta de otras voces, incorporando a un texto las virtudes de otros para crear un todo armónico. La antropofagia de Mo Yan le permitió hacer ficciones a partir de anécdotas, imaginarios populares e historias de su natal Gaomi. Por eso, sus años de infante hambriento viviendo o escuchando historias donde se referían formas anómalas de alimentarse derivarían con el tiempo en relatos con elementos fabulosos: los niños que comen carbón hacen parte de Rana y Cambios; aquellos que masticaron fragmentos de metal figuran en el cuento “Niños de Hierro”, incluido en Shifui, harías cualquier cosa por divertirte; incluso los perros hambrientos que devoran los cuerpos recién fusilados de los opositores durante las “purgas políticas” en la década del cincuenta salen en el cuento titulado “La cura”. Esa antropofagia con la cultura oral y con su pasado es resaltada por Mo Yan en el discurso del Nobel: “Lo que hice fue muy sencillo: contar mis cuentos a mi manera. Mi manera es la misma de los cuentacuentos de mercado de mi pueblo, a quienes conocía muy bien; es también la manera de mis abuelos y los ancianos de mi pueblo natal” (2012, p. 6).



Mo Yan logró estructurar un universo narrativo a partir del hambre y la memoria; ambas hacen parte del arsenal de sus argumentos pero también de su propia poética. Sin descuidar la verosimilitud, el recurso fantástico y las técnicas narrativas aprendidas de sus lecturas del canon universal, supo alimentarse de los tonos y ritmos de los contadores de historia populares,  al igual que de sus más íntimos  recuerdos. Estos, al ser refigurados en la ficción, han permitido que en sus relatos se fundan su memoria individual con la Historia de China.



Referencias


Argüello, R. (1 de Enero del 2013). Mo Yan, un premio Nobel para ser leído. El Tiempo. Recuperado de: www.eltiempo.com/entretenimiento/libros/articulo-web-new_nota_interior-12486461.html
Cervantes, M. (2008). Don Quijote de la Mancha. Lima: Punto de Lectura, Santillana.
Mo Yan (2012). Cambios. Barcelona: Editorial Seix Barral.
Mo Yan (7 de Diciembre de 2012). Mo Yan: cuentacuentos. Fundación Nobel. Recuperado de: http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/2012/yan-lecture_sp.pdf
Mo Yan (2012). Rana. Madrid: Editorial Kailas.
Mo Yan (2012). Shifui, harías cualquier cosa por divertirte. Madrid: Editorial Kailas.

Taine, H. (1954). Del ideal en el arte. Buenos Aires: Editorial Tor.

domingo, octubre 06, 2013

EL SECRETO DE SUS OJOS: LA ESTÉTICA DE LA CONMOCIÓN

Por  Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de Literatura de la Universidad del Tolima,
Integrante de la Tertulia Tinta de Búho)

 


Alex de la Iglesia señaló alguna vez que “lo fascinante del cine es colocar al espectador en posiciones morales en las que nunca estuvo”. Esto es, justamente, lo que ocurre cuando se mira El secreto de sus ojos (2009), película argentina ganadora de diversos reconocimientos en su país, como también en otras latitudes, entre los que vale mencionar el Premio Goya como mejor película hispanoamericana, el Óscar a mejor película en habla no inglesa en el 2010 y el premio especial del jurado y el premio del público en el Festival Internacional de Cine de La Habana.


No sólo se trata de una bella cinta que tiene todo el tiempo atrapado al espectador con una trama verosímil, llena de giros y matices al involucrar componentes del policial negro en el que se dan tanto el crimen pasional como la violación de la ley por las propias instituciones estatales, en este caso, de la Argentina de los años setenta. Además,  encanta la música que acentúa la tensión en varias de las atmósferas generadas (compuesta por el pianista Federico Jusid), unas actuaciones  bien logradas en las que hasta los papeles aparentemente más pequeños resultan evocadores, y una apertura polifónica frente al tema de la pasión en sus múltiples formas: en el amor, la venganza, el fútbol y la bohemia.  Toda la historia está libre de moralismos o de una voz dominante que imponga su punto de vista.  Allí, tanto el juez federal (Benjamín Espósito, quien investiga la muerte de una bella joven tras su violación), como el espectador, se ven sacudidos por diversas situaciones  y un desenlace insospechado que desarma  cualquier discurso moral sobre la venganza y los límites entre el deseo individual y las leyes impuestas por un colectivo.


El secreto de sus ojos  está basada en la novela La pregunta de sus ojos (2005), del escritor argentino Eduardo Saciheri.  El elenco está conformado por Ricardo Darín, Soledad Villamil, Pablo Rago, Guillermo Francella  y Javier Godino.  La construcción del guión a partir de la novela corrió a cargo de Juan José Campanella, quien es también el director de la cinta. Previamente su película El hijo de la novia había obtenido  diferentes galardones internacionales, además de la nominación al Óscar como mejor film extranjero en el 2001.


Nada parece abandonado al azar en esta película. Los tiempos allí desarrollados cuadran a la perfección: el tiempo presente de Benjamín Espósito como jubilado  de un juzgado penal queriendo llenar sus horas con la construcción de una novela a partir de un caso irresoluto en los años setenta; el tiempo pasado recreado tanto por la memoria de los personajes, como por las escenas de la novela que se visualizan al espectador; el tiempo posterior a la escritura del texto narrativo, en la década actual, donde el juez retirado descubre qué pasó con el asesino de la mujer violada. Todos los tiempos se funden en un solo tiempo final  sin que se generen confusiones.


Los personajes mutan a lo largo de la cinta. Son complejos y se ven sometidos a circunstancias que los llevan a trasgredir sus códigos éticos con relación a sus propósitos: desde el mismo asesino hasta sus investigadores. La mirada del espectador cambia frente a ellos: al que se ve como culpable se termina compadeciendo; al que lucía como tonto enamorado se le descubre genial por la forma como cumple sus promesas; el que parecía un simple pensionado,  condenado a la soledad y la escritura, se le otorga la admiración por encarar el amor en la vejez; al que se le podría reprochar que como ayudante del juez se escapara para emborracharse mientras se estudiaban los casos, se termina amando porque descubre el sentido de las pistas justo en las tabernas, siendo capaz de los actos más leales de amistad en los momentos crudos (cuando el crimen pacta con el Estado para acabar a sus propios jueces).

A esta obra de la cinematografía latinoamericana muy seguramente el tiempo como juez implacable le dará el carácter de clásico. Sin descuidar su estética (juega con la ironía, los símbolos, los índices, y la literatura) permite múltiples miradas y satisface los más heterogéneos gustos. Al que goza del género negro (en su variante latinoamericana) le brinda una historia sorprendente en la que se entrecruzan la corrupción, la política y el vano descubrimiento de una verdad frente a poderes a los que poco importa la aplicación del código jurídico. A los que prefieren las historias de amor le otorga una llena de poesía y libre de melodramas. Del mismo modo,  ofrece una oda a la amistad desde la relación entre el juez y su ebrio subordinado. A quienes les gusta que el cine narre las contracaras de la historia, le otorga un fresco crítico del miedo, las persecuciones y abusos de autoridad en la Argentina de los años setenta. Es una película que desde lo local llega a lo universal por la calidad de su historia y  la forma como se funda la psiquis del hombre y la mujer en sus turbaciones, anhelos y ajustes de cuentas con el pasado.


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Este texto fue publicado en la Revista Candilejas, de la Universidad del Tolima. Para efectos de citación:


Gaitán Bayona, Jorge Ladino. El secreto de sus ojos: la estética de la conmoción. Candilejas, revista cinema itinerante. Centro Cultural, Universidad del Tolima, semestre B de 2013, Volumen 1, No. 2, p.p. 6-7. 

viernes, julio 26, 2013

FORMAS DEL TIEMPO Y LA MEMORIA: MIENTRAS EL TIEMPO SEA NUESTRO

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Integrante del Grupo en Investigación en Literatura del Tolima,
jlgaitan@ut.edu.co).



Mientras el tiempo sea nuestro (2013) es una antología poética donde se recoge la obra de Lilia Gutiérrez Riveros, Nelson Romero Guzmán, Winston Morales Chavarro, Hernán Vargascarreño y Andrés Berger Kiss. Su bello diseño, adelantado por Ediciones Exilio, está disponible a los lectores tanto en pasta dura como en pasta blanca. Son 339 páginas dando cuenta de diversas relaciones con el tiempo en los cuatro autores colombianos y el escritor húngaro: el tiempo del idilio en Lilia Gutiérrez; el tiempo de la creación pictórica y poética en Nelson Romero; el tiempo del mito en Winston Morales, el tiempo de las digresiones –sobre el viaje, los trenes y la palabra- en Hernán Vargascarreno; y el tiempo de la memoria en Andrés Berger Kiss.

La sección antológica de Lilia Gutiérrez Riveros se titula “Inventario 1985-2012” (p.p. 21-81). Esta poeta, nacida en Macaravita-Santander en 1956,  ha publicado los libros Con las alas del tiempo (1985), Carta para Nora Böring (1994), La cuarta hoja del trébol (1997), Intervalos (2005) y Pasos alquilados (2011). El hilo conductor es la experiencia del tiempo como un idilio que lleva a la poeta a ser una con la naturaleza y la divinidad. Hay una visión panteísta en sus versos que le permite vivenciar misterios en cada forma circundante. Al respecto, la poeta -ganadora de varias distinciones literarias cuyo tema es la ecología- dice en su poema “Planeta de bolsillo”: “Recorro la elongación de un suspiro/ y protejo entre el bolsillo/ mi planeta de bosques y manglares/ sin ruidos en el aire/ y calma en las ciudades” (p. 58). Enaltece en sus textos lo sagrado de la libertad y la existencia: “la vida es un hilo/ en este paréntesis de eternidad” (p. 55). Esa eternidad la experimenta, sobre todo, cuando se abraza al mar, el gran útero inmortal.

La sección de Nelson Romero Guzmán se titula “Canción para un final” (p.p. 83-143). Este poeta y ensayista, nacido en Ataco-Tolima en 1952, es una de las voces más destacadas no sólo de su departamento, sino también de la lírica colombiana, no en vano su inclusión en varias antologías y sus premios recibidos, donde sobresalen el Premio Nacional de Poesía “Fernando Mejía Mejía” (1992), Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (1999) y Premio Nacional de Literatura –modalidad poesía- del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Alcaldía de Bogotá (2007). A nivel poético ha publicado Días sonámbulos (1988), Rumbos (1993), Surgidos de la luz (2000), Grafías del insecto (2005), La quinta del sordo (2006), Obras de mampostería (2007) y Apuntes para un cuaderno secreto (con la mexicana Kenia Cano, 2011).  Desde Surgidos de la luz hasta el último de sus libros el poeta crea su belleza morando en otras bellezas: la de la propia poesía y la de la pintura. El arte es su casa y la fuente de sus versos, de ahí, por ejemplo, el recurso de la écfrasis (intertextualidad donde los poemas nacen como inspiración, recreación o resignificación de obras existentes en las artes visuales). La écfrasis le deja ponerse la máscara de Vincent Van Gogh en Surgidos de la luz, la de Goya en La quinta del sordo y la de otros pintores en textos líricos posteriores. Sus poemas no sólo son ricos en metáforas y figuras retóricas, sino también en propuestas estéticas donde los géneros literarios parecieran diluir sus fronteras cuando se cuentan historias desde el verso o la prosa poética. Su lírica imagina con intensidad los tiempos de la creación estética de artistas geniales y malditos a los que rodearon fantasmas, delirios, penurias y reproches. Las otras máscaras de la voz poética son las de  Antonin Artaud, el Conde de Lautréamont, Jean Genet, entre otros.  El poeta se desdobla, es otro, atormentado y visionario en la creación, tal como pareciera advertirse en el poema en prosa “Carta devuelta”: “En mi íntimo ser batalla otro ser, de negros apetitos” (p. 97).

La sección de Winston Morales Chavarro se titula “Selección de poemas” (p.p. 145-206). Este escritor, nacido en Neiva-Huila en 1969, es ganador de varios galardones, entre los que vale resaltar el Concurso Nacional de Poesía “Euclides Jaramillo Arango” (2000),  Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia (2001) y Premio Nacional de Poesía Universidad Tecnológica de Bolívar (2005). En su obra poética se encuentran los libros Aniquirona (1998), De regreso a Schuaima (2001), Memorias de Alexander de Brucco (2002), Camino a Rogitama (2010) y La ciudad de las piedras que cantan (2011). Su poesía, abundante en metáforas sugestivas, se funda en los tiempos del mito. Hechos y personajes de la Biblia son astutamente recreados  en Memorias de Alexander de Brucco. En otros libros el poeta busca músicas milenarias en pájaros, volcanes y aguas de lluvias, ríos y mares; músicas que lo llevan a Schuaima, “el reino del gran más allá”, donde el hombre es capaz de vivir plácido, incluso al saberse cercado por la muerte “como el rumor de un río” (159). El tiempo del mito griego se evidencia en Camino a Rogitama, donde los mismos títulos de los poemas anuncian los dioses y héroes: “Hércules”, “Orfeo”, “Apolo”, “Ícaro”, entre otros.

La sección de Hernán Vargascarreño tiene como título “Palabra varia” (p.p. 207-268). Este escritor, nacido en Zapatoca-Santander en 1960 y conocido como traductor, tiene publicados dos atractivos libros de poesía: País íntimo (2003) y Piedra a piedra (2010). En el primero la dedicatoria al cuento “El guardagujas” de Juan José Arreola indica una de las obsesiones temáticas: el tren, no como símbolo del progreso, sino en su condición fantástica. La brevedad de sus textos líricos, eclosivos en sentidos y en miradas filosóficas, juega con el tema del viaje y el retorno, a partir de imágenes sobre el tren de los dioses, el tren del sueño, el tren del deseo, también trenes silenciosos, invisibles, locos y cuerdos. Hay un tren para cada ser y de eso dan cuenta los versos.  El tiempo de las digresiones frente a la vida, sus viajes y despedidas, es también parte de Piedra a piedra, libro donde también se da la autoconciencia sobre el poder de las palabras, su condición mágica, su relación con la divinidad y la forma en que “guardan lumbre/ para otros tiempos más aciagos” (p. 239).

Cierra el libro la sección del escritor húngaro Andrés Berger Kiss, bajo el título “Mientras el tiempo sea nuestro”, justamente el nombre que asume la antología total. Este autor, nacido en Szombathely en 1927, ha nutrido su sensibilidad estética a partir de sus viajes (los primeros forzosos por la condición judaica de su línea paterna). Transitó por Colombia, Estados Unidos y otras geografías. Aparte de su labor como cuentista y novelista ha publicado los libros de poesía Voces de la tierra (1995, bilingüe, Voices from the Earth)  y Mis tres patrias (2004). Esa condición judaica -donde son fundamentales la memoria, el exilio y el libro como morada- hace que su creación estética juegue con lo autobiográfico. El tiempo de la memoria no es sólo el de la evocación de la geografía colombiana y su infancia placentera en Medellín, sino también el de la rememoración dolorosa de la locura de su hermano internado en Sibaté-Colombia (“Un poema para Piter”)  y el de los miedos y mutilaciones -de tierra, familia y afectos- a que se vieron sometidos sus padres, abuelos y allegados que abandonaron sus hogares por las cualidades de su sangre (a diferencia de los 17 miembros de su familia que sucumbieron ante los nazis  durante el Holocausto).  Esos poemas signados por la rememoración dolorosa son de buena factura poética por la mesura y poder sugestivo del verso al abordar realidades crudas sin caer en tonos quejumbrosos, así como se descubre en sus poemas “En el tren del exilio” y “El día que comenzó nuestro exilio”, donde se refiere que “el pueblo sin brújula  ya iba por caminos inciertos” (p. 276).



Libro reseñado


Mientras el tiempo sea nuestro, antología poética. Lilia Gutiérrez Riveros, Nelson Romero Guzmán, Winston Morales Chavarro y Andrés Berger Kiss. Bogotá-Santa Marta, Colombia: Ediciones Exilio, 339 páginas. 


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Para efectos de citación:

Gaitán Bayona, J. (22 de Julio de 2013).  Formas del tiempo y de la memoria: Mientras el tiempo sea nuestro. Letralia, tierra de letras. Año XVII; No. 285, Cagua-Venezuela.

domingo, junio 02, 2013

SIETECULEBRAS: UNA REVISTA PARA CELEBRAR

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona,
Profesor de la Universidad del Tolima,
Doctor en Literatura de la  Universidad Católica de Chile,


En el ombligo del mundo, como llamaban los Incas a Cusco, nació en 1991 Sieteculebras, Revista Andina de Cultura. Se han publicado hasta la fecha 32 números, hecho que merece celebrarse, no sólo porque en Latinoamérica muchas son las revistas que mueren con pocos años y ediciones ante las dificultades de sostenimiento, sino también porque en sus páginas se dan cita distintas miradas y expresiones artísticas  del Perú y de la aldea global.

Sieteculebras tiene colaboradores y corresponsales en varios países del mundo. Su director es el escritor cusqueño Mario Guevara (1956),  narrador, guionista de cine, promotor cultural y autor de los libros El desaparecido (1988); Fuego del sur, tres narradores cusqueños (1990); Cazador de gringas y otros cuentos (1995);  Matar al negro (2003); y Usted, nuestra amante latinoamericana (2010).

La revista, de carácter independiente y sin sesgos ideológicos, recoge cuentos, poemas y ensayos de autores peruanos y extranjeros. A nivel de crítica literaria, sus páginas están abiertas a reflexiones juiciosas de las propuestas estéticas tanto de autores contemporáneos de trascendencia, como también de aquellas voces emergentes que generan otros encuentos con la belleza y que, muchas veces, son invisibilidades por  la academia y el mercado.

El reciente número 32 (del 2012) ofrece a sus lectores una valoración estética que hace el escritor Mario Wong del Movimiento Kloaka, creado en Lima en 1982 y cuyos aportes en búsquedas de lenguajes y renovaciones temáticas han sido claves para la lírica peruana (texto titulado “Kloaka, 30 años forever”). Figuran también allí los ensayos “Sendero Luminoso: la lucha armada en la narrativa peruana contemporánea” (de Lancelot  Cowie), “Alberto Mostajo, un poeta de culto” (de Wilmer Kutipa Luque), “Jorge Amado y el arte de unir estética y política: en el centenario de su nacimiento” (de Alfredo Herrera Flores), “El complejo de Merlín y el mito de la reconciliación en La hora azul de Alonso Cueto” (de Mario Suárez Simich), “Autarquía literaria, el caso de la revisa La Sierra” (de José Agustín Haya de la Torre).

A nivel de creación aparecen el cuento “Ese es mi hijo” de Roberto Vergaray Arias, la crónica “El poeta herido” de Roberto Martín Cháves y los poemas “Retrato de mi padre” (de Mario Guevara Paredes),  “Del lado de acá”, (de Carlos Henderson en trributo a la vida y obra de Julio Cortázar) y “Filoso amor” (de Luis Vargas Cereceda).

Es de resaltar en el número 32 un dossier en homenaje a Carlos Fuentes, con ensayos de Luis Bero, Mario Pantoja, Miguel Ángel Quemain y Rafael Ojeda. Este último, en su texto titulado “La aventura de Montparnasse: Carlos Fuentes cerca de Vallejo”,  hace una bella evocación de la vida cultural que se ha dado en Montparnasse, barrio histórico de París donde queda ubicado un célebre cementerio del mismo nombre, donde reposan las tumbas de César Vallejo y de Carlos Fuentes (quien está cerca a los restos de sus hijos Carlos y Natasha Fuentes Lemus).

Veintidós años de persistencia han hecho que, número tras número, Sieteculebras sea una de las revistas claves en la vida cultural del Perú, con una emergente proyección internacional gracias al esfuerzo de su director, el escritor Mario Guevara Paredes. Su ejemplo es valioso, incluso, como prueba de que desde las regiones –ajenas al centralismo de las capitales- se puede generar dinamismo cultural conectado lo local con lo universal.  




Para efectos de citación:


Gaitán Bayona, Jorge Ladino. Sieteculebras: una revista para celebrar. Facetas, cultura al día, de El Nuevo Día, el periódico de los tolimenses. Ibagué, Junio 2 de 2013, p.p. 2-3.

LA POESÍA COMO CONTRACARA DE LA VIOLENCIA COLOMBIANA EN LOS VELOS DE LA MEMORIA, DE JORGE ELIÉCER PARDO RODRÍGUEZ

  Jorge Ladino Gaitán Bayona (Grupo de Investigación en Literatura del Tolima, Universidad del Tolima)     Ponencia del 13 de noviembre de 2...